Los mares del mundo transformados en joyas: la artesanía de Inés Susaeta

Por Eva Gracia

Las rocas erosionadas por el vaivén de las olas. El salitre bañando cada poro de la piel. El sabor salado de un chapuzón en el Cantábrico. Todo eso se palpa en las joyas de Inés Susaeta, la artesana vasca que, con sus manos, da forma a collares, anillos y pulseras que son capaces de condensar, en una pequeña pieza, toda la fuerza del mar.

Porque las joyas que ella crea son, literalmente, un pedazo de océano: tienen como elemento principal las piedras que Inés recoge de las orillas de sus playas favoritas.

Seleccionar los mejores sedimentos como un buscador de tesoros que surca los mares ansiando encontrar grandes recompensas es algo que ha hecho desde niña, cuando, incluso, se escapaba de la escuela para ampliar su colección de piedras.

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Herencia de sabor a sal

El mar y el arte están en su ADN. Su padre, Jon Susaeta, fue uno de los pioneros del surf en España, uno de los primeros valientes que, viendo la destreza de los surfistas extranjeros, se animó a subirse a una tabla y adentrarse en las olas que bañaban el País Vasco. Su madre, Paz Arteagabeitia, profesora de dibujo durante años, inculcó a sus hijos —Inés fundó su marca junto a su hermano Nikola— la sensibilidad para apreciar la belleza de los pequeños detalles.

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Con estas mimbres (y con tres años de formación en joyería a sus espaldas), en 2009 Inés se lanzó a crear su propia firma. Y empezó a engarzar en plata esas piedras que tantas veces había tocado, esas que recuerda dónde recogió, cuándo lo hizo y quién la acompañaba en ese preciso instante.

Ella podría haberse limitado a diseñar, pero quiso dejar su huella en cada parte del proceso y ser quien puliera y soldara cada joya. A eso se dedica en su estudio, un amplio y acogedor espacio situado a dos kilómetros de la playa de Sopelana, en Vizcaya, donde da rienda suelta a su imaginación —tiene una colección de anillos con forma de percebes moldeados en plata— y crea las piezas que después vende en su tienda online.

Conchas, caracolas y rocas recogidas en mares de todo el mundo decoran un taller que es testigo, día a día, de cómo Inés transforma con calma y paciencia —unos valores que comparte con iniciativas como la de crear/sin/prisa, de Cervezas Alhambra— sus queridas piedras en accesorios que bañan de elegancia cualquier estilismo.

Un profundo compromiso con la naturaleza

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Las playas que el Cantábrico besa, con sus mareas que suben y bajan y sus acantilados de ensueño, son el refugio de Inés, su inspiración, su fuente de materias primas, el lugar en el que nacen la gran mayoría de sus joyas. De ahí su compromiso firme con el cuidado de la naturaleza, algo que traslada también —y de forma transversal— a su marca.

Por eso, apuesta por un empaquetado ecológico, que respete el medio ambiente, y por donar el 1% de su facturación a organizaciones ecologistas a través del movimiento One Percent for the Planet.

Es así, nadando a contracorriente en un mundo que gira como si los recursos fuesen infinitos, como Inés Susaeta ha encontrado su hueco en el universo de la joyería. Porque la artesanía y la pasión por lo bien hecho son, tantas veces, las tablas perfectas para surfear en el mar actual.

Imágenes | Sitio oficial de la firma

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