Moisés Vázquez, la delicadeza del oro más fino

Por Nerea Campos Godoy

Quizá sea el tratamiento de la luz el punto en común entre los maestros pintores del Renacimiento, a los que tanto hemos admirado a lo largo de siglos, y los artesanos que se dedican a dorar la madera. La luminosidad turbadora del oro sobre este material recuerda inevitablemente a los rayos celestiales de La Anunciación de Fra Angélico, uno de los artistas más reconocidos del Quattrocento toscano, tierra inequívoca de la luz.

Precisamente, otra de las regiones más conocida por su incandescencia es Sevilla, la ciudad de Moisés Vázquez, uno de los maestros artesanos del dorado de la madera más jóvenes de nuestro país. A sus 29 años, es una de las pocas personas que se dedican a mantener viva una tradición que, a veces, el paso del tiempo se empeña en difuminar. Personas como él, que saben apreciar su valor, son las que aplican el oro en algunas de las mejores creaciones del arte escultórico de España.

Mano aplicando pan de oro a escultura

Así, Moisés Vázquez es uno de los herederos del brillo de su tierra y de un tipo de artesanía que ha convertido en su pasión y en su trabajo. El dorado de la madera lo ha llevado de Sevilla al extranjero y luego, de vuelta a Sevilla, donde ha podido establecerse para convertirse en un profesional en el tratamiento de estas finísimas láminas de oro.

Moisés se inspira en su propia fortuna: la de poder trabajar en algo que le encanta. La vida del artesano dorador, al igual que la de los artesanos que colaboran con Cervezas Alhambra en sus talleres de degustación abriendo las puertas a todo un universo creador,  no es mecánica, y puede imprimir su propio sello a cada una de las obras en las que participa. Cada día es una nueva oportunidad, pero lo que más le emociona es imaginar el resultado final y contemplar que, poco a poco, la obra va adquiriendo el brillo que él le imprime.

Las hojas doradas se aplican con delicadeza en una madera que ha sido tratada previamente, y cuyo procedimiento requiere del tesón y la paciencia de un ardiente entusiasta de la Semana Santa; esencialmente, la mayor parte de su trabajo se destina a los pasos y a las imágenes.

Ahora Moisés lleva ya más de once años trabajando como artista, pero en su momento tuvo que decidir cuál sería su futuro, tal y como haría cualquier otro joven a su edad. Cuando terminó Bachillerato encontró un cartel con su destino: los estudios centrados en la técnica del dorado y la policromía de la Escuela de Artes, una rama del arte que él mismo reconoce que “le apasiona”.

Es en este taller donde actualmente se dedica a dorar la madera, lo que para él es “la guinda del pastel” porque “trata de embellecer el trabajo que ha comenzado otro”, ya sean los tallistas o los imagineros.

Herramientas y pieza de madera tallada

Como en las películas de un cine cocinado de manera velada, la profesión de este tipo de artesanos requiere un carácter coral: cada integrante del taller está especializado en una parte de un proceso que puede durar semanas o, incluso, meses. Después, cuando alguno de sus compañeros ya ha preparado la base, Moisés invierte su tiempo en dorar y en dar el toque final –con la técnica del estofado o alguna similar; la metáfora de la cocina se justifica a sí misma–.

Cuando las cofradías empiezan a preocuparse por ultimar los detalles de sus imágenes y de sus pasos, comienza el periodo con más trajín para los artesanos del oro y de la madera. La Cuaresma es el preludio de la Semana Santa y no hay otra época del año que requiera tanto esfuerzo como esta: todo tiene que estar listo para poder procesionar en marzo o en abril.

En la imagen o en el paso queda impresa la huella directa de todas las manos que la han acariciado, de una forma tan esmerada como para poder conmover hasta la mirada más atea con la que se cruce. Del esplendor de la obra Moisés es el último garante: el oro cae rendido a su destreza, fundiéndose.

Imágenes | Doradores González, iStock

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