Cabalga, cabalga, cabalga: una instalación que juega con la diosa de la noche en Egipto

Por Nerea Campos Godoy

Imaginar un circo deshabitado. Pasear entre lo que queda de acrobacias, animales exóticos, trucos esotéricos, actuaciones de payasos, valientes domadores, trapecistas y la cuerda floja. Un parque de atracciones yermo de su primigenia intención lúdica. Encontrar a la diosa egipcia Nut presidiendo este desolador escenario por el que también serpentean otro tipo de personajes históricos que conforman nuestro imaginario colectivo, como Curro, la mascota de la Expo del 92 de Sevilla.

La conjugación entre la temática circense y la mitología de la época faraónica en Egipto procede de la artista Teresa Solar Abboud, quien se atreve a explorar el lenguaje de la escultura más insólita en la que enfrenta formas y texturas para, de esta manera, darles su propio relato. Objetos que cabalgan, que emprenden su propia evolución.

La escultora, nacida en Madrid en 1985, cuenta con una sólida formación y experiencia en Bellas Artes y Arte Contemporáneo y ha participado en numerosas exposiciones, tanto a nivel individual como a nivel colectivo, en prestigiosas galerías de arte de diversos rincones del mundo. Su trabajo siempre ha mantenido una reciprocidad con las formas, con la plasticidad de los objetos, cuyos cambios responden a los que en la artista se van manifestando.

Finalista en 2017 del I Premio Cervezas Alhambra de Arte Emergente, Teresa Solar Abboud tiene ahora una exposición vigente –hasta el 29 de julio de 2018– en el espacio Abierto x Obras de Matadero Madrid: Cabalga, Cabalga, Cabalga. En ella se hace concreta una cabalgata de objetos cuya unidad y relación como conjunto aporta el significado que busca Solar al tomar como base el museo de Paleontología y Anatomía Comparada de París, donde se encuentran los esqueletos de una amplia variedad de animales vertebrados.

¿Museo o parque de atracciones?

La concepción de museo de Solar está muy ligada a la que compartimos de parque de atracciones abandonado, a la de un circo demodé al que los niños temen más que esperan. Pero, en su imaginería, en vez de ser ocupado por otros seres vivos que han pisado la Tierra, se extienden por el espacio figuras que pocas veces antes se habían puesto unas junto a otras: la diosa Nut como núcleo centrifugador de todas las criaturas a las que cobija, entre las que se encuentran el arco iris, una orca que se esfuerza por entretener a los niños que visitan los parques acuáticos o un luminoso cartel de neón que proyecta unas palmeras verdes.

El lenguaje que habla Solar Abboud se encuentra en continua transformación, al igual que las esculturas que permanecen en la sala. ¿Se mueven? ¿Su posición es la misma que la de hace 5 minutos? ¿Están evolucionando? La ordenación del museo se resquebraja con el horizonte que dibujan las esculturas de Solar. Un paisaje accidentado, sí, pero también se percibe una unión entre cada pieza, una mitología que se esconde a los ojos pero que viaja como conjunto.

La diosa Nut, como creadora del universo en la mitología egipcia, atraviesa el escenario y, como madre de los dioses, su cuerpo se convierte en el arco bajo el que da refugio a todas las criaturas que han emergido a su alrededor. El eje de la exposición es “esta sucesión de formas similares pero siempre cambiantes”, en las que “se traza una historia de la evolución y progresión animal”, en palabras de la propia autora.

Las proporciones de cada pieza de la obra convierten al observador en un intruso que camina cohibido entre ellas. Los colores atrapan, brillan en la oscuridad de lo que anteriormente fue una sala frigorífica del Matadero de  Madrid en Legazpi.

Quizá la obra de Solar Abboud no sea ni lo uno ni lo otro. Ni museo ni parque de atracciones. Sino, más bien, una cabalgata de objetos que comparten un mismo relato y un espacio en el que Solar nos interpela, a veces desde el circo, a veces desde la mitología y a veces desde las figuras más inverosímiles. Una historia de nuestro imaginario colectivo, desgranado pieza a pieza para poner a prueba la memoria, pero también para comprobar su propia transformación.

Imágenes | Facebook de Matadero Madrid, Enrique Zafra

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