La mujer ponía su puesto de libros viejos cada día en la Plaza de la Universidad, siempre al anochecer. Lapso se preguntaba el por qué de esa hora tan extraña para vender libros. “Quizás sea para crear ambiente”, se decía, “al fin y al cabo, se dedica a una temática oscura”; porque el puesto ambulante de la mujer estaba especializado en libros de ocultismo, magia y criptozoología.

A veces, se permitía imaginar que de algún modo ella lo buscaba, que elegía la noche para favorecer un encuentro que de otra manera habría sido imposible. Tenía el pelo castaño y corto, oculto casi siempre bajo una gorra de lana roja, y los ojos cansados, profundos, de quien tiene el alma robada por los libros. Aparecía pedaleando por la calle Escuelas, paraba bajo la estatua de Carlos V para desplegar los expositores y se acomodaba tras un volumen de Athanasius Kircher o Gurdjieff, a la vez que se encendían las farolas a su alrededor.

A Lapso le gustaba acercarse a la plaza de cuando en cuando; miraba de lejos el carricoche rebosante de encuadernaciones en piel y a la mujer abstraída en su lectura, con un enigma enterrado en su sonrisa. En una única ocasión había tenido el ánimo suficiente para acercarse: tomó de entre los grimorios y diccionarios de símbolos un ejemplar de El pez pulmonado, el dodo y el unicornio de Willy Ley y, parapetado entre sus páginas, se dedicó a observarla con curiosidad. Después de pasar quince minutos obnubilado, sin haber superado el primer párrafo de su fingida lectura, Lapso escuchó que la mujer carraspeaba. “¿Te lo llevas o lo terminas aquí?”, preguntó, entornando los párpados de un modo terrorífico. “Me lo llevo, me lo llevo. Perdona”, musitó él mientras auscultaba su gabardina en busca de la cartera. Compró el libro, a pesar de que ya lo tenía, y huyó apresuradamente.

Una noche, varios meses después, Lapso Martínez volvía a pasar por la Plaza de la Universidad. Leía un resto de periódico que había rescatado de las fauces de un gato callejero. Su viejo amigo, el bibliófilo Pedro Valdés, seguía desaparecido después de semanas de búsqueda infructuosa. Se fijó en el jirón de foto que acompañaba al artículo. Era Valdés, regordete y pulcro, posando delante de los estantes repletos de su biblioteca. “¿En qué lío se habrá metido?”, cavilaba Lapso. “Siempre fue tan formal… casi aburrido”. Entonces vio de lejos el puesto de libros viejos. Le pareció que la mujer levantaba los ojos de su sempiterno muro de papel y sonreía al verlo. Su asombro aumentó al ver que además lo saludaba con la mano, indicándole que se acercase. Fue hacia ella, lanzando miradas inseguras a un lado y a otro. La plaza estaba animada, los bares rebosaban calor y estudiantes recién salidos de clase. Cuando llegó al puesto de libros, ella se acercó sin dejar de sonreír.

—¿No serás tú, por casualidad, ese investigador de leyendas? ¿Lapso Martínez?

Parpadeó, incrédulo.

—Sí… Bueno, depende de… ¿Quién te lo ha dicho?

—Un amigo común me habló de ti. Me dijo que solías pasar por aquí, siempre de noche.

Le mostró una raída tarjeta de visita en la que leyó: P. Sanders, Antigüedades, coleccionismo, importación – exportación. Lapso sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Cómo había sabido Sanders de sus visitas culpables a la Plaza de la Universidad? Ella continuó:

—Me llamo Sol, de Soledad. Pero Soledad es una especie de condena, y Sole es fastidioso, así que prefiero Sol, a secas. El Sol es el primer dios de la humanidad ¿Lo sabías? Aunque quizás sería más apropiado que yo me llamase Luna, o Selene, o algo por el estilo, ¿pero quién se llama Selene hoy en día? No estamos en el siglo II, digo yo. En cualquier caso, no me parece mal tener nombre de dios —Se detuvo a tomar aire. Agarró a Lapso del brazo, lo acercó a ella —. El caso es que tengo un problema, y necesito ayuda… Profesional. Granada entera está en peligro.

Lapso sintió un cosquilleo acuciante en el punto de su brazo donde se había posado la mano de Sol. Sus pulmones parecían necesitar cada vez más aire, y notaba con pavor que su respiración sonaba más y más fuerte, casi como la de un animal agonizante; su frente, bajo el sombrero mascota, estaba empapada en sudor a pesar del frío. Ella empezaba a fruncir el ceño, debía decir algo.

—¿Granada en peligro? ¿Cómo?

—Será mejor que te sientes. Es una historia complicada.

Dieron la vuelta al puesto ambulante. Sol se sentó en su taburete habitual y sacó de su mochila una diminuta silla plegable para Lapso.

—Como sabrás y, si no, entonces estás a punto de saberlo, los libreros de viejo de Granada, como los de todas las ciudades del mundo, forman una hermandad muy estrecha, con sus propias leyes. En un día secreto de cada mes los libreros nos reunimos en un cónclave para discutir nuestros asuntos. Pues bien, hace semanas que venimos sufriendo los ataques de un enemigo desconocido: varias librerías, todas situadas en los alrededores de la facultad de Derecho y la de Traducción, han sido asaltadas por la noche.

Se han encontrado, al amanecer, ventanas rotas, puertas forzadas, estanterías volcadas y decenas de libros… destrozados —Al llegar a este punto Sol contuvo un gesto de dolor, como atravesada por un recuerdo terrible —. No quedan más que restos, apenas unas cuantas palabras mutiladas, huérfanas de sentido; portadas con marcas de dientes, ediciones raras abiertas en canal. Los demás libreros creen que los responsables son vándalos usuales, pero yo sé la verdad. He tratado de explicárselo, pero no me hacen caso, creen que me he vuelto loca. La verdad es que nos enfrentamos a un bibliófago.

—¿Un bibliófago? —La interrumpió—. ¿Te refieres a un hombre que come libros? He escuchado que hubo un caso en Salamanca, en 1606…

—En 1607, para ser exactos, y no ocurrió en Salamanca sino en Toledo —corrigió Sol, despreocupada. Lapso contuvo un gemido de desazón: era la primera vez en años que le corregían un dato histórico, veraz o inventado—. Una verdadera epidemia de destrucción y robo de libros azotó a la ciudad durante casi un año. Se descubrió finalmente al culpable: un ser endemoniado, esquelético, con las uñas curvadas hacia arriba y la piel reseca, con un tacto como de papiro, que habitaba el sótano de una casona en la ribera del Tajo y que no era otro que Luis Gómez de Prado, un aristócrata que había sido coleccionista de libros antes de verse poseído por el mal de la bibliofagia. Se han constatado otros casos, pero el consejo de libreros de Granada no me escucha, piensan que todo eso son meras leyendas, literatura barata para amantes del misterio y las lecturas fáciles. Creo que tú no eres tan estrecho de miras, Lapso. ¿Me ayudarás a descubrir la verdad?

Se sentía abrumado. Al cabo logró preguntar:

—¿Se te ha ocurrido alguna manera de desenmascarar al bibliófago?

—Sí —respondió Sol —. Y tú tienes un lugar muy importante en mi plan.

Ya de madrugada, Lapso empujaba la carretilla cargada de libros a través del silencio y la sombra de la calle Colegios. Ya llevaba una hora dando vueltas por la ciudad dormida. Rebosaban, apilados en una montaña inestable, las ediciones raras, los volúmenes descatalogados, inencontrables: todas las novelas de En busca del tiempo perdido en la traducción de Pedro Salinas de 1922, el raro Negro y azul de Pedro Luis de Gálvez, cuidados volúmenes de la Divina comedia y el Don Quijote en formato de cuarto mayor con grabados de Doré, la colección completa de cómics Relatos del Nuevo Mundo, incluyendo todos los números dibujados por Antonio Hernández Palacios, y tantos otros libros exquisitos. Lapso aspiró profundamente el olor a fermento de las páginas amarillas.

Si aquel banquete no era capaz de atraer al supuesto bibliófago, entonces es que no existía y Sol se equivocaba. Las ruedas de la carretilla chirriaban y rebotaban en los adoquines, formando un estrépito que rompía la quietud de la calle. Lapso escuchó la voz de Sol a través del auricular sujeto a su oído: “¿Hay alguna novedad?” “Nada”, respondió él, susurrando. “No se ve un alma”.

Al llegar a la esquina con Caballerizas, Lapso bajó por esta calle hacia el Santuario del Perpetuo Socorro. Los muros de las casas se estrechaban a su alrededor como una garganta que quisiese tragarlo. Resonó el eco de unos pasos a su espalda, detuvo la carretilla y se giró: se acercaba un hombre vestido de negro que aparecía y desaparecía, intermitente, entre los halos de las farolas. Cuando pasó junto a la pila de libros, el hombre se detuvo frente a Lapso. Se miraron de arriba abajo. Era flaco, de una palidez translúcida. Sus ojos, amarillos, hundidos en la sombra de su calavera, estaban rodeados del halo rojo de la anemia. A Lapso le pareció reconocer un brillo de familiaridad en lo profundo de esos ojos abismales. De improviso, un temblor se apoderó del hombre, le castañeteaban los dientes y un reguero de baba crecía en la comisura de sus labios. Lapso estaba a punto de dar la señal de alarma a Sol cuando vio que el tipo se daba la vuelta y se alejaba calle abajo.

Respiró, aliviado; siguió andando y pronto llegó a una plazoleta arbolada detrás del santuario. Escuchó de nuevo la voz de Sol en su oído: “¿Qué ha pasado antes?”. “Nada”, respondió, “un tipo algo extraño que se ha parado y…” No pudo terminar la frase.

Lapso sintió un peso que caía sobre su espalda y lo arrojaba contra la pila de libros. Volcó la carretilla y rodó por el suelo, a la vez que unos dedos delgados y largos, fríos como la muerte, buscaban su cuello. Apenas tuvo tiempo de gritar a través de su micrófono antes de tener encima al hombre pálido rechinando sus dientes agudos, brillantes de saliva, a unos centímetros de su cara.

—¡Sol, está aquí!

Se encendió un faro a su espalda, iluminando a Lapso y a su atacante, enzarzados. Sol bajaba a toda velocidad por la calle Caballerizas pedaleando en su puesto ambulante que traqueteaba peligrosamente en los adoquines, elevándose por los aires con cada bache. El bibliófago emitió un chillido agudo al ser embestido por el carricoche y salir despedido a medio metro de distancia. Sol se detuvo un momento junto a Lapso, que se ponía en pie entre los libros desperdigados por el suelo. “Estoy bien”, murmuró. Ella asintió, sacó una red del puesto ambulante y corrió hacia el bibliófago, que se había levantado del suelo y escapaba a trompicones, dolorido. Lapso fue tras ellos, con un pulverizador lleno de aceite de mandrágora —excelente para repeler lamias, larvas y vampiros— que acababa de sacar del interior de su gabardina.

La criatura corría cojeando, dando tumbos. Lo persiguieron sin descanso a través de las calles desiertas. Al llegar a la Plaza del Boquerón vieron que se detenía frente a la boca de una alcantarilla, levantaba la tapa y se metía dentro. Quedaron parados al borde del abismo humeante; se miraron.

—Yo iré primero —propuso Lapso. Sol sacudió la cabeza.

—Ni hablar. Ya has hecho bastante de cebo.

Cogió el pulverizador de aceite de mandrágora y empezó a bajar por las barras de hierro que sobresalían de la pared de la alcantarilla, a modo de escalera. Del interior subía el hedor a descomposición, humedad y criaturas de sombra de la cloaca. Lapso no podía ver más allá de sus propios pies, pero oía la respiración pesada de Sol, sus pasos al caer sobre la siguiente barra de metal. Al cabo de un rato dejó de escucharlos, y supo que habían llegado al fondo. Cuando estuvo junto a ella, encendió una cerilla: a sus pies, acuclillado en un lecho de hojas impresas, lloraba el bibliófago. Se encontraban en una cripta abovedada, las paredes de ladrillo a su alrededor quedaban ocultas por montañas de libros apilados formando una despensa de palabras, muchos con marcas de mordiscos en la cubierta o las páginas interiores, otros reducidos a meros restos, roídos hasta el lomo. El bibliófago murmuraba, entre sollozos:

—Hay que absorber… Para verdaderamente comprender lo que se lee, hay que absorber, hay que ser uno con la letra… Uno con el libro, con el deseo del libro, con el mundo del libro. Para comprender… Hay que comer.

Sol lo roció con la esencia de mandrágora, sin resultado. El bibliófago ni se inmutó, siguió sumido en su delirio mientras las gotas de aceite le resbalaban por el rostro demacrado.

Lapso se acercó a una pila de enciclopedias a medio consumir. Sobre el último tomo había una fotografía, se la enseñó a Sol. En ella aparecía un hombre regordete, vestido con camisa y chaqueta, sentado en un escritorio amurallado de libros. Sonreía a la cámara, mostrando unos dientes blancos, inmensos. “Valdés”, murmuró Lapso, recordando ese aire de familiaridad en sus ojos… Lo buscó en los recovecos de la cripta, inútilmente.

Mientras observaban la foto, el bibliófago había reptado hacia un sumidero oculto por un muladar de páginas rasgadas. Su llanto se perdió en el laberinto interior de la ciudad.

Amanecía cuando Lapso y Sol volvieron a la Plaza de la Universidad, con el puesto ambulante y la carretilla. Lapso bostezaba, agotado. El sueño diurno comenzaba a invadirle, debía volver a su casa o caería derribado allí mismo, en cualquier rincón.

—Ha sido un placer trabajar contigo, Sol. Y el asunto de la bibliofagia me resultará muy útil, en relación a nuestro amigo común. Ya sabes.

Ella lo abrazó.

—Si algún día te apetece verme otra vez, suelo desayunar cada mañana en un bar que se llama La Tertulia, en la Plaza de Fortuny. Ponen unas tostadas con zurrapa de lomo buenísimas.

Lapso sintió que la calle temblaba bajo sus pies. “Claro que sí”, dijo, inseguro. “Me pasaré por allí un día de estos”. Y con esas palabras se despidió, sabiendo que jamás podría acudir a su cita imposible con Sol.