La Escuela de Violeros de Zaragoza, un reducto para los amantes de la música medieval

Por Eva Gracia

A orillas del Ebro, en un valle de aire puro —cierzo mediante— se levanta la ciudad de Zaragoza, tierra de genios del arte, del cine y de la música. Pero, mucho antes de que el brillo de la voz de Enrique Bunbury o Eva Amaral deslumbrase, la tradición musical de la ciudad iluminó al mundo entero, incluida la Italia del Quattrocento.

No es hipérbole, sino hecho histórico. En el siglo XV y principios del XVI, la capital aragonesa era —y así se ha documentado— la ciudad europea con mayor número de violeros activos. Nada menos que 36 de estos artesanos se contaban en una urbe que apenas superaba los 20.000 habitantes.

Con el convencimiento de que ese legado debe permanecer en los siglos venideros, la Escuela de Violeros de Zaragoza abrió sus puertas el pasado 2015 y, desde entonces, ha formado a varias decenas de estudiantes en el noble arte de crear instrumentos.

mastil guitarra lutier

Vihuela de mano, viola da gamba, guitarras clásicas o flamencas son algunas de las especialidades de esta escuela, que también ofrece cursillos de confección de cuerdas de tripa o de introducción a la construcción de instrumentos de viento renacentistas.

Y todo el proceso, desde que se elige la madera hasta que se tensa la última cuerda, se hace del mismo modo que lo hacía aquel gremio de artesanos zaragozanos. “La clave para que los instrumentos que creamos suenen igual que los de entonces está en elegir los mismos materiales que empleaban los violeros de la Edad Media. Hay que hacer una selección cuidadosa de las maderas, de los barnices y de las esencias”, señala Javier Martínez, director de esta institución, que cuenta con el apoyo de la prestigiosa fundación Daniel y Nina Carasso.

Él, que habla con pasión y romanticismo del oficio al que consagra su tiempo, añade: “En todo esto hay que ser un poco alquimista; hay que preparar los barnices según recetas antiguas, por ejemplo”. También hay que dejarse llevar por la “intuición táctil” (sí, esto se puede aprender), escuchar a las materias primas y saber cómo tratarlas.

Aunque la magia y el encanto de la tradición tengan un papel preponderante, el proceso que realizan durante meses en esta escuela para crear sin prisa cada una de sus piezas tiene mucho de ciencia. “Los instrumentos son como pequeñas arquitecturas portátiles que, además, tienen que sonar”, comenta Javier.

En un mundo que se mueve a ritmos frenéticos, pensar en dedicar 800 horas a la construcción de una guitarra puede sonar a un plan demasiado pausado solo apto para aquellos que sean muy pacientes. Pero, ¿acaso hay un modo mejor de acercarse a la música antigua que seguir los mismos procesos creativos que artesanos de hace seis siglos?

Palpar las vetas de la madera, elegir las cuerdas con mimo, retocar cada detalle de una vihuela hasta lograr que su llanto emocione a quien la escuche… Quizás ‘violero’ no sea la profesión que sale de la boca de muchos niños, pero sí es la que puede devolvernos la virtud de mirar con ojos infantiles un objeto creado por nosotros mismos.

Las guitarras, vihuelas, arpas y violas que salen de la Escuela de Violeros de Zaragoza (por la que han pasado músicos de Francia, Puerto Rico, Colombia o Japón) no están hechas para los grandes conciertos, sino para las sesiones íntimas: esas en las que uno toca para sí mismo o para un grupo reducido y paladea cada nota que sale de los instrumentos.

Y, para dar forma a estas sonoras obras artesanas, no vale observar la tradición con las gafas del presente puestas, hay que “regresar a la mentalidad de entonces y comprenderla”. Porque, añade Javier Martínez, “progresar es mirar en todas las direcciones”. También hacia atrás.

Imágenes | Escuela de Violeros de Zaragoza, iStock – Capuski, Suteishi

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