El último artesano en el corazón de Malasaña

Por Laura Elena Vivas

Tocar, deslizar… Sentir. Descubrir lo que nos emociona, lo que hace que se nos erice el vello de la nuca al vivirlo, al experimentarlo. Aquello que Javier S. Medina encontró y convirtió en su modo de vida cuando creyó en las segundas oportunidades y en la vuelta a los orígenes.

La historia de este artesano, que descubrimos de la mano de Cervezas Alhambra en un pequeño taller de Malasaña, es la de un sueño; el que persiguió cuando un día salió de su tierra extremeña para estudiar Restauración en Madrid, e inmerso en ese camino formativo, volvió a los recuerdos de su infancia. En ellos, sus padres y su abuelo se entregaban fielmente a la tradición de la artesanía.

Curiosidad, talento y, quién sabe, quizá esa herencia innata que llevamos en la sangre y que nos marca el camino, impulsaron a Javier a buscar un material con el que dar vida a todas las imágenes e ideas que bullían en su mente creativa.

Los hilos de fibra natural que se entretejen con los recuerdos de sus primeros años de vida fueron la base de su primera pieza. Una pieza que, de forma espontánea, mostró en sus redes sociales y que resultó ser el germen de todo lo que vendría después.

Javier creyó que, al calor de sus manos, aquello que parece inerte puede cobrar vida y tener derecho propio a un espacio donde estar. El espejo que realizó como primera obra empezó a ser demandado y así comenzó su historia como artesano. No tardaría en buscar un rincón en aquel barrio de Madrid para crear un universo de cabezas tejidas, que él llama trofeos ecológicos, y espejos en forma de sol.

Un espacio donde las yemas de los dedos sirven de guía a quien trabaja y también a quien entra, pues se agudizan para poder percibir, acariciar, sentir todo lo que allí hay y va surgiendo con las horas.

Porque hay elementos que necesitan tiempo para ser.

En este lugar, los materiales primordiales —bambú, mimbre, ratán, fibra, todos naturales— son transformados para tener una segunda oportunidad con el empleo de instrumentos que parecieran congelados por el tiempo. Martillos, tijeras, médula. La pleita enlazada en la aguja, la aguja tocando el dedil del artista que, absorto, va transformando su universo interior en piezas de arte.

 

Sus manos enredan y hacen; como si fuese un ritual, tocan las herramientas. La mirada acostumbrada pero igualmente avizora de Javier las observa y las dispone para crear sin pensar en el tiempo. Como él mismo cuenta, ese es su rincón, el lugar donde se siente en casa, en el que está lo suficientemente cómodo para dejar volar a su imaginación y a esas manos que tocan, hacen formas, combinan y tejen.

Cada elemento se dispone en el orden que Medina le ha dado para realizar su trabajo, cada uno colocado allí donde la mano va, siguiendo el camino de la costumbre. Se trata de un espacio fascinante, donde los sentidos se entregan al estímulo fugaz. Desde aquí, cada obra va al resto del mundo.

Sus trofeos ecológicos protagonizan, discretos, espacios vanguardistas públicos y privados. Sus figuras atraen por su carácter vigilante y armonioso con el entorno, hechas con pasión por el oficio y respeto a la tradición. Y cómo no, con tiempo, como una cerveza bien hecha.

El éxito y la demanda que ha tenido Javier desde el primer momento han transformado, al igual que sus manos hacen lo propio con la fibra, aquel sueño de restauración en el taller que hoy conocemos. En él, Sarah Jessica Parker se enamoró fugazmente de las hebras, el cuero y la madera. Le fue imposible cruzar ese umbral sin llevarse su propio trofeo ecológico.

Pero como decíamos, el talento es inquieto y no se puede confinar a un único espacio, a un solo propósito. Así, entre los proyectos de futuro que van naciendo conforme desarrolla su vocación se encuentra establecer próximamente un espacio en Madrid para enseñar su oficio, ayudar a crear otras manos que creen sin prisa. Allí también se realizarán exposiciones propias y ajenas, y funcionará como escaparate para otros artistas que buscan transformar al espectador en experimentador a través de sus propios sentidos.

Porque así como una Alhambra Reserva 1925 necesita de su tiempo no solo para ser elaborada, sino también para que la disfrutemos como merece, las piezas que crea Medina necesitan también ser sentidas para percibir todo lo que contienen. Tocarlas, mirarlas, contemplarlas de lejos y de cerca. Así se sabrá lo que las ha hecho tan conocidas en el mundo, qué ha provocado que este artesano que un día viajó de Badajoz a Madrid se esté convirtiendo en todo un artista internacional.

Porque hay cosas que no se pueden explicar: hay que sentirlas.

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