Pájaro Sunrise inunda el escenario Jardín Cervezas Alhambra de folk y frases que detienen el tiempo

Por Marieta Zubeldia

Todavía no ha empezado y el concierto de Pájaro Sunrise se perfila como un viaje sensorial por un paisaje rebosante de estímulos. Todo comienza en la entrada a Jardín Cervezas Alhambra. Uno se adentra y las abundantes plantas que habitan el lugar van saliendo al paso, como buscando atención, proponiendo un baile tentador. «Síguenos», dicen sin hablar. Y nosotros nos dejamos llevar como hipnotizados, hechizados por la línea sinuosa de una hiedra trepadora, por el penetrante aroma a mirto que flota en el ambiente.

Pájaro Sunrise es el proyecto musical y personal de Yuri Méndez. Llegamos hasta él, artista prolífico, y nos recibe templado, sonriente y con una Alhambra Especial en la mano. Está tranquilo. Salimos a la terraza para hacerle unas preguntas antes del concierto. El aire caliente y denso de la tarde se mezcla con los murmullos de quienes más adelante serán su público.

Hablamos sobre el momento en que se aísla para crear. «Cuando hay necesidad, da igual el sitio», recalca, pero añade que prefiere los lugares tranquilos. Describe el pequeño estudio que tiene en su casa y lo imaginamos como un refugio de calma, una diminuta madriguera en la que el tiempo es benévolo y cede ante quien solo ansía paladear los momentos de placer. Allí han visto la luz las piezas que componen gran parte de sus ocho álbumes de estudio.

En lugar de proceso de composición, podríamos hablar de una elaboración esmerada en la que todo nace de manera natural, orgánica, del mismo modo que Cervezas Alhambra lleva desde 1925 mimando sus ingredientes, atendiendo a sus procesos y los tiempos que les son inherentes. Todo para que el resultado logre condensar, en cada trago, una miríada de sensaciones. Yuri nos cuenta que todo empieza por una frase, una melodía que puede ser cantada o sin voz. «Son las primeras notas las que dan el tono de la canción; parece que siempre está todo en la primera frase y, si eres capaz de encontrarlo, sale la canción entera», asegura. Aparte de su teclado o su guitarra, no necesita mucho más: ingredientes sencillos para creaciones singulares.

Faltan pocos minutos para que comience el concierto. El alma detrás de Pájaro Sunrise cree que si sus canciones pudieran degustarse serían naranjas. Brillantes y jugosas, ácidas y agridulces. «Te quitan la sed». De repente, la escena se antoja frutal, repleta de colores vivos, olorosa. Una brisa sutil agita las flores de azahar y expande su aroma hasta que llega a nosotros. Nos inunda, nos hace cerrar los ojos y solo sentir. Esa es la belleza de Pájaro Sunrise: que te transporta a lugares remotos donde uno puede quedarse a solas con sus sentidos.

Yuri sube al escenario y se sienta tras el teclado con una guitarra española en su regazo. Al minuto, el punteo agudo de Way Too Far baña la sala con suavidad. Son notas agudas, muy delicadas, como una lluvia fina de entretiempo. Caen despacio, sin que te des cuenta, pero mojan igual. La música de Pájaro Sunrise es así: suena y se escucha, pero también se toca, hace contacto con la piel.

El público (des)conecta rápido. Hay gente de todas las edades, grupos de amigos sentados en el suelo, parejas apoyadas en mesas altas. También, personas solas de pie. Algunas estuvieron juntas hace mucho tiempo, se separaron y en este concierto han vuelto a encontrarse. Una chica en una esquina tiene los ojos cerrados y mueve los labios mientras recita las letras de la canción. Mece su cuerpo lentamente, como un junco acunado por el viento. Sus sentidos están en la música y ella está consigo misma. Todo es mágico.

«I gotta make a stand and sink or swim», canta el leonés. Las letras de Yuri hablan de encrucijadas, de decisiones imposibles, de amor adolescente, de amistad, de inviernos y pasiones, veranos y celebraciones. Hablan de la vida y sus cosas pequeñitas, que a menudo son tan grandes. En sus melodías eleva la cotidianidad a la máxima potencia y deja expuesta la belleza de los detalles más nimios. Todos nos reconocemos en sus versos y nos gusta estar en ellos.

Los acordes de Long Forgotten Flowers se pierden en el espacio y el cantante aprovecha para parar, para detenerse un instante. Hablar con el público también está permitido y él lo disfruta. «Sé que habéis venido por la cerveza, pero no me lo digáis», bromea. Sus acólitos le ríen y se hace patente una especie de comunión. Somos desconocidos, pero todos estamos allí por lo mismo: por él, su música y lo que consigue hacer con ella.

Llega el turno de Trembling stars, Thirty-one y Minolta. Elige un orden de ritmo ascendente y prepara a su audiencia para el final que se acerca. Escoge para el cierre uno de sus mayores hits, si no el fundamental: Kinda Fantastic. Culmina el concierto con todos los cuerpos agitándose al ritmo desenfadado de su particular cadencia. Siguen una misma coreografía, la única que conocen quienes son capaces de sentir lo pequeño en toda su grandeza. La que bailan quienes, como Yuri, saben saborear las notas más discretas en el todo de un concierto.

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