Hania Rani: «La música ni siquiera es ya una pasión: es respirar»

Por Marieta Zubeldia

Su idilio comenzó hace 22 años y se intensifica cada día. La historia de Hania Rani con su piano empezó cuando ella iba al colegio y hoy se extiende en el espacio-tiempo por distintos escenarios del mundo. De esta relación pudimos ser testigos en el primer concierto que la artista polaca dio en Madrid a principios de verano y, tras dejarnos embrujar por su talento, pudimos conversar con ella acerca de aquello que le impulsa a crear las melodías que nos embelesan.

Rani, que escribe «piano» con mayúscula y cuando habla de él lo hace personificando, nos cuenta que el instrumento se convirtió en parte de ella, cada día de su vida, durante toda su vida. Como «un amigo cercano», lo describe. «Pasamos mucho tiempo juntos: me vio crecer, convertirme en adolescente, adulta… Le contaba secretos, compartía con él los momentos felices y los difíciles». El piano se convirtió también en su «voz interior, en una forma de comunicación». Para ella es su libertad, su espacio seguro, su refugio. «Suena muy romántico porque lo es», recalca.

Rani se descubre ante nosotros como una artista reflexiva, con un concepto sólido y trabajado y una idea pasmosamente clara de todo aquello que orbita en torno a su sonido: su origen, su inspiración, su proceso de creación, su manera de llegar al público, su destino, el contexto para ser escuchado. En todo es rotunda. A fin de cuentas, según nos explica, la música es su vida, «una parte orgánica de ella». «Ni siquiera es ya una pasión -sentencia-, es respirar».

«Esja», su primer disco en solitario, es un trabajo totalmente personal en el que sus 10 canciones, si bien no cuentan una historia concreta, sí habla de las cosas que conoce. «También de las que sueño, que me gustan, me disgustan o que he experimentado», expresa. Con su obra, Rani asegura que no espera nada de su público ni querría hacerlo nunca. Le basta con «estar contenta y agradecida» por que las personas decidan «pasar un tiempo» con ella, aunque sí busca brindarles «alegría, felicidad, paz, reflexión, amistad».

Ese, la audiencia, es su destino, pero ¿y el origen? Su sonido nace de lugares harto íntimos. Ella, que cree firmemente en «en el aspecto meditativo» de crear revela que, en condiciones perfectas, la música llega hasta ella «no desde el pensamiento y el análisis, sino desde una conciencia superior y una mente totalmente liberada». Y como este tipo de estados tan concretos son momentos raros, la artista intenta capturarlos «a través de la improvisación y de probar cosas nuevas en casa sin pensar demasiado».

«Grabo todo este proceso y después analizo qué parte suena más natural e interesante. La mayoría de las veces lo que sale no está en absoluto planeado. Después arreglo las partes que más me han gustado o trabaja en ellas: planeo la forma, su constitución, la orquestación… El arte del arreglo», relata.

Quizá por esto, como añade, el «silencio» es el mejor contexto para disfrutar al 100% de su música. Porque tiene que ver con el estado del que proviene el sonido. Y, en este sentido, si atendemos a las influencias que han ayudado a construirlo, Rani no duda en citar a Nils Frahm. También habla de las artes visuales. En concreto, de la fotografía, el cine y la arquitectura. Su padre es arquitecto y el contacto con esta disciplina ha dejado su huella. «Me inspiran mucho los espacios, los materiales… Veo muchas similitudes entre la música y la arquitectura, obviamente también por la acústica», recalca.

Todo este cruce de culturas es el que crea a la artista con identidad definida y consistente a quien nos enfrentamos y su ramito de canciones capaces de transformar la reflexión más profunda en una emoción visceral. Una apuesta firme, repleta de texturas y con un gusto propio que, según describe la propia Rani, sería «suave» si tuviera un sabor. «Como la nata o una salsa, no dulce, pero suave».

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