Pilimili, o cómo devolver la serigrafía al territorio más artesanal

Por Eva Gracia

La serigrafía es al diseño lo que la imprenta a la literatura: un arte para extender otro arte, un medio tangible, poroso, en el que viven la belleza y el conocimiento. Y si hay algo intrínsecamente ligado con la serigrafía, a diferencia de la imprenta, es su marcado carácter artesanal. El proceso que sigue necesita de una gran implicación humana y de mucho mimo por el detalle: la malla o seda que contiene el diseño que se quiere estampar ­­—y que hace las veces de plantilla— debe estar bien tensada en el marco que la sostiene; se ha de extender la tinta con cuidado y, además, hay que prestar mucha atención cuando se retira la plancha para no arruinar el resultado.

Los cinco sentidos, por tanto, tienen que estar funcionando a pleno rendimiento para que los objetos serigrafiados queden envueltos por el halo de dedicación que imbuye a esta técnica, cuyo arte puede aplicarse sobre cualquier superficie: telas, cartones, maderas, paredes… Los egipcios lo saben bien: ellos emplearon este sistema de impresión para decorar los interiores de sus pirámides. Porque la serigrafía, de origen oriental, lleva acompañando los pasos de la humanidad desde hace miles de años, y sigue haciéndolo en esta era digital en la que, a veces, parecemos olvidarnos de la belleza de las pequeñas cosas.

El tiempo y la dedicación: los valores más preciados

pilimili serigrafia

En un mundo en el que prima la producción en grandes cantidades y con la mayor rapidez posible, la inversión de tiempo que requiere este sistema es un valor al alza. Todos queremos sentir que nos dedican unos minutos, que nuestro producto es único, como lo somos nosotros, y que otra persona ha trabajado con pasión para que tengamos ese objeto entre nuestras manos.

La moda que mira al diseño más personal y delicado y los productos más modernos y urbanos se dan la mano y se cobijan bajo el paraguas de la serigrafía en firmas como la española Pilimili. Integrada por una pareja de diseñadores de producto —amantes, además, de la ilustración—, apuesta por el respeto a la materia prima como eje sobre el que pivota su filosofía.

Todo en Pilimili empieza y acaba en el taller de Itziar Gil y Rafa Megías, una fábrica de sueños de la que emergen veleros, rosquillas, dinosaurios, cámaras de fotos analógicas, cactus, cohetes espaciales y pajaritas de origami que decoran, siempre mediante técnicas tradicionales de serigrafía, bolsas de tela estampada, cuadernos, fundas de gafas, calcetines y neceseres.

El valor de lo artesanal también enamora a los jóvenes

La producción artesanal es mucho más que una etiqueta en Pilimili: es una forma de vida, de entender el trabajo y de demostrar que a los jóvenes también les atrapa el poder de fascinación de los modos y técnicas tradicionales. El dúo creativo que impronta su amor al “hecho a mano” en cada fibra de tela apuesta por suave algodón 100% sin blanquear, papel reciclado y tinta al agua como materias primas que cuida y respeta.

Para serigrafiar esos materiales, escogidos con cariño y pensando en la belleza que aportarán a sus bolsas cuando se paseen por las calles de Granada —por ejemplo—, Itziar y Rafa ponen todo su amor en cada pasada de tinta. Y prueban con hechos, y diseños cuidados, alegres y preciosistas, que la relación entre artesanía y modernidad es un matrimonio muy bien avenido.

Fotos | Facebook de Pilimili

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