El hombre le esperaba derrengado sobre la barra de cinc de Casa Pasteles, en la Plaza Larga. Iba algo desastrado, se le notaban esa barba punzante y las ojeras que suelen acompañar a la desesperación. Un espejo antiguo lo replicaba en la pared de la cafetería. Había pedido un café solo, pero no lo había tocado. Lapso se sentó a su lado en un taburete alto, pidió un chocolate con churros. El hombre lo miraba, inseguro. Por fin le preguntó:

—¿Es usted Lapso, el investigador?

—El mismo. ¿Y usted el señor Muñoz?

El otro asintió.

—Me han hablado de su trabajo, y creo que es el único que puede ayudarme, Lapso. Estoy viviendo una pesadilla.

—Claro, claro —Llegaron los churros con el chocolate, humeante y espeso —. Cuénteme la situación. Me temo que no se explicó demasiado bien por teléfono.

Muñoz echó un vistazo a su alrededor antes de hablar; miró con sospecha al espejo de la pared, demorándose en su fondo cristalino. Las manos le temblaban.

—¿Qué pensaría si le dijese que un espejo puede cobrar vida, que una imagen reflejada puede salir de ese mundo paralelo del cristal y atormentar a su original? Si le dijese que uno de mis reflejos, uno de esos que tan descuidadamente vamos esparciendo cada día por todos los espejos del mundo, quiere matarme, ¿pensaría que estoy loco?

—No es una situación inédita —ponderó Lapso, hundiendo un churro en el negro de la taza—. Han existido casos de personas, reales e imaginarias, atormentadas por los espejos: William Wilson, Giovanni Papini, Borges… Pero vamos, continúe.

El señor Muñoz se aclaró la garganta antes de seguir.

“El primer indicio que tuve fue aquel libro imposible sobre mi mesita de noche: Los tres impostores, de un tal Machen. Debo aclararle que aborrezco todos esos delirios que los tolerantes llaman literatura fantástica, y bastó una ojeada a éste para saber que no era de mi agrado. Le pregunté a mi mujer, Teresa, si lo había comprado ella; me miró con fastidio, como si le estuviese tomando el pelo. Dijo que yo lo había traído a casa y había estado toda la noche en el sofá del salón, leyendo. Sentí miedo de estar perdiendo la memoria porque no recordaba nada de eso. Guardé el libro en una estantería, perdido entre ensayos técnicos, estudios sociológicos y manuales de química —mis intereses son plenamente científicos—. Pasaron unas semanas, y ya estaba olvidando el asunto del libro cuando mi armario apareció repleto, de la noche a la mañana, de horrorosas camisas a cuadros, de vaqueros que nunca habría elegido para mí. Ya puede usted comprobar que mis gustos son clásicos. Busqué a Teresa, le dije, quizás algo impaciente, que no me gustaban aquellos trapos que me había comprado, le pregunté dónde había puesto mi ropa de siempre. Esta vez se enfadó, discutimos. Insistía en que había sido yo el que la había tirado toda al contenedor. Corrí a cerciorarme. En efecto, allí estaba toda mi ropa, mis trajes, mis camisas de seda, en el fondo de la basura, envueltas al tuntún en bolsas de plástico. Desconcertado, me la llevé de vuelta. Quemé las camisas a cuadros y los vaqueros en la estufa de leña de la casa, como queriendo borrarlos del mundo”.

“Fue entonces cuando empezó mi verdadera pesadilla. Por la calle me paraban personas que decían conocerme, muchas mujeres que me susurraban al oído, diciendo que deseaban volver a verme pronto. ¡Pero yo no había visto jamás a ninguna de ellas! Teresa, para colmo, desconfiaba de mí. Se multiplicaron también los cambios, sutiles, en la casa: se desvaneció del cajón de mi mesilla un reloj de bolsillo al que tenía mucho cariño, apareció en su lugar uno de pulsera; se llenó el frigorífico de comidas que odiaba, de cervezas. Yo lo sacaba todo fuera de la casa, inmerso en una guerra absurda con un enemigo invisible que tenía acceso a todos los rincones de mi vida. Debió cansarse, porque hace unos días me esperaba la nota en el bolsillo interior de mi chaqueta. Tengo grabadas las palabras, decía: A Ignacio Muñoz Rodríguez: no hay sitio para dos hombres iguales en una sola vida. Me dije que era un jeroglífico, una broma, pero la verdad es que sentí un escalofrío. Aquella era mi letra, allí estaba mi misma firma en el vértice del papel”.

“Al día siguiente no pude concentrarme en el trabajo, no dejaba de dar vueltas a la nota. Volví a casa temprano, al entrar me encontré restos de una cena suntuosa en el salón, velas que todavía ardían con algo parecido a la lujuria, platos a medio terminar, copas con un fondo de vino tinto. Fui al dormitorio: Teresa estaba en la cama, sonriente. No me sonreía de aquella manera desde hacía años. ‘Tardabas en volver’, dijo. Apenas podía contenerme. ‘¿Qué has hecho, dónde está el otro?’, pregunté. Ella pensó que jugaba. ‘Si te acabas de levantar hace apenas unos minutos para ducharte’. Corrí al baño, del que salía una espesa bruma. El grifo de la bañera estaba abierto, el otro ya no estaba allí pero aún flotaba en el aire su olor, mi olor. Había dejado otro mensaje sobre el vaho del espejo: No la compartiré contigo. Borré, furioso, las letras y el vapor condensado, y entonces lo vi. ¡Lo vi! Era yo, pero me sonreía a mí mismo de una forma atroz. Era mi reflejo, que me odiaba, que me decía que quería mi lugar en el mundo. Tenía puesta, además, formando una horrible contradicción con la realidad, una de esas camisas a cuadros que parecen gustarle. Así lo supe, por eso he recurrido a usted: me enfrento a una situación sobrenatural”.

Lapso había estado tomando nota de la historia del señor Muñoz en su nuevo cuaderno. Lo cerró de golpe.

—Entonces, usted quiere que lo proteja de su “reflejo”.

Muñoz bebió su café, frío, de un trago.

—Sí. El otro quiere hacerme desaparecer, apoderarse de mi vida. Esta misma mañana me hizo llegar una nueva nota —Le tendió un rectángulo de papel rugoso a Lapso. Leyó: Esta noche ocuparé tu lugar —. Necesito protección, y que me diga cómo puedo librarme de él.

Muñoz deslizó un fajo de billetes sobre la barra. Lapso los contó, asintió.

—Bueno, por lo que me ha explicado, parece que el otro vive en el espejo de su baño —sacó de su gabardina un clavo de plata —. Bastará entonces con destruir el espejo. El cabalista Musa ben Bardaji menciona a los reflejos malignos en su obra La cámara octogonal, y recomienda la plata para acabar con ellos. En esto se parecen a otras criaturas monstruosas del folclore.

Salieron de Casa Pasteles. En la puerta, Lapso se detuvo a desatar a Bacon, al que había dejado sujeto a una farola al entrar en la cafetería. El perro se aupó sobre las patas traseras, meneando la cola. Muñoz lo señaló.

—¿Es fiero, el perro?

Lapso se encogió de hombros.

—No mucho. Pero es inmortal, según me han dicho.

—No seré yo el que descrea. Cosas más raras me están pasando.

Bajaron del Albaicín, de camino a la Cuesta Infantes, donde Muñoz tenía su casa. Para acortar, cruzaron el Darro y se metieron en la sombra de la calle Santa Ana. Lapso oyó la voz de Muñoz, quebrada por la tensión.

—¿Cómo pueden ocurrir cosas así? Yo siempre pensé que había un orden en el Universo…

—No es tan disparatado, si se para usted a pensarlo —respondió Lapso —. Tantos años deteniéndonos frente a esos mismos espejos, trasladándoles nuestros gestos, nuestra alegría, nuestra tristeza, sumergiendo nuestra imagen en ellos. ¿No podría ser que todas esas impresiones dejasen un rastro en el cristal, un poso de vida que podría llegar, en algún caso, a tomar consciencia de sí mismo, a sentir ambición por ese mundo que está condenado a imitar? Antes le hablé de Musa ben Bardaji. Él dice en su libro que algún día todos los espejos del mundo quedarán vacíos, porque sus ocupantes cruzarán a este lado para tomar nuestro lugar.

—¿Y qué ocurrirá con nosotros, los originales? —preguntó Muñoz.

Lapso sonrió.

—Muy simple: nos convertiremos en sus reflejos.

Llegaron a la Placeta de la Miga, alumbrada apenas por una farola invadida de buganvillas. Pasaban bajo una casa ruinosa con aspecto de torre, que formaba a sus pies un callejón estrecho, insuficiente para que dos personas pasasen a la vez.

En ese momento se detuvieron los tres, paralizados. Al final del pasadizo, recortada por la luz dorada de la Cuesta de Gomérez, les cerraba el paso la silueta exacta de Ignacio Muñoz. Bacon ladró a la figura, que permaneció inmóvil.

El señor Muñoz se apoyó contra el muro, temblando; murmuraba obsesivamente: “No puedo, no puedo…”

Al otro lado de la sombra, el otro señor Muñoz se apoyó también en el muro, como ahogado por el mismo terror.

Lapso se adelantó, sujetando en alto el clavo de plata.

—¿Y qué ocurrirá con nosotros, los originales? —preguntó Muñoz.

Lapso sonrió.

—Muy simple: nos convertiremos en sus reflejos.

Llegaron a la Placeta de la Miga, alumbrada apenas por una farola invadida de buganvillas. Pasaban bajo una casa ruinosa con aspecto de torre, que formaba a sus pies un callejón estrecho, insuficiente para que dos personas pasasen a la vez. En ese momento se detuvieron los tres, paralizados. Al final del pasadizo, recortada por la luz dorada de la Cuesta de Gomérez, les cerraba el paso la silueta exacta de Ignacio Muñoz. Bacon ladró a la figura, que permaneció inmóvil. El señor Muñoz se apoyó contra el muro, temblando; murmuraba obsesivamente: “No puedo, no puedo…” Al otro lado de la sombra, el otro señor Muñoz se apoyó también en el muro, como ahogado por el mismo terror. Lapso se adelantó, sujetando en alto el clavo de plata.

—¿Eres realmente un reflejo maligno, o solo un bromista?

Muñoz levantó los brazos, indignado.

—¡No hable con él, mátelo!

El otro imitó sus movimientos, mudo. Lapso quiso correr hacia él, ordenó a su cuerpo que se preparase para el ataque, pero aquella violencia le resultaba extravagante. Apenas dio un par de pasos, titubeó. El señor Muñoz, impaciente, lanzó un rugido. Arrancó el clavo de plata de las manos de Lapso, y corrió hacia el final de la calle seguido de los ladridos de Bacon. El otro corría también, pero sin que pareciera moverse del sitio. Lapso vio de lejos como chocaban, como forcejeaban las dos figuras idénticas, convertidas en sombras chinescas. Al cabo de unos segundos un fulgor plateado cruzó la escena, resonó un grito agónico. Los dos señores Muñoz cayeron uno encima del otro, confundiéndose en el suelo. Por fin, Lapso reaccionó; fue hacia los dos cuerpos. Al llegar, se encontró solo a un Muñoz que se levantaba con dificultad del suelo, pero que ya no temblaba. A su alrededor, esparcido en mil aristas entre los adoquines, se extendía un espejo roto.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Lapso —. ¿Ha acabado con él?

El otro se sacudió sus pantalones vaqueros, manchados, y una estridente camisa de cuadros rojos y negros que le asomaba por debajo del abrigo abierto.

—Un espejo, eso era todo. No había nadie aquí —dijo fríamente—. Parece que me han estado gastando una broma pesada, señor Martínez… Nada más. No se preocupe, puede quedarse el dinero, por las molestias.

Quiso acompañar a Muñoz a su casa, pero éste se negó. Cuando se alejaba, casi hundido en la penumbra de las calles, miró atrás y esbozó una sonrisa inusualmente larga. Lapso sacudió la cabeza, acarició a Bacon que había corrido a reunirse con él. “Cuidado con los cristales, chico”, murmuró. El perro gimió, llevaba entre los dientes una cosa alargada, brillante. Era el clavo de Plata. Lapso volvió a guardárselo en la gabardina, distraído. Al volver a su casa, corrió hasta el baño. Durante minutos eternos vigiló su imagen en el espejo del lavabo, buscando cualquier mínima variación, cualquier signo de malignidad en su reflejo.