Los instrumentos de cuerda del Barroco siguen más vivos que nunca

Por Lorena Papí Rodes

Todo empieza con un árbol. “Trabajar la madera noble para que olvide su cuerpo de árbol y descubra su alma de música”, dice sobre su fascinante oficio Carlos González Marcos, violero, luthier y maestro artesano.

Un abeto o un cedro pueden esconder en su robusto interior un delicado violín en potencia; de la madera de boj nacerán el batidor y las clavijas, gracias a las curtidas manos del artesano; la dureza y las propiedades sonoras de la madera del arce es justo lo que necesita una caja de resonancia para reproducir bien todas las notas, a una adecuada frecuencia. La materia prima no lo es todo, pero sin entender todo esto no sería posible el oficio del luthier.

Por eso este trabajo no puede hacerlo cualquier artesano, se necesita la sabiduría de alguien que domina las técnicas tradicionales que se llevan usando en el oficio, desde la época del Barroco, para tratar esa materia prima en bruto y conseguir arrancarle los bellos sonidos que es capaz de transmitir. Alguien que lo lleve en la sangre, alguien cuyas manos ya conozcan los secretos de la madera y los misterios del sonido.

En su viaje desde el bosque hasta las manos del músico, la madera experimenta un proceso de transformación casi mágico. Pasa de ser algo inerte, sin vida, a algo capaz de llegarnos hasta el alma desde el momento en que el arco, con su característico veteado de la madera de palo de serpiente, es frotado por el músico haciendo vibrar las cuerdas y arrancando la primera nota a un violín.

El complejo proceso de construcción justifica lo especial de estos instrumentos. Empieza por saber elegir el árbol adecuado y, por tanto, la mejor materia prima. Después, hay que preparar la madera y protegerla ante las incertidumbres del futuro, aplicando un tratamiento antihongos, que asegure una larga vida al instrumento.

Con el diseño, el artesano lleva la idea al papel, y solo después a la madera, cortando el molde con una sierra de mano y mucho tacto; cepillando con esmero la madera, pero únicamente lo necesario, hasta lograr el grosor preciso; dando forma y suavizando los bordes con la gubia.

El proceso de montaje entraña una complejidad solo al alcance de los que conocen a la perfección las curvas sinuosas, casi hipnóticas, de estos instrumentos. Tan importante como saber dar forma a la madera es acertar, con la precisión de un físico, en el cálculo de la tensión del arco, saber a qué velocidad va a viajar el sonido a través de la veta de la madera, teniendo en cuenta de qué tipo es, o cuánto debe pesar el arco, imaginando ya las manos del músico.

El barnizado y los ajustes finales son la culminación de este largo para crear belleza, arte y música a partir de un trozo de madera.

Por eso un luthier puede tardar meses en construir un instrumento: se sigue haciendo de la misma forma que hace 400 años. El mismo proceso artesanal que seguía el célebre Antonio Stradivari de quien dicen, era un genio inimitable. El sonido de sus violines ha sido objeto de investigación para descubrir dónde está la clave de esa exclusividad sonora.

Algunos expertos apuntaron en un primero momento al frío extremo que se vivió entonces en Europa y sin duda influyó en la densidad de la madera y por tanto, en el sonido final de los instrumentos. Pero hace solo unos meses resolvieron el rompecabezas: la química tenía la respuesta.

Fue en Cremona (Italia) donde, a finales del siglo XVI, Stradivari comenzó a desarrollar su particular técnica para construir sus afamados violines, hoy consideradas obras de arte. Parte de su legado se conserva repartido por el mundo, en fundaciones y museos. Su cuarteto Palatino forma parte de nuestro Patrimonio Nacional y se conserva en el Palacio Real de Madrid, una de esas experiencias que ningún amante de la música puede dejarse en la lista de pendientes.

Pero sobre todo son las manos de los nuevos luthiers —y en España tenemos grandes artesanos— los que mantienen vivo el legado del célebre Stradivarius y muestran su respeto por el oficio, no dejando desaparecer ese otro legado —la técnica, las herramientas, cada uno de los procedimientos que exige tan compleja creación— que heredaron de los maestros italianos.

Fotos | Flickr_Anthony V., Flickr_Fabien Lemetayer, Pixabay_FreePhotos, Flickr_David Sidoux

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