Esther Ferrer, un alma libre en contradicción

Por Marieta Zubeldia

Artista prestante entre sus colegas, la donostiarra Esther Ferrer destaca por ser una de las pioneras y principales representantes del arte de acción o performance en España. Con ocasión de la exposición sobre parte de su obra que inaugura el Museo Reina Sofía, nos introducimos en el complejo y heterogéneo mundo de una de las creadoras más importantes del siglo XX en el arte de vanguardia nacional.

En «Todas las variaciones son válidas, incluida esta», la muestra de la que hablamos, Ferrer ahonda en los conceptos de la alteridad y la repetición y en cómo estos aspectos pueden alimentar e impulsar una obra. La exhibición recupera piezas que trazan un camino no cronológico por toda la trayectoria multidisciplinar de la creadora: desde trabajos plásticos como fotografías intervenidas o cuadros a instalaciones y, por supuesto, performances.

Manillas de Esther Ferrer La carrera de Ferrer se erigió contumaz desde sus mismos inicios. Para ella, el límite es seguridad y, al mismo tiempo, existe precisamente para ser transgredido. Con esta premisa, en 1967, entró en el grupo de vanguardia ZAJ que, bajo el oxígeno insuflado por la omnipotente figura de John Cage, irrumpió en el mundo del arte de la época franquista con sus novedosas obras de happenings, mail-art, escritura experimental y toda disciplina que se propusieran alterar. Es entonces cuando la artista entra en contacto con el arte de acción y hace de él el pendón más visible de su producción.

Con el tiempo, toda esta disrupción se le ha visto recompensada con los numerosos reconocimientos que ha recibido en los últimos años, entre ellos el Premio Velázquez de Artes Plásticas (el más importante galardón nacional de arte) o el Premio Nacional de Artes Plásticas, que ganó en 2008. Además, representó a España en la Bienal de Venecia de 1999.

Estos reconocimientos atienden al trabajo de una mujer que se lo ha cuestionado todo y ha intentado lo mismo con su público, a veces desde lo conceptual y otras desde el diálogo más directo: interpelarle, generarle un mínima duda o una pequeña pregunta a partir de la cual pueda brotar un debate. Y es seguro que será una discusión de múltiples aristas, porque ella se interesa por todo: el espacio, la presencia, el tiempo, la armonía de los números primos o el feminismo. 

Sin embargo, no todo es intrincado en ella y su obra. Ferrer, para quien la noción de conceptual -en la que se le suele inscribir- le es ajena, basa la causa de su arte en algo tan sólido y primigenio como la «necesidad». «Yo parto de la idea de que para mí el arte es algo que yo necesito hacer», aseguraba hace poco en una tribuna para El Español. En este sentido, son diversas las ocasiones en las que ha trabajado también con elementos de lo cotidiano, como pudimos ver en una de sus últimas exposiciones «Entre líneas y cosas».

Para abordar la obra de Esther Ferrer es preciso ser valiente. Hay que saber traspasar la línea, ahondar en lo desconocido y abrazar su complejidad. No tenerle miedo a aquello que nos es ignoto podría bastar y compartir su fascinación por el infinito del universo sería un punto de partida más que suficiente. La lectura del trabajo de Ferrer no puede ser rápida. Es necesario detenerse y dedicarle un tiempo porque, como decía Gloria Fuertes, «el que sabe dónde va/va despacio/para paladear/el ir llegando».

Imágenes | Esther Ferrer (1), (2), (3), (4)

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