Mimbre y cuerda, una sencilla materia prima para todo un arte

Por Lorena Papí Rodes

Hay algo muy reconfortante en trabajar con las manos. Mientras estas construyen, las preocupaciones se destruyen. Al tiempo que las manos moldean, tejen, burilean o pintan, la cabeza se distrae de todo aquello que no sea moldear, tejer, burilear y pintar, proporcionando un momento de paz absoluta a ese espíritu, muchas veces agitado.

En el oficio de la artesanía con fibras vegetales, toda la atención del artesano está puesta en el entramado de fibras que, al unirse, van tomando forma: de cesta, de capazo, de silla o de espardenya (el tradicional calzado valenciano hecho de cáñamo). Las posibilidades son casi infinitas, gracias a la maleabilidad del ratán, el mimbre o la palma.

Si la cestería está tan arraigado en lugares como la Comunidad Valenciana es gracias a que los arbustos de los que se obtienen las fibras de mimbre y las palmas o palmeras se encuentran a gusto en ese clima tan agradecido. Obtener estas fibras no es sino otra forma de aprovechar los recursos y las riquezas naturales de la zona.

Cesta de mimbre

El arraigo del viejo oficio de cestero se deja notar especialmente en Valencia. Basta callejear por la parte más vetusta y con más solera de la capital del Turia para descubrir cómo la cestería tradicional y hecha a mano se sigue reivindicando en esta era industrial, de producción en serie y de materiales sintéticos.

Cestas y capazos de todos los tamaños se amontonan, colgando de ganchos, exhibiéndose, en las pequeñas tiendecitas de artesanía del viejo barrio de El Carmen. Tal es la importancia de este oficio en tierras valencianas que las cestas se han apropiado de la calle Músico Peydró; literalmente. Puede que se llame así en el callejero, pero en Valencia se le conoce popularmente como la calle de las cestas.

Las cestas son solo una muestra de lo que se puede llegar a hacer con estos materiales. Pero hay que tratar las fibras previamente para conseguir que sean elásticas y resistentes, para dejarse trenzar y al tiempo, unirse con firmeza. El mimbre se debe reblandecer, sumergiéndolo en agua el tiempo necesario; hasta un mes si quiere obtenerse mimbre blanco. Las hojas de palma se escaldan en agua hirviendo y después se dejan secar. Sin embargo, el ratán necesita humedad para poder ser trabajado y la fase de secado es posterior a la de creación. Solo así, siguiendo un proceso natural, se pueden obtener las mejores cualidades de  las fibras vegetales.

Y también respetando el modo de hacer tradicional: las cestas se elaboran siempre comenzando por el fondo o la base —ovalada, redonda, cuadrada— siguiendo por la pieza y terminando por el asa. Como se deben hacer las cosas siempre en la vida: asegurando primero los cimientos para que lo que se cree —una casa, una cesta, una relación—sea duradero y resistente. Unas pequeñas varas unidas en forma de estrella marcan el inicio del trabajo. Las fibras se van cruzando para formar el entramado que, una vez aseado y podado, retirando las partes sobrantes, será la base de la cesta.

Como si se tratara de tejer con un telar, unas largas tiras de mimbre entero hacen las veces de urdimbre mientras que las tiras de mimbre partido, más finas, se convierten en trama, al cruzar horizontalmente las tiras que sirven de guía. Con una cadencia casi hipnótica —una por delante, otra por detrás— las fibras van componiendo el trabajo, tomando forma, mientras el artesano hace girar la pieza en su regazo. Una trenza elaborada con varas de mimbre entero remata el trabajo, en forma de asa.

Cestas de mimbre

Son unas manos hábiles y seguras, entrenadas durante años, las que pueden lograr esta magia, con apenas unas cuantas herramientas: unas tijeras de podar, un martillo, alicates o un punzón. Es toda la tecnología —exceptuando la máquina que trabaja la fibra en bruto para conseguir tiras más finas— que interviene en el proceso. El resto, depende de la maestría de artesanos como Mercedes Domenech y José Aparici, los fundadores de la Cesteria Aparici. Pese a ser ya una gran empresa, sus capazos, leñeros, baúles y cestas —incluso escobas—se siguen haciendo a mano.

La artesana Marifé Navarro sorprende con el uso que le da a la materia prima: sillas de mimbre que parecen salidas de un catálogo de muebles de diseño. O al contrario: restaurar unas sillas Mies Van Der Rohe, con un entramado de caña. Con cuerda, crea originales lámparas y candelabros.

Porque, aunque el respeto por el oficio y sus modos de hacer tradicionales sean vitales para su supervivencia, también depende de la innovación que la cestería y la artesanía con fibras naturales atraiga a un nuevo público, más allá del típico capazo que se sigue usando en esas jornadas de playa. Los mismos capazos en los que nuestras abuelas llevaban la compra del mercado a casa.

Fotos | Pixabay/Creative CommonsiStock/Harald007Pixabay/Creative Commons

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