Cinco fotógrafos a los que seguir en Instagram para aprender a mirar más

Por Nerea Campos Godoy

Escuchar las ciudades, pasearlas y recorrerlas con una cámara en la mano para dar cuenta de ellas y que otros vean por la misma ventana por la que se asoman nuestros ojos. O al revés, descorrer las cortinas porque una persona, a través de su lente y su sensibilidad para observar, nos muestra un paisaje y un mundo nuevos.

Vivian Maier, la niñera fotógrafa cuyas imágenes fueron encontradas décadas después en una subasta por casualidad, no podía entender sus días por Nueva York, entre niños y transeúntes, obras y metros, sin una cámara en la mano. Se fotografiaba a sí misma, a los edificios, a la gente que pasaba y, sobre todo, a una vida que sucedía ante sus ojos.

Hoy, en las plataformas nacidas al calor de la revolución digital, la fotografía nos inspira más que nunca. Nos anima a detenernos en cada bello detalle, a contemplar el saber hacer de quienes disparan guiados por el sentido de la vista. Y nos invita, también, a formar parte del proceso, a atrevernos a disparar, a aprender a poner en práctica la filosofía que subyace en cada retrato: Parar más, Sentir más, la apuesta de Cervezas Alhambra para vivir con los cinco sentidos. Porque la fotografía, sin calma y paciencia, no se entiende.

Tiempo de cerezas

El sugerente nombre tras el que muestra su arte Erea Azurmendi es toda una declaración de intenciones. Sus retratos se adentran en el océano que cada persona a la que se acerca refleja. La geometría y los colores se alían en sus imágenes para resaltar un marcado rasgo de la personalidad de sus modelos. Si las líneas se vuelven hacia un horizonte que nos es extranjero, un potente amarillo o un cálido rojo se cruza en el escenario como punto de llamada a los ojos del otro.

 

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Sus fotografías transmiten calma, paz, sensibilidad, luz. Un atardecer del otoño se cuela en una habitación y las sombras anaranjadas se proyectan en la pared. La tarde brilla y se torna enigmática, las siluetas juegan con su trayectoria y la encuadran. Una canción melancólica deja escapar su salvaje lamento por la misma ventana por la que se cuela la hora dorada. Y, así, viendo sus disparos, soñamos con zambullirnos en el bello y calmado mundo de Erea.

Bárbara Lanzat

Entre gatos, canciones, mares y paisajes, Bárbara Lanzat fotografía el mundo que se va encontrando conforme va dando sus pasos. Su visita a Argentina, las imágenes de flores naciendo en los primeros días de la primavera… La inspiración asoma en cada una de sus composiciones.

 

 
 
 
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Combina la fotografía analógica con la digital y los curiosos resultados inesperados de la primera resultan de lo más sugestivos. Acercarse a sus imágenes es hacer un viaje por la vida y las cosas con las que se tropieza alguien que sabe exactamente dónde poner el ojo y disparar. Alguien que posa su mirada en los detalles más singulares y los hace únicos. Alguien que ha aprendido a mirar más. A sentir a través de la fotografía. Y a transmitir esas sensaciones.

Los viajes también pueden hacerse a través de las familias. Un color azul cielo claro que huele a bebé recién bañado en el mar. El gato que desobedece las normas y se hace nido entre las sábanas deshechas de la cama un sábado por la mañana. Esos momentos tan cotidianos que, precisamente por eso, se sienten tan importantes. Lo que ocurre a diario, aquello que podríamos perder mañana, es lo realmente interesante.

Álvaro Sanz

Esa cotidianidad tan familiar la entiende muy bien Álvaro Sanz, un fotógrafo que sigue el crecimiento de sus hijos. Ese centímetro que crecen al mes, los cambios radicales que no se aprecian en el mismo día, pero que, al recuperar las imágenes y las fotografías, se hacen tan evidentes.

 

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Las excursiones de verano se entienden como la oportunidad de capturar momentos únicos junto a ellos, pero también ese segundo de aventura que exige concentración y parar a mirar. Los verdes del campo se dibujan en la fotografía de Álvaro Sanz para llamar la atención de los ojos de unos espectadores que desean la vuelta de un verano lleno de luz. Los azules juegan, se cimbrean y aprovechan ese espacio que un agosto se niega a dejar caer.

Mónica Figueras

Mónica Figueras hace de la luz y de la geometría sus herramientas de trabajo. Unas cortinas que dejan pasar los rayos de una mañana, rayos que se pegan al cuerpo y lo dividen en franjas. La luminosidad del blanco se entromete en cada imagen y solo es capaz de dejarle un pequeño espacio a colores pasteles que lo complementan.

 

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Un edificio que podría pasar desapercibido durante un paseo se erige monumento ante la mirada de Mónica Figueras, quien lo reimagina. Rosas, amarillos y azules se abren paso tímidos ante un poderoso blanco. A veces es el mar el que casi se deja tocar desde las fotografías de Figueras. Burbujas, siluetas que lo atraviesan y suaves ondas que prácticamente se mueven ante nuestros ojos.

Navegar por su galería es viajar a un verano eterno. Mirar sus imágenes nos hace soñar con un estío infinito. Y esa sensación es única, inexplicable. Igual que hay cervezas que no se pueden explicar; hay que sentirlas.

Martina Matencio

 

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Martina Matencio —Lalo Venenoso es su nombre artístico— da vida a una cuenta que se centra, sobre todo, en el retrato. Mujeres, clavículas y cuellos. Labios poderosos y velos. El velo que es la luz y es la sombra, según la situación. Una luz que se atreve a jugar con cada hora. Brillar y perderse, para luego volver a salir a flote en otra imagen. Un choque de rodillas y la piel que se roza con otra piel.

El mar, siempre el mar apareciendo en la mente de los fotógrafos. Fuente de inspiración y distintas formas de tocarlo con la mirada. Martina se acerca a él en la hora violeta, cuando más misterioso se encuentra, al igual que las mujeres a las que fotografía. En la hora en la que hay que observarlo con delicadeza para comprenderlo. Cuando hay que detenerse para sentirlo.

Imágenes | Unsplash – Dayne Topkin, Instagram

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