La Alcaicería: un rincón mágico de la artesanía granadina

Por Eva Gracia

En Granada, entre la Catedral, la Capilla Real y la plaza Bib-Rambla, asoma bulliciosa, angosta y rebosante de vida La Alcaicería. Esta zona de la ciudad es, desde hace más de seis siglos, el corazón comercial de la ciudad. Es el zoco que en el siglo XIV comenzó a vender seda y, con este producto como principal atractivo, llegó a sumar más de 200 puestos en la Granada medieval. Hoy es un festival de tradición y artesanía, una cápsula del tiempo para viajar centurias atrás y un lugar en el que respirar a cada paso el alma multicultural de la capital granadina.

alcaiceria interior Con nueve puertas de acceso —que fueron 10 a partir del siglo XVI—, las laberínticas calles de La Alcaicería fueron el lugar de compra y venta de seda, lino, paños, ropajes suntuosos, orfebrería, platería… Y ni siquiera el fuego pudo acabar con el arraigo de este magnífico y gigantesco bazar en la sociedad granadina. En 1843, en pleno verano, un incendio en una tienda de cerillas arrasó con todo. La Alcaicería hubo de reconstruirse y, respetando sus orígenes y amoldándose a la vez a la arquitectura de la época, resurgió de sus cenizas.

Este espacio, uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad, es actualmente un compendio de puestos de venta de recuerdos y, sobre todo, de productos artesanos. Entre los bolsos y mochilas de cuero que, con su olor, captan la atención de miles de pituitarias cada día, y los coloridos trajes que pueblan los puestos callejeros, se abren paso, firmemente, los comercios de piezas genuinamente artesanas.

La loza de Fajalauza, la incrustación de madera o taracea y las farolas de cristal coloreado son el tridente de productos artesanos que confieren a este antiguo zoco el mayor toque de tradición y manufactura.

alcaiceria detalle La cerámica de Fajalauza, con una historia tan bonita como son las vajillas hechas con esta técnica, toma su nombre de una de las puertas de acceso a la muralla del Albaicín. Esta loza, puramente granadina —de hecho, en los motivos de decoración de las piezas nunca falta una granada— mantiene sus características intactas desde el siglo XVI.

Desde que los artesanos que vivían en el Albaicín comenzaron a vidriar las piezas de barro y a decorarlas con tonos verdes y grises, la técnica se ha mantenido invariable, amén de una tradición asentada y adorada por el pueblo andaluz.

La taracea, un modo de revestir desde muebles hasta pavimentos, encuentra en Granada ­–y, más concretamente, en La Alcaicería- una tabla de salvación. Esta técnica, que fue muy empleada por griegos, romanos y otomanos, ha ido perdiendo relevancia paulatinamente, y es en la ciudad andaluza donde resiste al paso de los años, las tendencias y los modos de vida. Por tanto, llevarse a casa un cofre, un bote o una caja de taracea es mucho más que comprar un souvenir: es hacerse con una pieza única y con un pedazo de historia y tradición.

Los puestos con las farolas de cristal coloreado convierten cada rincón en un espacio de fantasía, un escenario digno de los cuentos de Las mil y una noches. Las lámparas caen desde el techo como una estalactita de luz hecha a mano que ilumina los sueños de quienes pasean por La Alcaicería. Porque adentrarse por las calles de este mercado, que estimula todos los sentidos y huele a té y especias, es como soñar despierto.

Fotos | Patronato Oficial de Turismo de Granada y Turismo Ciudad de Granada, Unsplash – Angelina Livin, McKay Savage, Pixabay

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