Lapso Martínez caminaba abatido, perdido en pensamientos que replicaban el laberinto de las calles. Volvía de la búsqueda infructuosa de un tesoro morisco que, según le había asegurado un viejo coleccionista de mapas, se encontraba oculto en los sótanos de un caserón abandonado junto a la Puerta de Elvira. Tras horas de excavación, solo había dado con unas tuberías de la compañía de aguas y un triste cráneo tocado con bonete de inquisidor, que pareció sonreírle descarnadamente. Aparte de la evidente ganancia en oro, Lapso había contado con poder incluir la del tesoro oculto en la colección de leyendas que le debía a Paul Sanders. Regresaba ahora sin una cosa ni la otra. La decepción, sin embargo, es parte del día a día del investigador de lo sobrenatural. Aquella noche, en vez de tomar el camino más corto hacia su casa, decidió dar un pequeño rodeo y se internó en el dédalo del Albaicín subiendo por la Cuesta de Abarqueros. Recordó algo que había oído contar a su amigo, el pintor Molina, hacía unas semanas mientras tomaban unas cervecitas en el patio de su casa, abierto al horizonte rojo del atardecer que caía por la Vega.

Lapso había escuchado el relato de su amigo con atención: “Fue una cosa extraña. Yo caminaba por la colina del Zenete, buscando la casa de una conocida que me esperaba esa noche. Me había dado la dirección, quedaba por la Plaza Larga me parece… El caso es que salí para allá, iba pensando en mis cosas, sabes, y en cierto momento levanté la vista y me di cuenta de que estaba perdido, que no reconocía las calles. Subí unas escaleras creo recordar, doblé a la izquierda en un cruce de calles mínimo, luego bajé una cuesta, pasé frente a un arco de ladrillo y, de pronto, me fijé al otro lado en la placita más bella que haya podido ver nunca. No llegué a entrar, pero vi a unas señoras sentadas al fresco, unos niños que jugueteaban junto a un pilar. Apenas paré un momento, porque andaba nervioso por llegar a la casa de mi amiga, pero te aseguro que me quedó en el corazón una añoranza por esa plaza apenas vislumbrada… Y es que estas cosas solo pasan en Granada”.

Inmerso en el recuerdo de la historia de Molina, Lapso no se dio cuenta de que en su deambular subía unas escaleras enmarcadas en geranios, que luego tomaba el callejón de la izquierda en un cruce de caminos; y que al rato bajaba una cuesta elevada. Distraído todavía, buscó alguna vista familiar desde su altura, el campanario de una iglesia conocida, las torres de la Alhambra. Solo podían verse, sin embargo, tejados que subían y bajaban como olas en un mar blanco, perdiéndose en la noche. Pasó al fin un arco de ladrillo y argamasa, justo cuando tocaban doce campanadas en alguna espadaña, a lo lejos. Lapso quedó en suspenso cuando le llegó el sonido cristalino del agua en una fuente, de niños que reían. Levantó la vista. Lo primero que notó fue la luz. La plaza era pequeña, llena de recovecos y esquinas, con una sola farola que la llenaba de sombras anaranjadas; pero los objetos tenían allí un brillo propio, pálido, como si la luna estuviese más cerca de la plazuela que de ningún otro lugar de la Tierra. Había tres naranjos, frondosos y un jazmín inabarcable que casi ocultaba el blanco de los muros.

Sentadas sobre un banco, unas señoras esbozaban sonrisas inmensas, saludándole. Le hicieron gestos para que se acercara. Lapso, que ya sentía el cansancio de la caminata, fue para el banco. Se sentó junto a las señoras, que no dejaban de mirarlo como extasiadas. Tenían peinados profusos en laca, chalequillos de punto arrebujado sobre batas de andar por casa, y zapatillas veraniegas en los pies. A sus espaldas, junto al pilar en el que bullía el agua, un grupo de niños y niñas jugaba a hablar con una inmensa libélula, grande como un puño. El investigador sintió, bajo el arrullo de la fuente y de una brisa cálida que agitó los árboles, algo parecido a la paz. Se volvió hacia las mujeres.

—Disculpen, ¿cómo se llama esta plaza? Es preciosa.

Ellas se miraron con un asentimiento de complicidad. Le contestaron.

—Pues es la Plazuela de Nunca, hijo. Cuál si no.

—Nunca oí hablar de ella —respondió, olvidado de su amigo el pintor Molina.

—Claro —continuó la mujer —, eso es porque se trata de un lugar especial. Solo aparece en determinados momentos del año, a personas particulares en particulares circunstancias. Hay que merecer la Plazuela para que ésta se aparezca.

Lapso sonrió, sacó su cuaderno de notas y una pluma estilográfica del fondo inagotable de su gabardina. “La noche todavía puede salvarse”, pensó.

—Es una leyenda deliciosa, esta. ¿Y cómo llegó usted aquí, si no le importa que le pregunte?

—En absoluto, hijo, en absoluto. Pero verás, es que el mundo de fuera se te va olvidando cuando estás en la plazuela. Yo era niña entonces, creo. Recuerdo una foto en blanco y negro de mi madre, sobre una mesilla de madera y un tapete de ganchillo blanco. Poco más.

Lapso señaló a la otra mujer, que hasta entonces había permanecido callada, empeñada en una sonrisa inalterable.

—¿Y usted?

—Ella ya ni siquiera habla —dijo la primera

Él miró a su alrededor, a los niños que formaban un corro en torno a la libélula. Se fijó en el insecto: tenía cuatro alas finas como el papel, rebosantes de destellos. Era de color verde, con grandes ojos múltiples. Le pareció que estaban fijos en él mientras los niños se acercaban su boquita ciliada a los oídos, como si el insecto les susurrase, y estallaban en carcajadas. Lapso sintió un ligero temblor que le crecía en el estómago. Le pasaron por la cabeza innumerables historias de desapariciones, de personas extraviadas en senderos forestales que reaparecían después de un paseo de siglos, ignorantes del tiempo transcurrido; de viajeros que caían en puntos ciegos de la realidad. “La bibliografía al respecto”, pensó, “es consistente”. Sonsacó a las señoras:

—¿Por qué no se van ustedes, si la plazuela les afecta tanto?

Por primera vez las mujeres se quedaron serias. La libélula zumbó, contrariada, por encima de los niños demudados.

—De la Plazuela de Nunca no se va nadie, muchacho.

Lapso supo entonces que debía levantarse. Lo intentó una vez, pero se encontró con que, en el fondo, no quería. “Es el cansancio”, se dijo. Necesitó un extraordinario acto de voluntad para separarse del banco de hierro. Su cuerpo era presa de un agotamiento dulce, parecido al sueño. Una parte de su propia mente quería retenerlo allí, en la Plazuela, y le suplicaba que no volviese a las calles, que no regresase al agotador mundo exterior, a la noche sin fin que era su vida. Durante un segundo Lapso dudó de sí mismo, pero recordó a Sanders, recordó el trabajo que aún tenía que cumplir y la recompensa prometida… Logró impulsarse como si saltase a un abismo. Cuando estuvo de pie, se volvió hacia las señoras, hacia los niños que le miraban horrorizados.

—Yo tendré que ser el primero en irme, en ese caso. Pero les agradezco la fascinante historia que me han contado. Les aseguro que me será muy útil.

Se quitó el sombrero en un anacrónico gesto galante, y se marchó. La libélula le siguió, emitiendo un chirrido furioso con sus alas, revoloteó a su alrededor como queriendo obligarle a volver. Lapso la espantó de un manotazo, cruzó el arco y no miró atrás en ningún momento. Escuchó, a su espalda, la voz de la señora: “¡Siempre querrás volver, nunca encontrarás un lugar como Nunca!”.

Ninguna barrera mágica le cerró el paso, sin embargo; Granada no había desaparecido cuando se internó otra vez en sus calles. Casi se sintió decepcionado. Desandó el camino con prisa, deseando pasar a limpio las notas que había tomado. Palpó el bolsillo en el que llevaba el cuaderno, se detuvo en seco. Estaba vacío. Inspeccionó cada recoveco de su gabardina, uno a uno: se había dejado el cuaderno y la pluma en la plaza. Corrió de vuelta, pero debió de confundir el camino porque acabó de nuevo en la Cuesta de Abarqueros. Volvió a internarse en el Albaicín, barajando en su memoria los cruces de caminos, las escaleras y cuestas, tratando de dar con la fórmula correcta que le llevase otra vez a la Plazuela de Nunca. Probó distintas rutas, sin resultado. Cuando ya despuntaba el amanecer, y él se caía de sueño, Lapso se dio por vencido. Su cuaderno de notas ya nunca saldría de la Plazuela, pero por lo menos le quedaba el recuerdo de todo el asunto y Sanders, sin duda alguna, estaría interesado en la leyenda de la plaza evanescente.

Ese día, mientras dormía, soñó con Nunca, con el agua cristalina del pilar, con unos niños con alas de libélula que revoloteaban entre los jazmines, y al despertar, después del atardecer, sintió esa pesada melancolía que sigue a los sueños felices.