El Ikebana en España: el arte de la creación floral japonesa

Por Marieta Zubeldia

Creación, misterio, tiempo y sensaciones. Estas son las palabras que mejor definen lo que es Ikebana, el arte de la creación floral japonesa. El Ikebana es un arte generoso, un arte para dar, para darse a uno mismo, y recibir. Ikebana son las sílabas que invitan a descubrir los matices de ese lado de la vida en el que el reloj se para, desaparece, pierde sus prioridades y exigencias, para recibir una nueva energía, para conocer a un ritmo diferente.

Para entrar en el mundo del Ikebana es necesario tener una actitud cargada de curiosidad y deseosa de buscar un nuevo significado, una belleza personal, diferente; se necesita querer descubrir, tener los ojos abiertos para no perderse nada y estar atento para cuando el detalle nos sorprenda. Permanecer calmo y ceder el control a los sentidos, de eso es de lo que se trata. Algo tan sencillo, en apariencia, como sentarse frente a unas flores primorosamente cortadas y disponerlas de determinadas maneras, abre la puerta a un juego poético que ha atrapado a miles de personas y sensibilidades a lo largo de los siglos.

Conocer la planta y llegar al fondo de uno mismo

La belleza del Ikebana no reside solo en la armonía de su composición, sino también en el proceso de creación. En silencio y desde el respeto, hay que dejarse llevar por el tacto de las hojas, las ramas, los troncos, los pétalos, escuchar a la planta, sentir su fuerza vital, respirar sus aromas y esencias, y ver hasta dónde nos llevan sus colores. Cada ángulo, cada altura, cada curva sinuosa de sus formas y hasta cada pequeña imprecisión nos invita a jugar con su expresión.

Este diálogo interior entre la planta y la persona, la conexión absoluta de los sentidos con la belleza de cada flor es precisamente lo que busca una de las escuelas de Ikebana más importantes del Japón: la Escuela Enshu. Con más de cuatro siglos de historia, se trata de un método que persigue el desarrollo creativo de la persona a través de la meditación.

Esta escuela, presente también en España desde hace más de 40 años, enseña a sus discípulos a parar para permitir que la naturaleza les hable, interactúe con ellos y descubran maneras de hacerla aún más perfecta a través de la selección, la colocación y la observación de los arreglos florales. Una forma de expresión bidireccional entre la naturaleza y el ser humano cargada de introspección y búsqueda.

El Ikebana está conectado con el Zen, y el aprendizaje que podemos adquirir al llevarlo a la práctica no es unidimensional, sino prismático, siempre en pos de una calma espiritual e interior difícil de alcanzar de otro modo cuando la agenda nos demanda, nos exige, nos exprime a diario. Si conseguimos una concentración total durante el ejercicio, lograremos aprender a no juzgar, a abandonarnos a lo irracional, a buscar en nuestro interior, a escuchar lo que no se dice con palabras, a olvidar, a desconectar.

Un origen místico

El Ikebana tiene su origen en el Kuge, un rito religioso del budismo que consistía en la ofrenda de flores a Buda por parte de los monjes. Los japoneses adoptaron esta tradición cuando, en el siglo VI, la religión se introdujo en la isla nipona. Inicialmente, los mismos samuráis practicaban esta disciplina y jugaban con las flores de loto o de cerezo; las colocaban mirando hacia arriba y siguiendo una división de tres, en alusión a la trinidad Cielo, Hombre y Tierra: el conjunto que representa la trayectoria vital de las personas.

Con el paso del tiempo, la tradición y el diseño de los arreglos florales evoluciona, va mutando conforme lo hacen los gustos y las inquietudes de cada época. En el siglo XV, aparecen las primeras escuelas de Ikebana y, en el XVIII la clase noble de Japón hace suya esta disciplina y la desliga parcialmente de la religión, aunque nunca dejará de ser un camino de conexión con lo sagrado.

Un siglo más tarde y ya en Occidente, en los años del Romanticismo, de la vuelta a la conexión con la naturaleza, la pasión por su expresión más libre e incluso salvaje, los impresionistas comienzan a interesarse por la cultura japonesa e incluyen en sus pinturas referencias a parte de sus ritos, como el Ikebana. Es entonces cuando entra en Europa y Occidente se hace eco de este arte del vaciamiento interior de la persona. Hoy continúa sumando seguidores y seduciendo a quienes se interesan por ir un paso más allá, por pararse y buscar las respuestas de lo que hay ahí fuera, y de lo que llevamos dentro.

Imágenes: Joe Le Merou, Joe Jungmann, Wikimedia Commons

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