Lita Cabellut, pinceladas que van un paso más allá de la superficie de la realidad

Por Marieta Zubeldia

Lita Cabellut cuadro Lita Cabellut nació dos veces. La primera fue en 1961, en Sariñena, un pueblecito de Huesca, en el corazón de Los Monegros, un lugar donde contrasta la frescura ribereña de sus huertos con el secano de las mesetas que lo rodean. A su padre no lo conoció y de su madre solo sabe que era gitana, ejercía la prostitución y con pocos meses le abandonó al cuidado de su abuela.

La segunda vez que Lita nació fue con 13 años, cuando una familia de Barcelona, con más medios que la propia, la adoptó, le enseñó los cuadros de Goya, Velázquez o Rembrandt y dejó que descubriese y aprovechase su talento innato para la pintura. Desde entonces, aquella niña humilde se ha convertido en una de las artistas españolas más cotizadas en todo el mundo y sus cuadros se han llegado a vender por hasta 115.000 €.

Desde su residencia y, también, estudio de La Haya, en Holanda —de nuevo el agua, la tierra oscura y fértil, embriagadora—, Lita Cabellut ha pintado los cuadros que en el último año ha expuesto en galerías e instituciones de Nueva York, Dubai, Beirut o Singapur.

Sus obras, intensas, de color vivo exudando en cada pincelada, se cotizan sólo por detrás de las de Juan Muñoz y Miquel Barceló, aunque su fama mundial todavía está empezando a aterrizar en España. Por lo pronto, tiene una retrospectiva programada en la Fundació Vila Casas de Barcelona y una exposición individual en el MAC de La Coruña para este año.

La historia de Lita

Desde que sus padres adoptivos le llevaran al Museo del Prado e, inmediatamente después, Lita pidiese que le apuntaran a clases de dibujo, ha llovido mucho. Llovió una primera exposición a los 16 años en el Ayuntamiento de Masnou, llovió un viaje a Amsterdam con 19 años para ingresar en la Gerrit Rietveld Academy y han llovido palabras de admiración, murmullos de agasajo y sonrisa, reconocimientos. El más importante para ella, el premio que recibió en 2011 de Cultura Gitana de Pintura y Artes Plásticas del Instituto de Cultura Gitana, que reconoce el trabajo realizado en beneficio de la cultura gitana en el mundo.

En el arte de Lita Cabellut vive la excelencia, el ensueño y el esplendor, pero también la denuncia y la crítica. Quizá lo segundo, lo que más. Los cuadros de Lita, lienzos de gran formato, son fieros, voraces y desafiantes, en sus trazos y en su manejo del color, la pintora se reencuentra con la niña disléxica que otrora mendigara y robara carteras para sobrevivir, con la niña que vio a su abuela fallecer con 10 años. La niña que se quedó sola en el mundo y los tres años siguientes los pasó internada en orfanatos.

En sus pinturas, tanto como en su vida, hay política, porque Lita, además de ser mujer, es gitana. Porque desde que nació, primero tuvo que luchar por sobrevivir y, después, por hacerse un nombre en un mundo competitivo y masculino como es el arte. Ella no sólo se ve a sí misma como una pintora, sino como una contadora de historias que puedan cambiar la vida de la gente, igual que cambió la suya. A través de sus cuadros, Lita pretende inspirar, especialmente en los últimos tiempos de crisis que vivimos, a todos aquellos a quienes la vida se lo ha puesto difícil. Por eso, muchas de sus figuras son borrachos o prostitutas, personas sin voz para las que Lita ejerce de altavoz.

El arte de Lita

Si algo habla por Lita Cabellut, más allá de la rotundidad de sus trazos, de la profundidad de sus ideas y de lo combativo de su estilo pictórico es su humildad. Afirma, sin tapujos ni hipocresía, que aún le queda mucho por conocer y que es ahora cuando está aprendiendo a controlar la técnica. Humildad que, sin duda, ha venido heredada de la experiencia, de lo complejo de sus circunstancias, de su lucha por sobrevivir, por vibrar, por dejar latir su talento más allá de su piel.

Con lo tremendamente prolífica que es, podría pensarse que ya tiene todo el camino hecho, que estamos ante una artista consagrada a la que las preocupaciones por pasar a la historia, por firmar en oro su nombre en los libros de arte ya no la atañen. Podría atreverse a dar lecciones de lo que vale y lo que no. Pero en esa mente maravillosa, en esa imaginación misteriosa y cargada de caminos aún no recorridos, solo hay sitio para una idea: seguir pintando y seguir creciendo, sin juicios ni prejuicios.

Imágenes: Facebook

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