A solas con Hania Rani: la belleza de una sencillez llena de matices

Por Marieta Zubeldia

El verano cae con todo su peso en Madrid y el letargo solo deja fuerzas para el hedonismo. Un concierto con una cerveza fresca en la mano suena como el mejor plan. Por suerte para quienes aún no nos hemos ido de vacaciones, la joven promesa (ya cumplida) del piano Hania Rani nos visita para dar su primer concierto en la capital.

La compositora es conocida por sus colaboraciones con otros artistas y por formar parte de Tęskno, el proyecto musical que mantiene junto a su colega violinista Joanna Longić, con quien, de hecho, actuó hace unos días en Barcelona, en el Primavera Sound. Pero hoy es distinto. Esta vez viene sola: está de gira para presentar su primer álbum largo y en solitario, Esja.

Nada más sentarse al piano, las personas que abarrotan la sala enmudecen al instante. Pese a lo corto de su trayectoria en solitario, Rani cuenta ya con una importante base fan y ninguno quiere perderse la ocasión de disfrutar en directo de su talento («sí, sí, yo la vi hace años la primera vez que vino a Madrid y…»). Asistir a los comienzos de un artista siempre es emocionante.

 

Today it came abre el repertorio y en una celosía de la pared comienza una proyección de visuales que de alguna manera enriquece el juego de la artista, aunque si faltara no se echaría de menos. La polaca factura un sonido que descuella por su creatividad y su originalidad y consigue meterse al público rápidamente en el bolsillo.

Esja es un álbum que nos lleva a los parajes fríos de los países en que se gestó: Islandia, Polonia, Alemania. Se agradece el contraste con la temperatura de la sala y la luz cálida que nos baña. Termina Glass, la canción más conocida del disco, y el público sale del embrujo en que se halla para silbar y aplaudir fervorosamente. Ella es modesta y responde con una sonrisa tímida sin mirar a nadie.

En Luka la cadencia es más pausada. Recuerda a las Gymnopédies de Satie, acaso ésta más delicada todavía. Hay quien entre la audiencia observa boquiabierto y con devoción. Los hay siguiendo el ritmo con los dedos, con gesto serio o la mirada perdida. Algunos cierran los ojos y mecen la cabeza. Les sale una sonrisa involuntaria. Otros graban. Nunca está de más una garantía para el recuerdo.

Rani da paso a Biesy y explica que para ella es una canción «muy especial» porque está inspirada en las montañas Bieszczady de Polonia. «Me gusta recorrerlas en coche, de viaje con mis amigos, y atravesar toda esa naturaleza salvaje, esos espacios verdes en los que no hay detalle y todo está difuminado, como en los cuadros de Monet».

 

Al interpretarla, los graves hacen su acto de presencia y generan la tensión adecuada para mantener la atención. Estamos totalmente presentes en el momento y logramos estirar la sensación hasta el final.

En Hawaii Oslo, la artista saca todo su carácter. Los dedos martillean las notas con insistencia y ella baila sentada al compás de lo que va creando. Se agacha con decisión y los mechones se derraman en cascada sobre el teclado, como si acudieran a la llamada del sonido. Como si quisieran irse con él. Porque todos queremos irnos con él. Todos queremos irnos con ella. Del peso del verano ya no queda ni rastro.

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