Los Hermanos Cubero, o cómo dibujar la tristeza (y también la alegría)

Por Cervezas Alhambra

Hay tantas excusas como queramos imaginar: “no suena habitualmente en la radio”, “no la conozco”, “me suena antigua…”, pero lo cierto es que la música popular, el folk, esos sonidos que, durante siglos, han empapado de música las calles y plazas de nuestras ciudades, es un género hoy para irreductibles que no se dejan llevar por modas, para paladares musicales con criterio propio, para exploradores de experiencias originales, sin descafeinar, auténticas.

Los Hermanos Cubero

Por suerte, artistas como Los Hermanos Cubero se encargan de llevar a los escenarios una buena parte de esta música popular, ya sea con versiones antiguas —con cientos de años en sus pentagramas— o nuevas canciones, y acercarla a su audiencia en una experiencia que toca los sentimientos más profundos, que despiertan esa emoción que pueda parecer tímida al principio pero que no tarda en hacerse notar en todo su esplendor.

Porque, como bien dicen Quique y Roberto, los hermanos que forman este grupo, las historias que llevan cantando más de una década tienen «honestidad», algo que puede sonar simple pero que aporta una conexión muy especial de los oyentes con su música. Es el ingrediente esencial que provoca que un concierto se convierta en un festival para los sentidos.

Cuando comienzan los acordes del primer tema, una seguidilla instrumental tradicional con reminiscencias de la Alcarria manchega, las sonrisas florecen en el público como si se les hubiera activado un resorte en el espíritu. Unas sonrisas que se amplían con la primera canción cantada, ¡Levántate, morenita!, casi un himno generacional en Castilla y León. Y  pronto comienzan a sonar las palmas con el primer pasodoble.

La guitarra y la mandolina de Los Hermanos Cubero no solo suenan. También son capaces de hablar de fiestas populares, de bailes en las verbenas y de música en casa de nuestros abuelos. Sus versiones de temas clásicos evocan nuestro origen común, un origen que va pegado a nuestra genética y que nos lleva a movernos al ritmo de manera instintiva, tal y como lo hicieran nuestros antepasados.

Así como la Alhambra Reserva 1925 necesita ser saboreada lenta y pausadamente, disfrutando de su ligero amargor y su aroma intenso, el folklore reinterpretado de los Hermanos Cubero se acomoda mejor cuando las prisas se quedan fuera del escenario. Es en un ambiente íntimo, casi de camaradería, cuando los sonidos brillan con más intensidad y el alma de las canciones se muestra en su totalidad.

Los Hermanos Cubero

Sin duda, el primer momento en el que contener la respiración durante el concierto de los hermanos caracenses llega con el single de su último disco, Quique pinta la tristeza, un álbum conceptual en torno a la ausencia por la muerte inesperada de un ser muy querido para el cantante de la formación.

“Antes de acostarme / miro tu retrato / y te hablo como si estuvieras aquí”. Los versos de Tenerte a mi lado cantados con la limpia y profunda voz de Quique están cargados de la más pura tristeza. Mientras, a su alrededor, se hace el silencio. Dicen que las personas solo mueren cuando todo el mundo las olvida. Gracias a esta letra, una cariñosa oda a la despedida, es imposible no acordarse de los que ya no están con nosotros y, sobre todo, del vacío que dejan a los que nos quedamos aquí.

Un hilo conductor que también comparte Qué haré el resto de mi vida, una canción que habla de cómo seguir adelante cuando la muerte hace mella en un corazón. La historia de Quique consigue detener el tiempo y conectarse con todas las historias de todas las personas del Jardín Cervezas Alhambras. Y así, con todas las historias convertidas en una, los sentimientos se abren paso y las sonrisas se mezclan con ojos vidriosos y alguna que otra lágrima. Parar, pensar y sentir se convierte en casi una obligación para los asistentes, que estallan en emocionados aplausos que parecen no tener final.

Los Hermanos Cubero

Y tras el valle de sentimientos, llega la alegría. Una alegría desbordante en forma de melodías como la de Entradilla castellana, del maestro del folclore Agapito Marazuela. O la Jota para Bill Monroe, interpretada por Roberto con una pericia a la mandolina que, además de recordarnos al baile tradicional aragonés, nos traslada a las raíces de la música bluegrass importada directamente de Estados Unidos.

Los Hermanos Cubero son expertos en hacer reír. Y no solo recordando a su público que su Guadalajara natal es la española, «porque mucha pinta de mexicanos no tenemos». Equipados con sus cuerdas, dan forma a letras tan humorísticas como sus 8 horas y una caña para terminar el día o Levántate —que recuerda al respetable que hay que madrugar el día después del concierto—.

Aplausos, muchos aplausos, hacen reír a Los Hermanos Cubero al final del espectáculo. Hasta tres bises tienen que añadir para calmar las ansias de un público en pie que quiere hacer eterna la velada. Todo, por desgracia, siempre tiene un final, pero el recuerdo de sus melodías, sus versos y sus amables sonrisas permanecen perennes en el recuerdo. Larga vida a la tradición hecha música.

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