Petites mains, las costureras que dan vida a la alta costura

Por Eva Gracia

Los focos que se encienden, el silencio previo al arranque, los compases de una música elegida cuidadosamente, los primeros pasos sobre la pasarela. El glamur, la elegancia, el lujo. Todo eso se respira en los minutos previos al arranque de los desfiles de alta costura, carruseles de belleza y diseño preparados con maestría para que el mundo vea lo preciosa y preciosista que puede llegar a ser la moda.

manos marcando alfiler telas

Pero, antes de que esas luces se enciendan y las modelos comiencen a pasear las creaciones de los genios que las han ideado, un grupo de mujeres contiene el aliento y mira el espectáculo desde dentro, aguardando un aplauso final que será el reconocimiento a sus cientos de horas de trabajo entre hilvanes, dedales y agujas.

Ellas son las costureras, las petites mains de la haute couture, artesanas de la aguja y el alfiler capaces de hacer realidad los vestidos de ensueño que se dibujan en las mentes de los grandes diseñadores de la industria.

Sin su saber hacer, sus bordados precisos y finos y sus horas pisando el pedal de las máquinas de coser, los nombres de Chanel, Dior o Givenchy no podrían figurar en el selecto grupo de firmas a las que se permite lucir la etiqueta de alta costura.

En los talleres en los que trabajan las coutourières (como el de bordado de Lesage, uno de los más afamados de París) reinan la concentración y la pasión por el detalle. Y, en medio del frenético ritmo que sigue la moda —una firma puede llegar a presentar seis colecciones al año, dos de ellas de alta costura—, estos lugares se convierten en un remanso de precisión donde toma forma el “vísteme despacio, que tengo prisa”.

petites mains costura

Los directores creativos, conscientes de que sin ellas sus diseños serían meras entelequias, no las olvidan. El káiser de la moda, Karl Lagerfeld, al frente de Chanel desde 1983, las homenajeó de la mejor forma posible: visibilizándolas. Para su desfile de alta costura de la temporada otoño invierno 2016-2017 recreó, en el Grand Palais de París, el atelier de la Rue Chambon de la capital francesa donde, todos los días del año, se cose la magia.

En aquel pase, y para sorpresa de muchos que creyeron que aquellas mujeres eran actrices, las costureras comenzaron a hacer lo mismo que cada día: cortar patrones, bordar flores puntada a puntada y sujetar sobre los maniquíes delicadas telas que, con su destreza, se convertirán en vestidos-joya.

Lagerfeld es consciente de que el trabajo de estas artesanas (que se afanan en dejar cada vestido sin un hilo fuera de su lugar y comparten esos valores de crear sin prisa de los que ha hecho su bandera Cervezas Alhambra) supone un valor añadido para su firma. Por eso, en un intento de “preservar un patrimonio único”, la marca adquirió una serie de talleres artesanales en París, donde se crean encajes, plisados y tules con técnicas de antaño que requieren de paciencia y mucha dedicación.

Chanel no es el único gran nombre que apuesta por la tradición. Otras firmas como Dior o la española Loewe también se involucran en la recuperación de oficios tradicionales en peligro de extinción, como puede ser encajera de bolillos.

Y al sur de París, en España, también tenemos nombres que se agarran a la tradición para hilvanar su futuro. El ejemplo paradigmático es Del Pozo. La marca, comandada por Josep Font, ha logrado convertirse bajo sus directrices en un ejemplo sublime de delicadeza que triunfa en las alfombras rojas y hasta en la Casa Blanca.

manos cosiendo traje blanco

Pero, más allá de sus rupturas de los volúmenes clásicos y sus mezclas de colores pastel, lo que ha convertido a Del Pozo en una de las firmas más deseadas es el cuidado de los detalles. Para Font, los pormenores que no se ven son aquellos que más importan y los que construyen la esencia de una prenda.

Él, que llegó a la firma con la firme intención de renovar el bordado y darle unos aires de actualidad, se apoyó en esas petites mains para hacer realidad sus sueños y diseños. Solo para decorar la parte superior de este vestido, las costureras necesitaron 52 horas de trabajo.

Eso sí, su tiempo (y la genialidad de Josep Font) tuvo premio: el vestido se expuso en Bélgica y fue uno de los diseños más aplaudidos del desfile. Entonces, las petites mains, que no dan puntada sin hilo, dejaron de contener el aliento y sonrieron.

Imágenes | iStock – grafvisionronstikAnnaKolosyuk | Facebook de Del Pozo

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