Transformar piezas clásicas en modernas con técnicas tradicionales: La Retrovisora

Por Lorena Papí Rodes

El taller de La Retrovisora es un museo de los recuerdos. Se amontonan piezas esperando despertar de su letargo para revivir. No son objetos inertes: son sillas, espejos, butacas, cómodas y escritorios con una historia que contar, con su propio bagaje emocional y su mochila de recuerdos. Siguen vivos, latentes, a la espera de una nueva oportunidad de recuperar su brillo y su funcionalidad o incluso de mudar su piel y transformarse en algo distinto.

Pero solo ante el ojo experto se revela el potencial de cada objeto y se acierta a adivinar en cuestión de segundos cuál es su mejor valor: la talla que ornamenta la pieza, el relleno de crin de caballo del tapizado que ya no se encuentra. También descubrir, en otros casos, qué quiere ser ese objeto y qué puede ofrecer de sí mismo en esa segunda oportunidad que le dan María y Paolo, restauradores, almas y dueños de La Retrovisora, en Valencia.

Comenzaron hace cuatro años, llevándose casi cada trasto que encontraban en la calle. Hoy ya casi no lo necesitan. Son los clientes los que llevan sus propios muebles y reclaman su buen hacer en la restauración clásica. Y su ingenio a la hora de darle una nueva vida a cualquier objeto a través de la intervención artística. Ahí es donde María y Paolo exploran toda su creatividad.

Se basan en técnicas de antaño, en largos procesos totalmente manuales a base de lija, formones y gubias con los que trabajan sobre la estructura con el cuidado y el cariño de quien ayuda a un pequeño a ponerse en pie, de quien restaura un libro o trabaja con un material tan delicado como el vidrio.

Devolver a la vida, dar otra vida

María restaurando un mueble

Los buscan quienes quieren devolver a la vida aquello que lleva la carga de su historia, que forma parte de su memoria, de sus recuerdos imborrables. Porque La Retrovisora es una suerte de sanatorio. De centro de recuperación. En ocasiones llegan muy maltrechos; la estructura debilitada, devorados por la carcoma, destrozado el tapizado.

Lo que para cualquiera es un mueble echado a perder, para María es una mina de oro: “sacar la madera a flote es un trabajo agradecido. Es algo que está vivo. Si la tratas bien, ella responde automáticamente”.

Nada está perdido del todo, ni siquiera aunque la carcoma se haya extendido. Quizás, sea la parte más desagradable por lo que confiesa Paolo. Pero se tranquiliza pensando que “recuperamos el karma aunque matemos seres vivos, porque la madera también lo está”.

Después de pasar por las expertas y pacientes manos de estos restauradores y artistas; por la fase de preparación, por las largas sesiones de lijado y la magia de la química que consigue recuperar el brillo y revelar su belleza original. Tras horas y días de trabajo, el objeto parece haber viajado en el tiempo. Porque saben encontrar el mayor valor de cada mueble —aquello que le hace especial— y realzarlo. Potenciarlo.

“En nuestro trabajo entran en juego las herencias, el apego hacia un mueble, el cariño que le tienes a una pieza con la que has crecido y has heredado”, dice María. Hay quien solo quiere conservarla, pero hacer que encaje en otro ambiente y hay quien quiere volver a verla tal y como siempre la ha recordado.

Son dos facetas de su profesión: la restauración clásica y la intervención. Explica María que la armonía entre esos dos mundos es la clave que define lo que hacen: “Lo que aportamos con nuestro trabajo es equilibrio: el que conseguimos al tener los conocimientos para saber hasta qué punto restaurar clásico y hasta qué punto hacerlo moderno”.

Crean y transforman basándose en el concepto de colecciones temporales, conectadas por aspectos como el tipo de mueble o la gama cromática. “Las colecciones reflejan también cómo nos sentimos nosotros en cada etapa”, añade Paolo. Los colores también dicen mucho de ellos mismos.

Las emociones transmitidas a través del objeto pueden ser distintas, pero siempre guardan una línea: “diferente, elegante y discreta”. Así define él las creaciones que salen de La Retrovisora. “Nos encanta la geometría y nos ayuda a quitarle la carga de antigüedad al mueble. Es nuestra gran aliada”, añade María.

Sofacilla

La intervención es otro mundo: una puerta abierta a otras realidades en las que los objetos pueden jugar a ser quien ellos quieran. En su laboratorio de ideas, María y Paolo juegan también: a cambiar su función, a aportarles un punto de modernidad a piezas clásicas, a adaptarlas al espacio propuesto por el cliente. “Se trata de quitarle esa carga que trae el mueble antiguo, aplanarlo, volverlo un poco más neutro. Jugamos a disminuir el volumen, a quitarle peso, pero conservando la pieza”, cuenta María.

Así, las puertas se convierten en cabeceros de cama; farolas que antaño alumbraban las calles, dan un punto de luz cálida y confortable a un hogar. No producen, crean. Por eso sus trabajos son algo efímero: nacen, se exponen en su web o en su tienda y encuentran un nuevo hogar.

“La originalidad de la pieza es lo que más aprecian los clientes”, opina Paolo. “Todo lo que hacemos aquí, lo hacemos nosotros, incluso los colores. Cada color es único. Podemos repetirlo pero no saldrá igual. Trabajamos con la referencia del espacio en el que van a ir los objetos y así sabemos qué colores combinan bien y cuales crearían distracción o caos en ese ambiente”.

Intervenir, sin embargo, es algo más para ellos. Además de darles la oportunidad de canalizar todo su talento artístico, les sirve para protestar contra el consumismo excesivo y la idea de que las cosas se han de tirar solo porque están gastadas y viejas. Recuperar piezas es una forma de ser sostenible, de no generar nuevos residuos y, sobre todo, no acomodarse en la idea de que lo nuevo ha de ser necesariamente mejor.

La vida secreta de los objetos

Restauración y transformación de muebles

Trabajar con objetos con tanto valor afectivo, con tanta historia acumulada en cada poro de su superficie, cargando con el peso del tiempo sobre sus patas cansadas y con tanta vida vivida, les ha hecho vivir momentos únicos. Como cuando descubrieron escritos de 1800, cartas, libros, o un carnet de principios de siglo entre los recovecos de un bureau, en una cómoda, en un escritorio. O un trabajo de marquetería policromado, escondido bajo una piel artificial de pintura negra, en un reloj de pie.

Entonces entregan al dueño del mueble no solo esa pieza con la que mantienen un vínculo afectivo, con todo su esplendor de vuelta. También estos tesoros que forman parte de su historia familiar y que llevaban, en algunos casos, cien y doscientos años esperando ser descubiertos.

Se definen como dos seres inquietos que nunca dejan de investigar, de probar, de retarse a sí mismos. “Experimentamos. El taller siempre se ha basado en experimentar texturas, colores, acabados…”, concluye María.

Su trabajo, en definitiva, se aleja de conceptos como manualidades o bricolaje. Lo suyo es un trabajo artesanal, basado en el conocimiento y el respeto de las técnicas de restauración que no toman atajos (como determinados barnices o esmaltes) para conseguir un determinado efecto, sino que lo crean ellos a partir de diferentes y elaborados procesos.

Con su actual proyecto, están dándole alas al taller. Derribando sus muros y yendo mucho más allá. Ahora trabajan con un grupo interiorista de pequeños hoteles-boutique que han decidido renovar su mobiliario. María y Paolo les están ayudando a hacerlo conservando los muebles originales: restaurando algunos e interviniendo otros, aportando contraste con vistosos tapizados y colores. Encontrando el perfecto equilibrio entre antiguo y transformado. Entre histórico y actual.

Esa es, precisamente, la filosofía que define todo su trabajo. Conseguir que lo nuevo y lo viejo convivan pacíficamente. Que gracias a su trabajo, un mueble de hace dos siglos y un espacio moderno alcancen la armonía juntos. Y viceversa.

Fotos | Cedidas por La Retrovisora

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