Los secretos de la madera más musical

Por Lorena Papí Rodes

Cuando un luthier oye sonar una guitarra, es el sonido de los árboles lo que escucha. Después de años de transformar con sus propias manos en instrumentos lo que solo era madera maciza, el maestro constructor desarrolla un sentido del oído único. Gracias a él, es capaz de reconocer en una melodía el timbre grave que aportan la caoba y el cedro y la estridencia del abeto. De descifrar la fórmula de ese sonido y reconocer en él la incidencia de la veta y del pulido y tantos otros elementos que intervienen en el resultado final. Incluso el sello de cada maestro, que hace únicos sus instrumentos.

Nazareno Gadán lleva quince años en un oficio al que llegó casi por accidente. Siendo técnico de sonido, estaba familiarizado con la teoría, pero le faltaba tocar madera. Parece que la suerte le sonrió cuando llegó al Taller Luthier Musical Gaspar. De su familia política, heredó un oficio que le apasiona. Pero también madera con la que el primer Gaspar —Salvador Gaspar García— arrancó su taller de instrumentos en 1908, en uno de los barrios con más solera de Valencia: El Carmen.

Con vistas a una higuera que crece salvaje y ajena al urbanismo, regalando cada año sus frutos desde hace décadas, Musical Gaspar sigue abierto al público. También se ha abierto a la luthería contemporánea. Allí Nazareno, miembro, como su amigo Pamies, de la asociación Luthieres Contemporáneos de España, construye guitarras eléctricas. Las clásicas no las ha abandonado del todo. Aunque sea “por romanticismo” y por respeto a la tradición familiar, sigue construyendo o restaurando alguna.

En el laboratorio-taller en el que se dedica a “hacer serrín” conviven plantillas originales de principios del siglo XX a partir de las que Salvador Gaspar construía bandurrias y guitarras clásicas con nuevas creaciones. Herramientas con más de cien años de antigüedad —como la cuchilla que sigue usando para marcar el lugar en el que irá la roseta— con otras modernas, que le ayudan a poner la madera a punto. Esas escasas máquinas sólo son un complemento: el verdadero trabajo se hace artesanalmente. A base de rebajar con formón, de serrar, limar y lijar; con dedicación y esmero. Son horas de esfuerzo hasta que la mano experta toca, calcula y mide, casi con la precisión que le dan los aparatos.

“La luthería se basa en tres pilares: conocimientos, herramientas (que has de saber usar) y paciencia. Si no tienes paciencia olvídate: esta profesión no es para ti”, sintetiza Naza.

Como buen luthier, respeta el proceso con la paciencia que le ha regalado el oficio. Más que trabajar con la materia prima, la mima, consciente de su valor: un tesoro de la naturaleza que hay que aprovechar lo máximo y lo mejor posible. La conciencia ecológica también viene con la profesión, por eso solo busca proveedores que respeten las normativas. Gracias a estas, se regula el origen de la madera y se actúa contra el talado indiscriminado y descontrolado.

Naza puede tardar tres meses en hacer una guitarra española. Porque cada fase de la construcción obliga a un tiempo de espera. También la madera ha de tener paciencia, hasta que llegue su momento, mientras reposa en el almacén, hasta convertirse en madera estacionada. Para Naza, esto supone dejar pasar no menos de cuatro años antes de poder usarla.

La edad es fundamental para crear piezas imperecederas. Si no reposa lo suficiente, no se seca adecuadamente y esto puede comprometer la estabilidad del instrumento. Y, si se conserva bien, puede durar toda una vida. Por eso su almacén es un paseo por la historia de este negocio familiar, con materia prima acumulada de los maestros constructores que le han precedido.

Hay que saber esperar, como bien saben los maestros cerveceros de Cervezas Alhambra, expertos, como Naza, en crear/sin/prisa. Esta espera del luthier se une a los años de descanso de la madera y a la edad del propio árbol. Es casi un ser vivo. Aunque su voz se apague, basta con volver a tocarlo un tiempo para escuchar la melodía original de la madera.

Hasta obtener la materia prima es un proceso que puede alargarse horas para él. Prefiere el contacto humano en el aserradero a comprar “a base de ratón”.

Así, todos sus sentidos pueden participar en la selección de la materia prima: observar la veta, pensando en la estética de las tapas; tocarla, para predecir cómo incidirá esa marca —más fina o más gruesa—en el sonido; preguntar con un suave toque de nudillos, para que la madera responda con su particular timbre.

Desde que empezó a trabajar como luthier, también se ha ido convirtiendo en un experto arborista. Ha ido descartando algunas maderas, como la bubinga y el cedro. Adorando otras, como el fresno, por su equilibrio entre graves y medios. Pero también por la belleza de su veta.

Así, logra la vistosidad que busca en las tapas pero también aprovecha la particular sonoridad del fresno para que ésta quede atrapada en el cuerpo de la guitarra. A la par que se desarrollaba profesionalmente, iba buscando su propia combinación de maderas para lograr un sonido balanceado en sus guitarras eléctricas. En las clásicas, no hay lugar a dudas: el abeto y el cedro no fallan. Son las especies más usadas para las tapas. Tampoco el palosanto de India, macizo o chapado, para los fondos y los aros, aunque el acceso está más restringido y es la más cara de todas.

La madera sólo es un ingrediente más para lograr un sonido determinado. La disposición del varetaje (de cedro y abeto, normalmente) y un preciso rebaje a mano son fundamentales para crear un sello reconocible. Por eso cada luthier tiene su propio abanico, porque las distintas formas de disponer esas varas expandirán el sonido de una forma o de otra. Son el altavoz de la guitarra. Lo que en una eléctrica se consigue sólo jugando con una buena pastilla o micro.

“Yo aprendí de la guitarra clásica: al saltar a la eléctrica me resultó más fácil. La clásica es la madre de las guitarras. Si tú no comprendes el concepto de cómo funciona el sonido en ella, no vas a llegar a comprender cómo funciona la eléctrica”, explica este artesano y artista.

Un luthier puliendo una guitarra

Es el trabajo manual del maestro el que va a conseguir que el grosor de las tapas sea el adecuado para no apagar el sonido, sino para darle vida: que el sustain (el tiempo que el sonido permanece) sea casi infinito. Que sean finas, pero no demasidado: “la guitarra sonaría a dioses, pero sería tan delicada como un papel”, señala este experto. ¿Cómo saber que lo estás haciendo bien? Eso es algo que un experto puede averiguar sólo escuchando con atención el timbre que produce la tapa al ser golpeada. Aprendiendo a descifrar cada veta, a saber cuándo un nudo en la madera hace inviable usarla.

Incluso la fase final —el pulido— puede marcar la diferencia, pese a parecer la parte más simple. Hay que proteger la madera, pero dejar que siga siendo la protagonista, sin que ese lacado apague su potencia.

Son tantos los aspectos que inciden en el sonido que es imposible lograr dos guitarras que suenen igual. Por eso un luthier pone todos los sentidos a disposición de su arte: para así saber cuándo la madera puede dar lo mejor de sí, su musicalidad. Porque no es lo mismo oír que escuchar, como hay una gran diferencia entre tocar y sentir; entre mirar y observar.

Fotos | iStock/photominus, Instagram/taller_luthier_gaspar, iStock/serefozdemir

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  • Populus

    Muy bonita la foto de la guitarra… eléctrica. Es curioso porque en el artículo se habla de cómo la madera de una guitarra clásica influye en el sonido, el grosor de las tapas de la caja de resonancia… y luego nos ponen para ilustrar una foto de una guitarra eléctrica. Aunque casi me olvido, esto iba de cerveza ¿no?

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