Encontró el panfleto bajo la luz naranja de una farola, pegado al muro de una casa abandonada. El papel estaba rasgado, amoldado por la intemperie a la textura del ladrillo. Debía llevar allí meses, quizá años. Decía: “Solo en Granada, por tiempo limitado, vengan a ser testigos EN EXCLUSIVA de la más increíble maravilla de todos los tiempos: EL INMORTAL. Un ser que lleva viviendo entre nosotros desde las épocas más remotas, desde el primerísimo amanecer del mundo. Véanlo, tóquenlo, hablen con él. Tan solo en C/ Cruz de Piedra s/n, junto a la Puerta de Fajalauza”; y bajo la parrafada la silueta de un hombre dibujada a la tinta, como las ilustraciones de los periódicos decimonónicos, con un gran interrogante en lugar de cabeza. Lapso arrancó el legajo de la pared. Aquella noche se había alejado del Realejo en su deriva nocturna —A veces le gustaba verse tragado por la ciudad, dejarse arrastrar por la corriente imperceptible de los callejones que siempre acababa llevándolo a costas extrañas—, y la Puerta de Fajalauza quedaba cerca. Lapso arrugó el anuncio en su bolsillo; un inmortal era algo digno de investigarse, si es que el espectáculo seguía allí todavía.

Las calles de esa zona del Albaicín estaban vacías a aquella hora, sus pasos resonaban en ellas como en un instrumento hueco. Subió por San Gregorio hasta la Placeta de la Cruz de Piedra, y continuó calle arriba hasta la Puerta de Fajalauza, un solemne resto de muralla entremezclado con las casas que le habían crecido a los lados como organismos vivos. Miró a ambos lados de la puerta buscando una señal del lugar donde se exhibía al inmortal. Solo vio sombras tras las ventanas, silencio. Ni rastro del espectáculo. Ya se marchaba, contrariado porque verdaderamente sentía curiosidad por ver en qué habría acabado todo aquello, cuando le llegaron unas notas de pianola que sonaban tras la verja de una huerta. Se asomó: al otro lado había una jungla de ramajes, palmeras, una desaforada buganvilla en la que alborotaba un murciélago y, a lo lejos, entre las hierbas, el resplandor de un fuego. De allí venía la música. Lapso empujó la verja, que se abrió con un quejido de herrumbre, y echó a caminar entre la maleza del descampado.

Encontró el panfleto bajo la luz naranja de una farola, pegado al muro de una casa abandonada. El papel estaba rasgado, amoldado por la intemperie a la textura del ladrillo. Debía llevar allí meses, quizá años. Decía: “Solo en Granada, por tiempo limitado, vengan a ser testigos EN EXCLUSIVA de la más increíble maravilla de todos los tiempos: EL INMORTAL. Un ser que lleva viviendo entre nosotros desde las épocas más remotas, desde el primerísimo amanecer del mundo. Véanlo, tóquenlo, hablen con él. Tan solo en C/ Cruz de Piedra s/n, junto a la Puerta de Fajalauza”; y bajo la parrafada la silueta de un hombre dibujada a la tinta, como las ilustraciones de los periódicos decimonónicos, con un gran interrogante en lugar de cabeza. Lapso arrancó el legajo de la pared. Aquella noche se había alejado del Realejo en su deriva nocturna —A veces le gustaba verse tragado por la ciudad, dejarse arrastrar por la corriente imperceptible de los callejones que siempre acababa llevándolo a costas extrañas—, y la Puerta de Fajalauza quedaba cerca. Lapso arrugó el anuncio en su bolsillo; un inmortal era algo digno de investigarse, si es que el espectáculo seguía allí todavía.

Después de un rato andando levantó la cabeza entre las hojas, confuso por la distancia. Buscó la fogata. La vio, todavía lejos; no parecía haberse acercado a ella ni un metro, pero las farolas de la calle si se había convertido en un fino resplandor pálido a su espalda. La huerta adquiría, por momentos, proporciones continentales. Lapso rebuscó en los bolsillos su mechero de gasolina para alumbrarse, dio con él, iba a encenderlo cuando el chasquido de una rama le hizo dar un salto. El mechero se perdió por encima de los matorrales. Miró en todas direcciones, tanteó el suelo con la punta de los pies en busca del mechero, nervioso, presintiendo un temblor en la oscuridad. De repente, como vomitada por la misma sombra, apareció una mano que le tendía un encendedor plateado. La siguió una voz sibilante, desesperanzada:

—Tome, amigo, use el mío.

Lapso fue a cogerlo, pero se detuvo un momento ante la palidez fosforescente de la mano. Fijó los ojos en la oscuridad más allá del antebrazo, que parecía una extensión de la misma noche. Por fin tomó el artefacto de aquella palma fantasmal, consiguió murmurar un “gracias” dubitativo, y prendió la llama. La apuntó al lugar en el que había estado la mano. Ya no había nada. Observó la superficie plateada del encendedor. Había un nombre grabado: P. Sanders. ¿Sería posible? Dio varias vueltas en torno al lugar, llamándolo en susurros: “¿Señor Sanders, es usted? ¿Qué hace aquí?”. No obtuvo respuesta. Por lo menos, su vagabundeo le había acercado al origen de la música. Ahora escuchaba las notas de la pianola cada vez más nítidas. Salió a un claro bajo unas palmeras, la fogata se encontraba a la puerta de una barraca de madera y chapa, sin ventanas, cubierta con panfletos como el que había encontrado Lapso, todos anunciando de forma estridente al inmortal. Una anciana se inclinaba ávidamente sobre la lumbre, envuelta en una larga mantilla hecha de retales, de decenas de colores y telas recosidas juntas, en un caos de motivos vegetales y garzas japonesas. Daba vueltas a la manivela de un extraño carro musical, con un altavoz de gramófono acoplado, del que salían aquellas notas circenses. Lapso carraspeó.

—Disculpe, señora… ¿Es aquí donde tienen al inmortal?

La vieja detuvo la manivela, la música se extinguió.

—Aquí mismo es. La entrada al espectáculo son cinco euros.

Lapso sacó un billete. La señora le esperaba en el umbral del galpón, mordiéndose unas uñas reducidas a la mínima expresión, con los ojos fijos en él. Cuando pasó a su lado la vieja levantó el brazo, cortándole el camino.

—Usted lleva el mal cerca. Lo huelo.

Lapso la miró confundido. Apretó el encendedor con el nombre de Sanders, oculto en la profundidad de su gabardina.

—No sé a qué se refiere — Carraspeó —. ¿Vamos?

—Damas y… Caballeros, supongo. Bienvenidos al hogar del más curioso entre los curiosos, superior sin duda al pez que fuma, el elefante de bolsillo y el cangrejo de río que sabe multiplicar. Ofrecemos para su consideración a un ser que no puede morir. ¡Más de diez mil años de vida tiene, según algunos! Ha sido testigo del nacimiento de la civilización, de la invención de la escritura, de la construcción de las primeras ciudades; ha vivido a través de los imperios, las guerras, las epidemias, los descubrimientos. Sin más dilación, les presento: ¡Al amigo imperecedero de la humanidad!

Y apartó el biombo. Al otro lado, sobre un pedestal, jadeaba un perro, un chucho de patas cortas, zambo, que parecía sonreír cándidamente con la boca abierta y la lengua caída hacia afuera. Era de color pardo, con manchas blancas en la punta de las patas que daban una impresión de calcetines. Miraba alternativamente a Lapso y a la mujer con una alegría bobalicona. Lapso se levantó, incrédulo.

—Pero… ¿Dónde está el inmortal?

La señora torció una sonrisa.

—El perro es el inmortal. Se llama Bacon.

Lapso se acercó al animal, que le tocó con su lengua suave.

—Señora, creo que quiero mi dinero de vuelta.

—¿Piensa que miento? Tengo pruebas. Bacon es inmortal, no puede morir. ¿No me cree? Mire, le enseñaré.

Fue descolgando los cortinajes negros de las paredes, mostrando una serie de objetos en exposición: cuadros, fotografías enmarcadas. Lapso se acercó a examinarlas. La primera era la foto de una pintura rupestre, unos trazos de pigmento rojo en una superficie de roca rugosa, que parecía representar el perfil del perro —largo, paticorto— rodeado de bisontes, de espigadas figuras humanas con arcos y flechas.

—Bacon, aunque ha recibido muchos otros nombres a lo largo de los siglos, ya aparece representado en las pinturas prehistóricas de la cueva del Peñascal, en Cantabria. Nadie conoce su origen exacto: solo sabemos que siempre ha acompañado a la humanidad, que en cierto momento del pasado nació, pero que nunca llegará a morir. En algunos lugares se le ha tomado por un Dios.

— Y señaló al siguiente objeto en exhibición: un enrevesado tótem de madera en el que podía distinguirse, entre ramajes, motivos florales y fauna mitológica, el rostro amable del perro —. Éste ídolo proviene de la casa de misterios de una tribu de Timor Oriental.

Lapso sopesó el tótem, escéptico.

—Así que Timor… Y la pintura rupestre es de Cantabria. ¿Ha viajado mucho el animalito, no?

—Bacon ha acompañado a las grandes migraciones humanas, su rastro aparece en todas las culturas conocidas. Aquí lo tenemos otra vez, en una miniatura del siglo XIII.

De la pared colgaba un marco con una página arrancada de un códice, escrita en caracteres góticos. La mujer señaló un detalle de la florida letra capitular: junto a un papa, un caballero y un campesino, aparecía representado al mismo perro. Continuó hablando.

—El inmortal ha tenido miles de dueños a lo largo de la historia. Yo solo soy el último eslabón en una larga cadena que se remonta a la antigüedad más lejana. Mire, aquí tiene a Bacon durante la Guerra Franco-Prusiana, cuando fue la mascota de un regimiento de caballería del ejército de Napoleón III.

Lapso observó un daguerrotipo en tono sepia en el que aparecía el perro, vestido con un vistoso uniforme de húsar rebosante de galones, tocado con un chacó de pelambre negra. Miraba al objetivo de reojo, con su honesta, perenne, sonrisa animal.

—¿Y usted cómo llegó a tenerlo?— preguntó.

—Bueno… —La vieja se acarició el rostro, como recordando una coquetería añosa — Se lo gané al diablo en una partida de cartas, el perro y todo el lote de objetos.

Lapso resopló. Un olor a requemado, cuyo origen no alcanzaba a localizar, le cosquilleaba la nariz.

—Es un tópico recurrente: el diablo jugador, que apuesta las vidas de los mortales… Y los inmortales, aparentemente. ¿No teme que el anterior dueño vuelva a por el perrete?

La mujer iba a responderle, pero el gesto se le congeló en una mueca espantada. Señaló a la gabardina de Lapso, gritó:

—¡Se está quemando!

Él miró abajo hacia uno de sus abultados bolsillos, ese mismo en el que había guardado el mechero con el nombre de Sanders. Brotaba de la abertura una humareda infernal. Metió la mano y alcanzó el mechero, lo arrojó al suelo: estaba incandescente. Por la boquilla salía una llama muy alta y fina, que parecía bailar y moverse a conciencia. Lapso creyó ver, apenas por un segundo, que las múltiples sombras que proyectaba la lumbre formaban una figura que echaba a correr por las paredes. Mientras tanto, se habían prendido las tablas, los largos cortinajes negros; se arrugaban y consumían las fotografías, los pergaminos, el ídolo de Timor.

Una lengua de fuego se aferró a la ropa de la mujer. Poseída por el pánico, abrió la puerta y se lanzó al exterior, con el fuego pisándole los talones, prendido de su larga mantilla multicolor. Todavía la escuchó gritar: “¡Trajo el mal a mi casa, trajo el mal a mi casa…!”. Lapso quedó inmóvil en la barraca que se hacía ceniza, hipnotizado por aquella danza dorada que le recordaba a un sol soñado y desconocido. No reaccionó hasta que Bacon le tironeó de los pantalones, apremiándole para escapar. Sin dudarlo, Lapso se echó al perro en brazos. Saltó por la puerta, protegiéndose la cara, y corrió entre el calor que le consumía la piel, el humo negro que le pesaba en los pulmones, hasta llegar a la tapia del descampado. Doblado por la tos, dejó a Bacon en el suelo. El animal gimió, mirando a la barraca tragada por las llamas, a lo lejos, iluminando la huerta salvaje. Lapso buscó con la mirada a la señora, esperó en la verja a verla aparecer. Parecía que la noche se la había tragado. Se arrodilló junto a Bacon, que le lamió los dedos.

—No creas que me vas a conquistar tan fácilmente, inmortal o no — dijo.

Se levantó, bajando la visera de su sombrero sobre los ojos. Echó a andar camino del Realejo. Bacon trotó tras él, de nuevo feliz. Se detuvieron de improviso junto a un pilar sin nombre, en uno de esos recovecos de la ciudad olvidados por la cartografía. Sobre el caño de la fuente había un azulejo desvaído con un San Antonio de Padua; a los pies del santo, acercando el hocico al niño Jesús, había un perro zambo, marrón, con manchas blancas en las patas. Lapso se acercó a leer un escrito en la base del azulejo: “Hecho en 1773”. Se rascó la nuca, volvió a mirar a Bacon. Le dio por pensar que, de algún modo, en aquellos ojos negros brillaba el cansancio de siglos innúmeros.