Los mundos de Martirio y Raúl Rodríguez: un escenario henchido de arte

Por Marieta Zubeldia

El Jardín Cervezas Alhambra ha enmudecido. Hay decenas de personas expectantes alrededor del escenario y todas se han quedado en silencio a la vez. Es una sensación impactante. Raúl Rodríguez ha salido a escena para tocar y de su guitarra están saliendo las primeras notas de Luz de Luna. Su gesto es serio. Está concentrado. Tiene entre manos una misión importante.

Acompañar a Martirio es un privilegio al que muchos aspiran y solo unos cuantos pueden acercarse. Es, de hecho, un lazo que únicamente talentos contados han podido estrechar. Y, de ellos, Raúl Rodríguez es con certeza el que con mayor pericia y sintonía lo ha hecho. Acaso porque aquello que le une a la artista, ese lazo, es lazo de sangre. Madre e hijo llevan actuando juntos desde 1994 y hoy se vuelven a reunir en este concierto para homenajear a la figura eterna de Chavela Vargas.

La categoría de Maribel Quiñones invade la sala cuando aparece. Labios pintados y colores vivos: manicura carmesí, traje esmeralda. Las gafas, la peineta y una advertencia. El repertorio va a ir por sendas de amor y desamor, así que sugiere prepararse porque «todos los corazones que estén estremecíos se van a estremecer un poquito más». La Martirio está presente.

Raúl rasguea las cuerdas y ella canta En un mundo raro. Efectivamente, estremece. El conjunto penetra en los asistentes como un torrente impetuoso que roba los sentidos y capta toda atención. El efecto es parecido al de una Alhambra Reserva 1925 cuando baña el paladar: un caudal burbujeante con poder suficiente para acaparar las sensaciones hasta en sus matices más discretos.

Llega El Andariego y antes de lanzarse explica la letra. «Es la historia de cuando uno es joven y está enamorado, pero de repente va a buscar flores por aquí, mariposas por allá… Entonces cada uno se va por su lado y pasan los años. Con el tiempo, vuelven a encontrarse, ya separados, y quedan para tomar un cafelito. Al verse sienten la medusa caliente que les devora y habían olvidado y… entonces, de repente, pum, un romance de mayores».

Martirio entona la poesía de los misterios de la vida, de los secretos que solo el destino conoce. Lo que a veces es difícil de creer o de entender. Se acuerda de lo poco común porque ella es poco común y por eso cree en la magia. Igual que Chavela. Ambas dan a lo irreal la oportunidad de ser real. No saben dónde terminan los caminos. O cuándo se vuelven a cruzar. Pero aceptan que la posibilidad pueda hacerse realidad y dejan que el tiempo cocine las cosas lentamente, a su manera. Por eso, mientras tanto, viven.

Martirio arroba con su cante a los oyentes mientras los dedos del hijo saltan frenéticos por el cordaje. El pellizco aparece entre mordentes y jipíos. Los pelos de punta. Ninguna emoción tarda en llegar en este concierto, aunque nadie tiene prisa. La atmósfera es hechizante, un letargo envolvente en el que todo el mundo quiere quedarse. Aquí todo va más despacio. Todo se siente más. Todo se siente mejor.

Al término de La noche de mi amor, la creadora, la intérprete, se detiene unos minutos para conversar con su audiencia. Viene con gracia. «La cerveza está siempre en todos los conciertos y está bien que los conciertos estén en todas las cervezas, así que muchas gracias a todas las cervezas; sobre todo a las buenas», bromea. Alguno con una Alhambra Reserva 1925 se sonríe, levanta su botella y da un largo sorbo a la salud de la de Huelva.

Maribel lo está pasando bien. Y el tocaor. Ambos quieren divertirse. Con las canciones viajan de México a Argentina o se sacan un «blues-sevillano» de la manga. Pueden pasar del quiebro más lamentoso a la pura jarana en minutos. Les gusta jugar. Entre ellos hay complicidad. El hijo le guiña un ojo a la madre. Ella le contesta con un «olé» grave y profundo que se pierde en el espacio. Los cristales oscuros no dejan ver la mirada de Martirio, pero todos somos capaces de notar la admiración cuando es Raúl a quien mira.

En Volver, alguien llora en silencio. Ella no dice nada, pero se da cuenta, se detiene ante sus ojos unos segundos y le canta. Son increíbles las emociones que despierta. Modula la voz a placer o como pide la canción. La abemola hasta el susurro o la vuelve fuerte y bullente, como el embate del mar más poderoso. Lo hace en Las ciudades, en Quisiera amarte menos, en Noches de boda. Con la de Sabina, sus espectadores pasan de cantar en bajito a corear bien alto las letras y, mientras, ella baila al son que marca su hijo.

Dice que le gusta mucho «soñar y la pausa, tanto para cantar como para vivir» y eso es algo que comparte con los maestros artesanos de Cervezas Alhambra, que cuidan con sumo respeto los tiempos de elaboración de cada cerveza. Por eso, por esa querencia por paladear la vida despacio y degustar con calma los momentos de placer, está disfrutando este concierto tanto como su público.

Por eso nos regala la guasa descarada de Compuesta y sin novio y La bien pagá. Ella, como las mujeres de sus canciones, hace y ha hecho siempre lo que le da la gana. El primer tercio lo hace en inglés, con chulería y donaire. Paid so well. I was the queen. La gente ríe y le jalea de todas las formas posibles. La adoran. Después cambia al español. Ná te pido. Ná te debo. Martirio es generosa: nosotros no le pedimos nada y, sin embargo, ella nos lo da todo.

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