Cómo se fabrica una guitarra española artesanalmente

Por Lorena Papí Rodes

Madera; siempre de primera calidad y bien seca. Y cola, para unir las numerosas piezas que formarán un todo duradero, imperecedero. Son los dos elementos principales en la construcción de una guitarra española artesanal. Pero aún hay un tercero igualmente imprescindible: el tiempo. Se pueden emplear hasta dos meses —según el modelo— en terminar de confeccionar una guitarra a mano. Es un proceso largo y complejo, desde que se dibuja la silueta de la tapa sobre la pieza de madera hasta el encordado final. Un trabajo complicado, que requiere paciencia, destreza, arte y mimo en cada fase.

Ninguna guitarra artesanal suena igual a otra. Cada corte de madera incide de manera distinta en el sonido final: por la clase de árbol, por la edad, por sus vetas, por su densidad. Será su particular sonido el que decidirá si una guitarra es flamenca o es clásica. Si es perfecta para arrancarse por bulerías o para otro tipo de armonía.

Guitarra artesanal

En una misma pieza pueden convivir hasta cuatro y cinco tipos de madera importadas de todo el mundo, porque cada parte de la guitarra precisa de su materia prima diferentes cualidades: abeto alemán para la tapa armónica, palosanto de Brasil y de Madagascar o cedro rojo de Canadá para los aros. Ébano para el puente. Ciprés, pino, cocobolo y caviuna.

Son innumerables las fases que el luthier intercala con períodos de espera en los que la guitarra reposa paciente, mientras la cola fragua, esperando el próximo movimiento de su constructor. Las prensas y las ligaduras de cuerdas ayudan a fijar las partes tras el encolado. Solo se requiere esa fuerza hidráulica unida al poder adhesivo de la cola para que la guitarra se convierta en una pieza inmortal, sin que la madera se deforme mientras cada parte se va uniendo al resto, como instrumentos que se van incorporando siguiendo a una gran orquesta, para interpretar juntos y en armonía una compleja composición musical. El luthier dirige con su batuta: para él, ahora un punzón, ahora una lima, una cuchilla o un martillo.

Como un barco, la guitarra se va configurando a partir de un armazón, desde el interior hacia el exterior, culminando en el mástil (o mango). Se construye primero el esqueleto —la tapa armónica— sobre la que se sustentará todo el trabajo posterior: las barras armónicas distribuidas en forma de abanico y unidas a la tapa. Y no siempre igual, porque cada sonido requiere una forma distinta de abanico. El sonido es sensible a las propiedades de la materia prima, pero también al propio diseño.

La cenefa o boca, de nácar en los modelos más preciados, se incrusta en la madera, previamente tallada para recibir esta ornamentación, aplicando una técnica similar a la de la marquetería.

La construcción del mango, desde el recorte hasta el ensamblamiento en la guitarra, conforma la segunda etapa de esta obra de ingeniería artesanal. Los aros, obtenidos de una pieza de madera distinta, se unirán después, reforzados por peones y cadenas, para darle al instrumento su inconfundible forma. Las máquinas intervienen únicamente lo imprescindible en la construcción de una guitarra artesana. Solo hacen el trabajo bruto, proporcionando el material listo para ser esculpido, tallado, limado. La máquina aporta precisión en el corte, pero es la mano del luthier la que aporta el alma, del mismo modo que los artesanos de crear/sin/prisa, la iniciativa de Cervezas Alhambra, imbuyen sus creaciones de pasión y personalidad.

Construcción guitarra artesana

Tras cada proceso, tras cada espera, es el artesano el que pule hasta el más mínimo detalle, a base de punzón, de lija o de cuchilla. Casi interviene más el lápiz, para marcar los puntos sobre los que se van encolando nuevas piezas, que cualquier otra herramienta. Corta, recorta, cepilla, lija, eliminando la parte sobrante, antes de añadir un nuevo elemento. Palpa, para sentir al tacto si la guitarra está lista para la siguiente fase.

Con la incorporación de la tapa y los perfiles que rodean y protegen la silueta, llega el momento de darle a la guitarra su forma final; con ayuda una vez más de la cola y un encordado, que envuelve con firmeza el instrumento durante horas, a la espera de que tapa, aros, mango y fondo, se fundan en uno.

Solo queda añadir la maquinaria, la que arrancará el sonido que la caja acústica devolverá amplificado: el sonido del árbol, con el que todo comienza. Si la tapa armónica es el esqueleto, el diapasón, el puente, los trastes, las cuerdas y el clavijero conforman el corazón sonoro de la guitarra.

El último paso es otorgarle la piel, esa suave superficie que únicamente puede ser tan perfecta si se repite el proceso de barnizado y de pulido tantas veces como sea necesario. Porque hasta este aspecto puede influir en cómo sonará esa guitarra en la prueba final. En Guitarras Francisco Bros, que llevan 60 años confeccionando totalmente a mano cada una de ellas, tienen la suerte de contar con un experto para la prueba de sonido.

Es la culminación de un largo trabajo, el momento de mayor satisfacción para el luthier: escuchar la madera, sentir cómo el instrumento responde a su trabajo, como cada parte se ha integrado correctamente y cumple su función. Ser testigo de todo el proceso al completo es algo que maravilla a la vista. Un espectáculo que embelesa, que hipnotiza. Sorprende la habilidad del maestro artesano para convertir un basto trozo de madera en un objeto capaz de emocionar, de producir un sonido tan puro a partir de elementos, casi en su totalidad, naturales.

Fotos | iStock/diego_cervoInstagram/stefano_luciani_luthier, Instagram/matadoorlutheriejakarta

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