El arte de dar forma al hierro: la forja contemporánea

Por Águeda A. Llorca

Deposita con cuidado la pieza, todavía enrojecida, sobre el yunque. El hierro, incandescente, rudo, casi salvaje, parece palpitar al compás del calor. Y martillea delicadamente cada esquina, dándole forma. Y el percutir de la herramienta sobre el metal acapara cada rincón de la estancia, llenándola de nostalgia.

Fuego de forja carbón Aunque parezca algo más propio del medievo europeo, este cúmulo de sensaciones que algunos oficios como la forja pueden causarnos todavía no ha desaparecido por completo. Una de las disciplinas más antiguas del hombre que requiere de tiempo, esmero y dedicación; y en el que el respeto por las técnicas de antaño resulta clave. Porque dar forma al hierro constituye un arte que poco tiene que ver con los procedimientos más industrializados.

Tal es así, que incluso hoy encontramos talleres especializados que han sabido conservar su esencia y adaptarse a los nuevos tiempos; lugares cargados de encanto que dan lugar a creaciones tremendamente laboriosas y con un carácter único. Iniciamos un viaje, casi a través del tiempo, por el proceso y técnicas que lo hacen posible, y por los talleres que conservan su esencia y tradición como si todavía estuviésemos bajo el reinado de Pedro I de Aragón.

La elaboración, todo un arte

Todo comienza con el calentamiento del metal; un paso con el que los artesanos consiguen ablandar el material y que les brinda la posibilidad de empezar a trabajarlo, retirando aquellos elementos que puedan dañar la composición final y dotándolo de esa textura clave para moldearlo a su antojo. Para alcanzar las elevadísimas temperaturas que requieren suelen utilizar calentadores mecánicos que suavizan la consistencia del hierro. Una reinterpretación del antiguo fuelle, un método casi extinto pero que algunos románticos todavía siguen empleando.

Una vez que el hierro alcanza la temperatura suficiente —que estaría rozando el punto de fusión—, el siguiente paso al que se somete es al martilleado. Una palabra que evoca aquellas típicas imágenes del herrero sobre el yunque y una fase que debe hacerse con cuidado, pero también con diligencia y seguridad; y reiteradamente.

Se trata de uno de los pasos más importantes del proceso de creación, en el que entran en juego técnicas como el aplanado y el estirado, que tratan de modificar el espesor y diámetro de la pieza. El alisado será también clave, pues acabará con esas pequeñas aristas, hondonadas y depresiones del metal, dando lugar a una superficie lisa y perfecta, lista para formar parte de cualquier composición nacida del talento y el saber hacer del artesano.

Será a partir de entonces cuando tendrá lugar la verdadera transformación del hierro, el momento en el que se le dará forma, curvándolo o doblándolo con fiereza y la ayuda de herramientas especiales, enroscándolo para crear bucles y rizos imposibles. Aquí también se podrá cortar, rajar, e incluso perforar para dar lugar a bellos ojales y orificios, unos elementos que pueden llegar a dar el toque final a la composición.

El proceso acabará con la unión de las diferentes partes de la pieza para lograr su forma definitiva. Algo que puede llevarse a cabo utilizando remaches y accesorios tremendamente delicados, pero también abrazaderas, las perfectas aliadas de un estilo rústico. La soldadura a calda o al fuego es otro de los sistemas tradicionales que requiere de más precisión, pues consiste en calentar las dos piezas hasta el punto de fusión del material para crear la unión: una alianza discreta y delicada como ninguna.

Los talleres de forja

Más allá del proceso, cabe destacar a algunos de los talleres más representativos que lo aplican con particular esmero. Es el caso del de Jürgen Hohle, especialista en forja contemporanea y en el que nacen piezas de bronce, hierro, acero y otros metales con carácter propio.

Escultura de metal Unas obras que son trabajadas hasta el más mínimo detalle con “el máximo respecto para transformarse en elementos exclusivos”, tanto de decoración como en el ámbito de la arquitectura y el interiorismo. Su web ofrece múltiples muestras de su buen hacer; desde sillas con un estilo retro que podrían formar parte del set de ‘Mad Men’, hasta barandillas cargadas de flores, lámparas de diseño y esculturas y muebles tremendamente modernistas. Pero no es único en su especie.

Talleres La Fragua es otro de los que apuestan por esta tradición, sirviéndose de ella para dar lugar a herrajes muy especiales, a balcones y rejas trufadas de filigranas, barrotes de estilo mudéjar, e incluso a carteles publicitarios que recuerdan a los de aquellos negocios de antaño y que harán las delicias de los más nostálgicos. La labor de los hermanos San Nicolás, maestros de la forja desde 1946, tampoco deja indiferente y sus cabeceros y candelabros se postulan como auténticas piezas de coleccionista.

Imágenes | Sheila Sund, Andrei Niemimäki, Kevin Wood y Jürger Hohle

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