Los secretos de la ollería mallorquina

Por Lorena Papí Rodes

La ollería mallorquina, una tradición de más de cuatro siglos, debe su supervivencia a un pequeño grupo de artesanos. Son los ollers de Pòrtol y Sa Cabaneta (Marratxí, Mallorca), que dan vida al fango con sus propias manos para transformarlo en ollas, vasijas y todo tipo de utensilios, como lo hicieran sus antepasados. Pero la ollería mallorquina solo es una pequeña muestra de todo lo que se hace en esta, la isla más grande de las Baleares, con las entrañas de la tierra. Con su propia tierra.

Así lo atestigua la colección del Museu del Fang de Sa Cabaneta, que reúne objetos cotidianos y prácticos, pero también de los que aportan personalidad, intimidad y belleza a un espacio a modo de ornamento. Que la tierra roja abunde en rincones de la isla como Ses Coves de Can Guidet ha ayudado (casi empujado) a sus habitantes más creativos a convertir el barro en la materia prima por excelencia con la que crear su magia.

La técnica de la ollería

Artesano del barro

Ese barro se obtiene a partir de dos sencillos elementos: tierra y agua. El fuego intervendrá después, en el proceso de cocción. Es una masa fría e inerte pero tan fácilmente maleable que tiene la capacidad de convertirse en cualquier objeto, con cualquier finalidad: cocinar, decorar, almacenar, conservar. En barro rojo o en blanco, ese que ellos llaman llamuga y extraen del Pou d’es Coll. Con su color natural u ornamentados a base de pincel y mano firme, con la delicadeza que requiere saber que no hay segundo intento. Que de ese pulso depende el toque final, el éxito de una pieza que ya ha pasado por un largo proceso, desde el amasado y el moldeado.

Y este proceso se sigue realizando como antaño. Si algo destaca del trabajo de las once familias alfareras que siguen hoy en activo es su empeño por conservar los métodos de elaboración tradicionales y huir de la industrialización y la automatización. Los ollers mallorquines han unido fuerzas precisamente para mantener vivas estas técnicas, rindiendo así homenaje a los artistas del fango que les precedieron. Su unión a través de la Associació d’Ollers de Pòrtol frente a la llegada de nuevos materiales, es fundamental para que la cerámica siga siendo representativa de la artesanía mallorquina.

En los once talleres repartidos por el municipio, la mayoría de artesanos forman parte de una larga tradición familiar. La Olleria Sa Roca Llisa, por ejemplo, fue fundada en 1861. Sus herederos siguen en activo, trabajando el barro como lo hicieran sus bisabuelos, aunque la innovación también tenga cabida en el diseño, como demuestran en Terra Cuita, con la misma veteranía que el resto y respetando asimismo la tradición, pero aportando nuevas ideas. También las hay jóvenes, como C’as Canonge, pero en manos de los nietos o bisnietos de antiguos maestros artesanos de la localidad. Y estos de sus ancestros. Una tradición que no es sino el legado de otras civilizaciones: se tiene constancia del uso de la cerámica ya en el Neolítico.

Se trata pues de imitar el método más tradicional, dejando fuera la mecanización o sirviéndose de ella lo mínimo posible. Solo se necesitan hormigoneras o molinos para mezclar bien grandes cantidades de barro. Pero después depende únicamente de las manos del ollero y su habilidad para lograr un material fino con el que sea fácil trabajar, a partir de un amasado en profundidad, con paciencia, sin prisas. Se sirve sólo de su tacto y su experiencia para saber cuándo ese barro está listo para ser trabajado.

Jarrón de cerámica

Son los mismos dedos que decidirán más tarde el destino de la pieza: en el torno o la rueda. Este se mueve al ritmo que marca el orfebre con su pie. Es con esa cadencia, con la pieza girando sobre el torno y con la presión de la mano que dirige con firmeza el material como esa bola de masa inerte y fría va tomando forma, dándonos pistas, por su altura o su abertura, de lo que será: un jarrón, un plato, una maceta, una hucha o una aceitera. O una greixonera, la olla específica para elaborar greixoneres, un dulce típico balear que nos recuerda al flan pero elaborado sobre una base de la famosa ensaimada mallorquina. Y cocinado en el barro que sale de la isla: un auténtico homenaje a la tierra.

Una vez que la pieza ha adoptado su forma definitiva, gracias al uso de guías de madera o de caña que ayudan al orfebre a conseguir la altura deseada, y retirada la pieza con delicadeza del torno sirviéndose de un filamento muy fino de hierro, es el momento de aplicar el esmalte en las piezas que así lo requieran.

Como en cualquier oficio realizado a mano, el respeto por los tiempos en la elaboración es fundamental. En este caso, si el barro no se seca gradualmente corre el riesgo de agrietarse antes de pasar a la fase de cocción. Como ocurre cuando se sacan del horno. Es ahora cuando interviene el fuego, para endurecer e inmortalizar el trabajo del artista. En el horno, las piezas se cuecen a unos 1.000º C durante horas; cuántas, dependerá del tipo de esmalte, por ejemplo. Y del tamaño de la pieza.

Pequeñas y con una funcionalidad muy distinta son las piezas que salen de las siurelleras como la de Margalida Serra. En Ca Na Margalida son expertos en la elaboración de siurells: son figuras de barro típicas de la artesanía mallorquina, elaboradas a base de llamuga (ese barro más claro), con un silbato incorporado y apenas vestidas con algunos finos trazos rojos y verdes.

Ca Na Margalida, Sa Roca Llisa o Terra Cuita forman parte de la ‘Ruta del Fang’, un itinerario turístico impulsado por el ayuntamiento de Marratxí para dar a su artesanía y su patrimonio cultural la relevancia que se merecen; para apoyar a esas once olleries que hoy tienen en sus manos la responsabilidad de que no se pierdan en el futuro estos cuatro siglos de tradición.

Fotos | Pexels/Funnycrave, iStock/g-stockstudio, iStock/KulikovaNWikimedia.org/Joanbanjo

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