Si alguien te dice que en España no se hace R&B, háblale de John Grvy

Por Marieta Zubeldia

El sol de Nigeria lo vio nacer, el calor de Illescas, en Toledo, lo acogió cuando cumplió cinco años y en Madrid comenzó a hacerse un nombre en el mundo de la música. En unos años, John Grvy pasó de arreglar una canción para su exnovia después del instituto a abrir para Slow Magic y grabar su propia mixtape con la colaboración de algunos de los jóvenes músicos más señalados del país.

Minutos antes de su concierto en Jardín Cervezas Alhambra, Junior Esmuede, el hombre que se esconde tras John Grvy, nos recibe para hacer juntos una de las cosas que más nos gustan: parar un momento, sentarnos con una cerveza en la mano y hablar; hablar de lo que hablan los amigos: de música, de sentimientos, de emociones, de cómo preferimos disfrutar más de la vida.

La conversación empieza por, valga la redundancia, sus comienzos. Por aquella primera vez que se encontró frente a frente con una canción y decidió abordarla de una manera más activa que simplemente escuchándola. «Fue de casualidad… Era el cumpleaños de mi exnovia, le arreglé una canción y desde entonces me picó el gusanillo», relata.

Movido por el deseo y la necesidad de expresarse, él, que se declara «una persona bastante cerrada», eligió las canciones para abrir sus sentimientos y sus emociones a la gente. Suerte que, además, tiene talento para ello. A partir de ahí el desarrollo de Grvy como artista fue prosperando a base de prueba-error, experimentación y libertad.

Neosoul, R&B, pop, funk… ¿Qué hace John Grvy? Todos los estilos y ninguno. Él es consciente de su talento y sus capacidades y nunca ha sentido que encajase en un estilo determinado. «Me gusta hacer muchas cosas y puedo hacer muchas cosas», recalca. De hecho, por eso hizo G R I S, su último lanzamiento: una mixtape recopilatoria de canciones muy diferentes entre sí cuyo único común denominador es ser parte del alma del productor. Bueno, eso y que todas cuentan con colaboraciones de otros talentosos artistas.

«Yo me considero más un artista que un personaje que se dedica a hacer un tipo de música muy concreto: puedo hacer pop español, que no es que sea mi pasión, pero puedo hacerlo; puedo escribir canciones de electrónica, que me flipan o puedo escribir canciones más urbanas, que también me flipan», relata. Y concluye: «no hay un estilo marcado en mi creación».

Precisamente, a la hora de hacer las canciones, Grvy es metódico pero sencillo. Si bien su proceso varía en función del proyecto, en líneas generales pasa por tener la idea, darle una melodía y finalmente añadir la letra. “Siempre sé de qué voy a escribir, sé que tengo algo que decir, lo tengo interiorizado”, asegura. Se considera “reflexivo” e “introspectivo” y para él es “muy importante” encontrarse en un ambiente íntimo, en su casa, para poder crear.

Una vez bocetada la canción, ésta viajará repetidas veces de casa al estudio y del estudio a casa hasta que conseguir el sonido que provoque una descarga eléctrica en el público que lo haga evadirse a otros paisajes. Para Grvy, que vive más su música sobre el escenario que en el estudio, el mayor cumplido que puede recibir un artista es que digan que sorprende. Sorpresa. Esa es la emoción.

Algo parecido a lo que él siente cuando escucha las creaciones de algunos de sus referentes. El primero que repercutió en su manera de concebir el sonido fue Fela Kuti, artista cuyo legado es siempre reconocible en innumerables artistas. Grvy recuerda cómo cuando era pequeño, su padre le llevaba a los shrines del histórico músico nigeriano. Además, cita “la influencia de Toro y Moi, el chillwave” y a Kanye West. “Me encanta no por su personaje, sino por su música, porque cada disco es una locura y me flipa el trabajo colaborativo que hace constantemente, hasta llegar al punto de las canciones que él considera mejor”, resalta.

El artista es agradecido a sus compañeros de profesión. No solo a los que colaboran con él, quienes “pese a que no genere millones de visitas, sienten un respeto” hacia su trabajo y eso es algo por lo que, además, se dice “afortunado”. También recuerda con complacencia el momento en que vio a James Blake en directo y lloró. “Creo que es la única vez que he llorado, pero ocurre cuando algo realmente me impacta”, destaca. Y concluye invitándonos a escuchar su música en un club. Para él es el lugar perfecto donde los graves de sus canciones pueden recorrernos de arriba abajo y hacer que deseemos quedarnos en ese estado para siempre o, tal vez, quién sabe, llorar.

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