Siete rincones para descubrir los sabores más auténticos de España

Por Lorena Papí Rodes

Un viaje es una experiencia para vivir con todos los sentidos. Más aún en un país con tantas riquezas —patrimoniales, musicales, gastronómicas— como el nuestro. Tomarse un tiempo para descubrirlas, disfrutando sin prisas de ese cambio de escenario, de los nuevo sabores, de los colores que cubren esos paisajes insólitos, puede convertir cualquier escapada en un recuerdo inolvidable.

España está repleta de regiones rodeadas de montañas donde el tiempo parece haberse detenido. Ruinas que mantienen en pie el recuerdo de pueblos pasados. Poblaciones a las que al mar abraza y regala sus mejores frutos. Y otras, bañadas por otros mares; por el blanco de los campos de almendros; por el rosa de los de cerezos. Todas se pueden disfrutar con calma, apostando por Parar más y Sentir más, como propone la filosofía de Cervezas Alhambra.

Un impresionante atardecer y el mejor Pulpo á feira

La Guardia (Vigo)

A Guarda (La Guardia, Vigo) mira literalmente al mar. Al atardecer, el sol tiñe con su reflejo naranja las casas de colores que salpican la montaña, separadas del Atlántico por una pequeña bahía que se abraza a él. En el exterior de algunas casas, los peixes de couro y las lixas, puestos a secar como si de la colada se tratara, esperan a que el efecto del sol perpetúe la sal, convirtiéndolos en salazón. Una costumbre ancestral que aún se conserva en las Rías Baixas.

También ancestral es la receta del que es el más célebre de entre todos los frutos de las costas gallegas. El Pulpo á feira sólo necesita cuatro elementos para conquistar a cualquier paladar amante de los sabores marinos. Pero eso sería imposible sin la paciencia de aquellos pescadores que esperan a que los pulpos, a apenas unos metros de la costa, caigan en su raña, el antiquísimo sistema que utilizan para hacerse con ellos.

Pueblos detenidos en el tiempo y unas Patatas meneás

En la provincia de Salamanca, la naturaleza se muestra en toda su espectacularidad. Desde el norte, con las cascadas del Parque Natural de Arribes del Duero, reserva de la biosfera, hasta el sur, con las cristalinas piscinas naturales y los acantilados del Parque Natural de Las Batuecas.

Estos verdes parajes son el telón de fondo que embellece aún más a pequeños rincones con encanto, como el idílico pueblo de La Alberca. Un auténtico oasis de paz y quietud, levantado a base de piedra y madera. Pasear por sus calles empedradas y disfrutar del silencio es retroceder en el tiempo. Abrir una puerta en este mundo y aparecer en otro paralelo, en el que se vive a ritmo pausado.

Tomarse una pausa para degustar una cerveza hecha sin prisa como las que elaboran los maestros de Cervezas Alhambra es la mejor manera de entender cómo el tiempo y la dedicación son fundamentales en el sabor final. Es el mismo esmero con el que se cocinan en La Alberca uno de los platos originarios de la provincia: las Patatas meneás o revolconas. Pero también su Hornazo, una empanada a base de embutidos secados al aire serrano.

Calas de ensueño y el mar en el plato

Arroz a banda, típico de la Marina Alta

Aunque es Valencia la más conocida internacionalmente por su paella, la costa alicantina no lo es menos por sus arroces, especialmente el Arroz a banda. Un arroz marinero y, por ello, típico en los pueblos de la costa, en la Marina Alta. Pueblos como Jávea, Villajoyosa, Calpe y Moraira, en los que el mar adquiere un impresionante color azul turquesa al bañar las calas repletas de rocas y la luz, un matiz especial.

La costa permite vivir esa experiencia integral: disfrutar de un baño de mar, pero también de las delicias que éste brinda y que son la base de uno de los arroces más sabrosos que se elaboran en la provincia, en lugares como Dénia. Esta localidad, durante dos décadas, ha acogido un concurso internacional para elegir la mejor ejecución de esta receta tan característica de los pueblos agraciados por el Mediterráneo.

Mar, verano y un buen arroz forman un combinado único de sabores y sensaciones que se redondea hasta formar el círculo perfecto si se le añaden unos tragos de la siempre apetecible Alhambra Especial.

Un pueblo y una tapa típicamente andaluces

Si hay un producto por el que somos la envidia del mundo, ese es el jamón. En La Lusiana, un modesto pueblo de menos de 5.000 habitantes y cercano a Sevilla, lo combinan con sus famosos picos, roscos y regañás artesanales, elaborados en siete empresas del pueblo. Porque, a veces, lo más simple puede ser lo más exquisito y placentero.

El secreto de estas pequeñas delicias de pan crujiente es que son naturales, no llevan ningún tipo de aditivos y son manos expertas las que les dan su reconocible forma final. Parece un producto fácil, pero arrastra horas de espera en cada fase de elaboración por la que pasa, como el reposado de la masa y el fermentado.

Y aún se posterga más el placer de paladear un buen jamón. Puede pasar envejeciendo, después de haber sido salado, lavado, postsalado y secado, entre seis y treinta meses. Por eso, algo tan aparentemente sencillo como una tapa de jamón con picos es un homenaje a la paciencia. Un aperitivo que parece estar hecho para combinar con la frescura y la intensidad de las referencias de Cervezas Alhambra, también elaboradas con mimo por sus artesanos. En el sur, en su casa, cómo no probar cualquiera de ellas.

Un paraíso verde y un cabrito guisado

El puente de La Vitre, sobre el río Cares

La gastronomía asturiana es algo más que quesos, fabada y sidra. Hay más productos típicos y recetas sorprendentes que descubrir mientras se atraviesan sus concellos; paraísos en los que el verde, en diferentes tonos y matices, lo inunda todo y la naturaleza parece envolver, abrazar al caminante.

Por eso se hace tan complicado quedarse con un único rincón de Asturies. Visitar el concejo de Peñamellera Alta brinda la oportunidad de conocer rincones muy especiales; algunos apenas son un puñado de casas de piedra, rodeadas de prados y envueltas en apacible calma. Allí reina un silencio solo interrumpido ocasionalmente por los sonidos de la naturaleza: el mugir de una vaca, el canto de un petirrojo, la lluvia cayendo sobre los tejados de pizarra.

En esa zona se encuentran pueblos como Alles, con su templo tardorrománico de San Pedro de Plecín. O Trescares, bañado por el Río Cares, que está coronado por el majestuoso puente de origen romano de La Vidre. Y Llonín y sus cuevas, donde madura su quesu, y sus pinturas prehistóricas. Peñamellera Alta es uno de los lugares en los que saborear un Cabrito guisado, uno de los platos asturianos más desconocidos para el resto de España y, sin embargo, tan arraigado para ellos, que lo siguen elaborando al estilo de los pastores.

Un castillo del siglo XIII y una Olleta alicantina

Alicante es una región pintada de inesperados colores, como el verde que inunda el Valle de Guadalest, en el interior. La vista puede abarcarlo casi en toda su inmensidad desde el Castell, que domina en las alturas de Guadalest. Gracias a este castillo y su muralla, el municipio fue declarado Conjunto Histórico-Artístico y forma parte de la Asociación Los pueblos más bonitos de España.

La Olleta de blat (de trigo) es uno de los platos más tradicionales y especiales de la zona. Especial, porque no puede improvisarse; como cualquier guiso con legumbres requiere tiempo y premeditación. Conseguir que la materia prima esté en el punto adecuado y cocinar a fuego lento.

También degustarla, como cualquier plato de cuchara, supone tomárselo con calma. Es necesario dejar que atempere, descubrir en cada cucharada un nuevo matiz y todos los tesoros (hasta 20 ingredientes) que esconde, como el hinojo que crece silvestre en la comarca, que le da ese sabor de plato montañés y que tan bien marida con una cerveza repleta de matices y aristas como Alhambra Reserva Roja.

Tesoros del pasado y una oca con nabos

Pueblo medieval del Baix Empordà

La parte más reconocible y reconocida de la Costa Brava son sus bellas calas. Pero la naturaleza no es el único valor que tiene, pues esconde otras joyas arquitectónicas, gastronómicas y artísticas. Una es el precioso pueblo medieval de Peratallada (Girona), en la comarca del Baix Empordà. Con sus masías en las que piedra y hiedra son uno. Y sus huellas del pasado, por las que el municipio ha recibido el reconocimiento de Conjunto Histórico-Artístico y Bien de Interés Nacional.

Su gastronomía pasa por seguir manteniendo la tradición de la tierra con recetas como la Oca con nabos. Una gastronomía, la ampurdanesa, que abarca mar, huerto y montaña; carnes y pescados que incluso conviven en un mismo plato, el Mar y Montaña, en el que sabores antagónicos maridan a la perfección y que alcanzan su cénit cuando se acompañan con el regusto intenso de cervezas como Alhambra Reserva 1925.

Una forma relajada de entender la cocina que pasa por los guisos de cuchara preparados a fuego lento. Complejas elaboraciones, como la Escudella o el Suquet de Peix, que precisan dedicación, experiencia y tiempo. Y que saben a tradición.

Con este recorrido sensorial hemos descubierto solo siete de los muchísimos rincones de este crisol de culturas que es nuestro país y en los que la gastronomía es una experiencia tan importante y trascendental para el viajero como conocer sus monumentos y sus lugares más típicos.

Fotos |iStock/nito100, Janira Pazos (cedida), iStock/littleclieWikipedia.org/SitomonWikimedia.org/Alberto-g-rovi

En Momentos Alhambra | Los quesos de Praizal, sabor y tradición leonesa

En Momentos Alhambra | Descubriendo el Madrid de los Austrias: los sabores más castizos

 

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