Los secretos del damasquinado toledano

Por Lorena Papí Rodes

Convertir un metal tan simple como el hierro en una joya; la cotidianeidad, en obra de arte. Hilar pasado y presente con hebras doradas y plateadas. Y con el mismo cuidado por el detalle y el ritmo pausado de los antiguos maestros en Damasco, de donde tomó su nombre; en Egipto, Grecia o Roma. Tallar el futuro a base de cincel pero manteniendo las técnicas de ancestrales civilizaciones. Todo esto es la ornamentación de metales o el arte del damasquinado.

Toledo ha sido y sigue siendo la gran heredera del damasquinado o ataujía, que arraigó en la provincia castellano-manchega a finales del siglo XIX, de la mano del vasco Eusebio Zuloaga. Él descubrió esta técnica al visitar un museo, en una armadura de origen damasquino y la aplicó a sus creaciones. Cuando sus herederos instalaron su fábrica en Toledo, hicieron de esta la gran capital del damasquinado moderno.

En pleno siglo XXI, el Oro de Toledo sigue brillando en los talleres artesanales de los maestros damasquinadores que desarrollan este arte como antaño; es su pasión la que mantiene viva la técnica artesanal que depende únicamente de la destreza de las manos del artesano para transformar un objeto metálico —un plato, una espada, un joyero, un colgante, un retablo— en una delicada pieza de orfebrería. Con el mismo esmero y la misma delicadeza con la que el joyero engarza un diamante en un anillo o maneja las diminutas ruedas que hacen girar las manecillas de un reloj.

El damasquinado, como la orfebrería, requiere buena vista, mejor pulso y una ausencia total de prisas. Como cualquier otra muestra de artesanía, no puede someterse al dictado de la producción en masa. No, sin perder su calidad.

Herramientas orfebre

El oro y la plata sin tratar no son muy diferentes del acero: para el damasquinador, son solo elementos transformables, materia prima con la que trabajar. Un componente valioso y brillante, pero sin alma. Su valía sólo se mide hasta entonces en quilates. Es la magia que el martillo imprime sobre estos metales al golpear con suavidad el cincel lo que los hace verdaderamente especiales, proporcionándoles otro tipo de atractivo: el intangible, el valor de los conocimientos heredados y de un trabajo realizado completamente a mano, como el que realizan los artesanos que colaboran con crear/sin/prisa, la iniciativa de Cervezas Alhambra.

Pacientes son las manos capaces de pasar hasta mil horas trabajando sobre una gran superficie como un retablo; y habilidosas, como para aplicar ese talento sobre un objeto tan pequeño como un anillo, sirviéndose de unas pinzas para manejar las diminutas piezas doradas. Pero antes de manejar los delicados hilos y las finas láminas brillantes cuidadosamente recortadas para tomar la forma del motivo, hay que entendérselas con otro metal: es la base neutral, de hierro o acero, sobre la que el dorado y el plateado brillan con luz propia.

Solo cuando esa superficie carece de tersura, eliminado todo rastro de pulidos con buriles y ácidos, aflora el arte del damasquinado por los poros del metal: oro y plata se van incrustando en los surcos hendidos previamente en el acero con una cuchilla, durante la fase de picado.

Plato con técnica de damasquinado

Punzón en mano y con ritmo apaciguado, pero continuo, se va hilando el diseño; de tipo renacimiento, con flores, pájaros y otros elementos naturales o con imbricados patrones de motivos geométricos e inspiración bizantina: el llamado estilo árabe.

Siempre siguiendo el diseño del artesano, que reproduce ahora sobre hierro lo que dibujó primero en papel. Como en la pintura, en la escultura o en cualquier otro arte, cada damasquinado es un fiel reflejo del estilo del artista.

Oro, plata y hierro se funden en uno, cuando el artesano, con ayuda de un botador golpeado suavemente por un pequeño martillo, con una rítmica cadencia, hace que la composición se fije en las hendiduras. Y la inmortaliza, sometiendo la pieza al proceso de pavonado: sumergida esta en una solución cáustica y calentada a muy altas temperaturas, el acero se torna oscuro y los metales preciosos deslumbran más si cabe. Como estrellas en el cielo de una noche de luna nueva.

Ya sólo queda rematar la obra, puliendo el diseño con la ayuda del buril y dándole relieve. Es todo este laborioso proceso del trabajo a mano el que marca la diferencia abismal entre una pieza de artesanía tradicional toledana y un producto hecho a máquina y en serie; entre la naturalidad de una posible imperfección en el trazado, fruto de un cambio en el pulso del artesano, frente a la precisión digital, que es perfecta pero fría.

Fotos | Wikimedia CommonsFacebook/El Arte de ToledoiStock/Esebene

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