Las siluetas de la pasión por la madera

6 NOVIEMBRE, 2018 | CULTURA | #ARTESANÍA EN MADERA, #TALLERES ARTESANALES

por M.Z.

Cuando uno queda seducido por un material, se aproxima a él con respeto, con admiración, con fascinación. Casi con devoción. Esa actitud es la que mantienen Martín Ruiz de la Prada y Miguel Cerezales cuando tratan la madera. Ambos componen Siete Formas, un dúo de artesanos que trabaja la materia vegetal con iguales dosis de esmero y pasión.

Aravaca es un barrio tranquilo de Madrid donde la vida transcurre ajena a la presteza acuciante de la metrópoli. Allí, la naturaleza crece y prospera con la libertad que da tener espacio y tiempo a total disposición. Y allí, en el apacible jardín de un chalé, Martín y Miguel concibieron la atmósfera idónea para crear objetos y mobiliario de líneas modernas y funcionales.

Siete Formas, moldeando un cuenco

en su estudio, la calma es la reina. Todo está quieto. La madera se seca reposando al calor de una luz tibia que entra por la ventana. Las piezas terminadas descansan en las estanterías aguardando su próximo destino. Aquí se respira algo más que aire. Se respira una filosofía: la de dar al tiempo el lugar que merece. Porque para hacer algo bello y permitirse disfrutarlo hay que detenerse. Bajar el ritmo. Prestar más atención. Parar más. Sentir más.

Así es como crean en Siete Formas: sintiendo. Uno entiende esto cuando dirige la vista hacia la colección de obras labradas por el dúo. Al mirarlas, nos sobreviene una energía inmediata. Nuestros sentidos despiertan a la vez, empujados por la curiosidad de querer conocer esas piezas de todas las maneras posibles. Es imperativo que las toquemos, las olamos, las sintamos en toda su plenitud.

Roble, haya, tilo, castaño, nogal… Estos jóvenes artesanos trabajan solo con especies europeas certificadas. Maderas nobles, generalmente de tonos claros, que obtienen a través de rescates o de proveedores propios en toda España. Recuperan troncos de talas en parques o jardines y así logran hacerse con madera que, en ocasiones, «es difícil de comprar porque hay muy poca o está protegida», explica Martín.

Árboles
Árboles





Una vez la tienen, el siguiente paso es dejar que se seque siguiendo sus propios ritmos. Cortan el tronco y aplican cola en la testa (la parte que queda a la vista al cortarlo) para conseguir que vaya secándose muy lentamente sin rajarse. En el estudio tienen madera de hace cuatro años. Y entre sus troncos, Martín se detiene a concebir su próxima creación sobre el papel.


Una vez la tienen, el siguiente paso es dejar que se seque siguiendo sus propios ritmos. Cortan el tronco y aplican cola en la testa (la parte que queda a la vista al cortarlo) para conseguir que vaya secándose muy lentamente sin rajarse. En el estudio tienen madera de hace cuatro años. Y entre sus troncos, Martín se detiene a concebir su próxima creación sobre el papel.

Dibujando su próximo trabajo con madera

Completada la primera fase, las manos del artesano se preparan para tallar cada centímetro de madera. Después de mirar, comparar y palpar con cuidado el estado de la materia, Martín escoge el tronco con el que va a trabajar y lo coloca en la sierra de cinta. Allí le dará forma cilíndrica para favorecer su equilibrio al girar en el torno después.

El artesano ve y siente cómo la pieza se transforma en sus manos. Se recrea en las texturas, que van cambiando progresivamente. La rugosidad de la corteza se convierte en ligera aspereza en cuestión de segundos y el tronco ya no es tronco sino leño.

El artesano ve y siente cómo la pieza se transforma en sus manos. Se recrea en las texturas, que van cambiando progresivamente. La rugosidad de la corteza se convierte en ligera aspereza en cuestión de segundos y el tronco ya no es tronco sino leño.

Para suavizar sus formas y definir una primera órbita sobre la que después avanzar, Martín utiliza una gubia de desbaste. Más tarde elegirá otras más finas y punzantes. Con ellas abordará la pieza al detalle y, de algún modo, determinará su personalidad. Cada una tiene su propio estilo. 

Es muy difícil hacer a mano una pieza igual que otra



Pero esa disparidad es la que hace que sus obras sean exclusivas y garantiza que dos personas no podrán tener el mismo objeto. Es la imperfección que a veces crea el producto perfecto.

En el preciso momento en que la gubia toca la madera, el cuerpo va moldeando sus formas. Sus volúmenes cambian con cada caricia de Martín y sus siluetas se van adaptando a las líneas que marca el artesano.

Texturas imperfectas, acabados perfectos

Una lluvia de virutas inunda la habitación y observamos su movimiento a contraluz. Ascienden con velocidad y después flotan pausadamente unos segundos en el aire, tal y como lo hacen las burbujas de la Alhambra Reserva Roja. Unas burbujas que solo se consiguen con una fermentación prolongada propia de las cervezas en que se inspira esta referencia, las cervezas alemanas Bock. Es a su antigua receta, aunque adaptada a los paladares de hoy, a quien le debe ese  aroma complejo que nos conquista con notas marcadas de cereal tostado e intensos tonos afrutados.



Martín descubre una nueva textura de la madera cuando pasa la lija con fruición sobre la superficie. Primero quita las imperfecciones más grandes y después utiliza una más pequeña para lograr el acabado que busca. Normalmente no pulen las piezas al máximo, sino que prefieren terminarlas en mate. «Nosotros las dejamos bien pulidas y dependiendo de qué sea la pieza se le aplica una cera de abeja o aceite de linaza o camelia, para protegerla», aclara Martín.





El último producto del catálogo son las lámparas de alabastro. Una nueva aventura para ellos, que no habían trabajado la electricidad hasta ahora. Es una labor más compleja, que requiere una precisión y un pulso absolutos. Por eso se apoyan en la figura de otros artesanos con más experiencia. De hecho, Martín aprendió las técnicas tradicionales para manejar el torno bajo la tutela de Toni Porto, escultor y eminencia en el mundo del torneado.


Martín descubre una nueva textura de la madera cuando pasa la lija con fruición sobre la superficie. Primero quita las imperfecciones más grandes y después utiliza una más pequeña para lograr el acabado que busca. Normalmente no pulen las piezas al máximo, sino que prefieren terminarlas en mate. «Nosotros las dejamos bien pulidas y dependiendo de qué sea la pieza se le aplica una cera de abeja o aceite de linaza o camelia, para protegerla», aclara Martín.

Una Alhambra Reserva

El último producto del catálogo son las lámparas de alabastro. Una nueva aventura para ellos, que no habían trabajado la electricidad hasta ahora. Es una labor más compleja, que requiere una precisión y un pulso absolutos. Por eso se apoyan en la figura de otros artesanos con más experiencia. De hecho, Martín aprendió las técnicas tradicionales para manejar el torno bajo la tutela de Toni Porto, escultor y eminencia en el mundo del torneado.

Sierra

Trabajar con alabastro es todo un reto por las propiedades de este material, pero también es toda una experiencia sensorial. El roce frío y sedoso de la piedra pone alerta al tacto, el color blanco sorprende a la vista, el sonido al trabajarlo despierta a los oídos. Y el tiempo, ese sexto sentido que moldea a los demás y que da forma a las elaboraciones hechas con calma y pausa, también entra en escena en esta nueva apuesta del taller.

Sin embargo, la técnica no es algo a lo que él se ciña de manera estricta. Sus manos se entienden con las herramientas y la madera con un lenguaje propio y ello hace que cada una forje su propio carácter de manera diferente. Las piezas llevan su impronta antes incluso de nacer. Y eso las convierte en objetos sensibles, únicos, para toda la vida.

Existen como pequeñas obras del día a día que guardan distintos secretos en su interior. Son secretos como los que encierran las Cervezas Alhambra: una materia seleccionada con mimo, horas de manipulación delicada y un diseño cuidado. Detalles que nos invitan a vivirlas para descubrirlas. Porque hay cervezas que no se pueden explicar. Hay que sentirlas. Solo así se irán resolviendo sus misterios: dejando que pase el tiempo y conviviendo con ellos.

Observando Alhambra Reserva

Y eso, precisamente, es lo que más disfruta Martín de su oficio. Conocer la materia que trabaja a base de probarla. «Tenemos registros, pero la experiencia es mejor», asegura. Recorrer las líneas sinuosas de sus vetas con los dedos o respirar el frescor de sus olores naturales: los gestos de alguien que trabaja con las manos no solo por lo bello y extraordinario del resultado, sino por el placer de hacerlo con los cinco sentidos.

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Trazo de madera