La abaniquería, un oficio con cinco siglos de historia tras las varillas

Por Lorena Papí Rodes

El abanico es uno de esos objetos que ha sobrevivido el paso del tiempo; es parte del legado que otras civilizaciones depositaron en nuestras manos. Sin embargo, tanto su significado como sus materiales y su proceso de creación han experimentado un profundo cambio desde que proporcionaran, hace siglos, ese primer soplo de aire fresco.

Primero aliviaron el intenso calor a los faraones egipcios, con sus  larguísimos mangos y sus plumas de pavo real; más tarde, a la mismísima Elena de Troya, como atestiguan las escenas pintadas sobre cerámica que se han recuperado de la época, y a los grandes emperadores romanos, como César Augusto. A lo largo de los siglos ha pasado de ser un símbolo de poder a convertirse en un objeto de uso cotidiano, parte de nuestro costumbrismo, especialmente en los calurosos veranos en el levante o en el sur. Pero también, puro arte sobre varillas.

Artesanía y tradición

Abanico cerradoEste accesorio, que ha pasado de las manos más elegantes de la aristocracia decimonónica a ser ondulado con picardía y soltura por bailarinas y enamoradas del folklore, ha ido mutando en forma pero no en esencia. Las hojas y las plumas dieron paso a la madera —de peral, de abedul, de palosanto— y a la tela; de algodón o de seda natural cruda; e incluso de encaje de bolillos. Aunque no todos los abanicos son iguales: los hay que son copias de ínfima calidad y que no respetan el proceso tradicional de creación y los hay que vienen identificados como auténticas piezas artesanales.

Son los que se hacen en Valencia, para todo el mundo. Aproximadamente una treintena de fabricantes de esta provincia surten a decenas de países de abanicos, aunque han de enfrentarse a la competencia de la manufactura en serie y con materiales de menor calidad.

Poco tienen que ver esos productos con los auténticos abanicos valencianos que se pueden admirar en el escaparate de la Casa Carbonell, fundada en 1860, “la más antigua fábrica de abanicos artesanales” y que abre sus puertas a la ciudad del Turia.

Allí, in situ, Paula Carbonell, la quinta generación de la familia, pinta a mano la guta sobre la tela. Ella ahora recoge el testigo con cierta ilusión por mantener vivo un oficio tan antiguo, pero también con cierta tristeza, porque, afirma, ya no se aprecia la artesanía como se merece y no se tiene en cuenta el valor artístico de un objeto que requiere tanta especialización.

En el taller su madre, Asun, que aprendió el oficio después de casarse con un abaniquero (Guillermo Carbonell, la cuarta generación), apresta la tela para endurecerla y tras plancharla, la corta al tamaño y la pasa al un molde para obtener el pliegue, que se tela sobre las varillas.

Varillaje de abanico de madera

Son pasos que forman parte del largo proceso de creación de este objeto que, pese a su aparente sencillez, esconde una gran complejidad. Un proceso que empieza cuando se corta la madera en las piezas adecuadas hasta que unas manos con mucho pulso y mucha paciencia, como las de Asun o Paula, montan las piezas o dan vida al abanico, a base de pincel y color o añaden la puntilla final, el denominado ribete.

En la elaboración artesanal de un abanico pueden participar hasta veinte trabajadores y artesanos distintos; cada uno, con una función única. Expertos en cortar el tronco, en recortar la pieza con guillotina para laminar las 34 varillas, en fresar esas varillas para darle su forma definitiva; en tallar, coser o pintar. Artistas que aportan sus conocimientos sobre viejos oficios para que el abanico se siga elaborando como hace cinco siglos, cuando llegó a la ciudad levantina.

Cómo se hacen los abanicos

Aunque los modos han cambiado, dicen. Todo ha sufrido una transformación para poder abarcar, con tan poca gente, tanta producción. Conservan ese trabajo a mano y por encargo, elaborando sus piezas al modo tradicional. Así, desde su tienda, la familia Carbonell es el sol en torno al cual giran muchos otros cuerpos astrales, otros artesanos especializados: empezando por las serrerías, que le proporcionan la madera cortada ya en varillas y que distribuyen al calador, que las perfora, pasando el testigo al experto en burilado, el trabajo más delicado y exquisito de todos los que implica la elaboración de un abanico.

Detalle de abanico pintado a mano

El burilador vacía la madera a base de gubia y crea sus filigranas con la ayuda de un buril, con precisión y experiencia; con buen pulso y el grado de inclinación exactos y sin prisas. Es lo que se necesita para conseguir un resultado tan fino sobre algo tan delicado como el varillaje y que otros procesos modernos como el láser no consiguen imitar tan bien, puesto que perfora de arriba abajo y no tiene el juego de inclinación que tiene una mano experta empuñando el buril con años de dedicación guiando el filo.

La tela es un lienzo, un expositor para pintores, como el desaparecido artista valenciano Martínez Esteve, cuyo legado pictórico se inmortaliza sobre el país —así se llama a la tela— de algunos de los más preciados abanicos que pueden verse expuestos en Carbonell. Una de las últimas puntilleras que queda en la ciudad es la encargada de rematar la tela, cosiendo las puntillas.

Cinco siglos de historia en Valencia (más de uno sólo en Carbonell) hacen del abanico un objeto unido a la idiosincrasia de su gente: es la estampa típica del verano, acompañan a falleras y alicantinas como un complemento más de su indumentaria, y que gracias a la unión entre tradición e innovación en diseño y formato que casas como la de los Carbonell, sigue más vivo que nunca.

Fotos | iStock/ChepkoiStock/Manakin, Facebook de Abanicos Carbonell

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