Aquella noche, la segunda desde que recibiera el encargo del excéntrico millonario Paul Sanders, Lapso Martínez, experto en folclore y en el reverso nocturno de Granada, salió de su casa abatido, con ese humor extraño que precede a las tormentas y empaña los domingos. Descendió los escalones de la calle hasta el pilar de agua al pie de la Cuesta del Realejo, bajo un azulejo de la Virgen de la Misericordia. Hundió las manos en el agua fría y se la lanzó a la cara con pocos miramientos, tratando de espantar el sueño que lo atosigaba todavía, poblado de soles verdes, moribundos, que se estrellaban contra la Tierra. Se dirigía al café La Tertulia, en la Plaza de Fortuny. Lapso solía parar allí para tomar un desayuno tardío a las nueve de la noche, o a eso de las ocho en invierno, cuando anochece antes. El sitio le gustaba por dos motivos: en primer lugar, Fermina, una simpática camarera de La Tertulia, conocía a Lapso y estaba al tanto de su enfermedad, por lo que tenía la cortesía de guardar expresamente para él una media tostada con un botecito de manteca colorá o zurrapa de lomo. Además, la esquina quedaba cerca de su casa, y para llegar no tenia más que caminar un trecho cuesta abajo lo cual, en la Granada escarpada, resultaba una ventaja considerable. Los granadinos, como los riachuelos, tienden siempre hacia el llano.

Esquivó apenas a un coche rojo que pasaba a toda velocidad por la calle, a un lado de la plaza. Se sentó en una de las sillas de la terraza del bar, saludó a Fermina que trasteaba en la barra. Ella le guiñó un ojo. Sacó la media tostada acompañada de un café humeante, ante la mirada inquieta del resto de clientes, que llegaban para cenar a base de cerveza y tapas. Lo dejó todo delante de Lapso, que aspiró con fuerza el olor a miga y el amargor del café. Mientras comía sacó su cuaderno de notas y su pluma; garabateó sinsentidos. No se le ocurría una leyenda que investigar esa noche. Tampoco quería acudir de nuevo al inefable Jeremías, que cobraba caros sus servicios de guía al trasmundo granadino. Barajó diversas posibilidades: «¿Quizás esos rumores de un espectro ardiente que se aparece entre las lápidas del cementerio de San José?», pensó, para descartarlo inmediatamente. «Lo más probable es que no sea más que una bolsa subterránea de gas, y además todo eso de los espectros y los cementerios es más propio de la era romántica, tópicos acartonados de la fantasía popular. No es lo que Sanders anda buscando». Le habían llegado noticias de que en la casa de los marqueses de Valdivia, en el Cuarto Real de Santo Domingo, había un viejo espejo que reflejaba la muerte del que lo mirase. Esa leyenda era una buena candidata pero, en el caso de ser cierta, no le apetecía ser testigo de su propia muerte precisamente esa noche. Sacó de la profundidad de su gabardina un pequeño transistor, manipuló el dial hasta colocarlo en el canal 66 de la onda corta, y quedó atento a los crujidos de la estática mientras mordía la manteca extendida sobre su mollete. A veces los difuntos hablaban en esa frecuencia, o eso le habían dicho.

—Te lo juro. Incluso han venido investigadores de la parapsicología y no se qué. A la casa de las dos puertas.

Lapso dio un respingo. No era la radio, la voz venía de la mesa de al lado. Miró con disimulo: se trataba de una parejita que picoteaba de un gran plato de patatas ali-oli.

—Pero cómo va a ser eso, es imposible —, dijo ella.

—Te cuento —El chico tragó ruidosamente una patata —. Le pasó a Julia, la novia de Rodrigo, el amigo de mi hermano de los tiempos del colegio. Pues resulta que esta Julia trabajaba haciendo tasaciones de casas para una inmobiliaria. Un día le encargaron venir a esa casa de ahí, la que está a la derecha de las famosas papas Fortuny.

Y señaló un edificio al otro lado de la calle. Era una vieja casa de pisos con aire señorial, con la fachada de un tono amarillo en el que aún se distinguía, como entre una neblina, la forma de unas columnas pintadas en trampantojo, sellos con rostros desportillados. Por encima del tercer piso se levantaba todavía un torreón delgado, colocado como un naipe en equilibrio sobre el resto de la estructura. En el piso bajo había dos puertas de madera negra, una junto a la otra, idénticas. El chico seguía hablando:

—Así que Julia, según me contaron, entró por una de las puertas, anduvo por la casa apuntando los trastos que había dentro, los desperfectos, esas cosas. Al acabar salió por la otra puerta, algo distraída, y al levantar la vista se encontró con un tipo barbudo que la miraba fijamente. Iba disfrazado de árabe, con espada jineta y todo. Ella creyó que el tipo iba a una fiesta de disfraces o algo así, pero al pisar la calzada notó que se le hundía el tacón. No había asfalto, la calle era un cenagal, y vio que al otro lado había una tienda llena de inmensas tinajas de cerámica, y hombres a caballo, mujeres con velo, todos como salidos de un cuadro de la Reconquista, que la miraban con ojos desorbitados, murmuraban, formaban un cerco a su alrededor. Julia se asustó, claro. Corrió de vuelta a la casa y salió por la puerta contraria. Esta vez se encontró en la misma calle de siempre. ¿No es evidente lo que pasó? La mujer había viajado en el tiempo. A la Edad Media, concretamente.

—¿Y qué fue de la tal Julia? —preguntó la chica, que todavía no parecía muy convencida.

—Dejó el trabajo. Ahora vive en Australia, creo.

Lapso se acercó a la mesa de los chicos. Carraspeó.

—Perdonad, ¿pero qué historia es esa? ¿Te la estás inventando o la has escuchado de verdad?

El muchacho pareció ofendido. Hinchó el pecho antes de contestar.

—Claro que es de verdad. Me lo contó mi hermano. La historia le pasó a la novia de un amigo de…

—Sí, sí. Eso está muy bien. ¿Pero has entrado tú, lo has visto con tus propios ojos?

La chica sonrió, divertida. El muchacho dio un trago a su vaso de cerveza.

—Pues mire, tanto no. ¿Pero qué más da? Es una historia, cosas que se cuentan. Que sea exactamente cierto es lo de menos, ¿no?

 

Lapso volvió a su mesa. “Tiene razón, el chaval”, pensó. “La verdad, en cierto modo, es solo una mentira compartida”. En particular en el oficio de las leyendas, obsesionarse por la veracidad podía resultar frustrante. Lapso pintarrajeó la casa en su cuaderno, los balcones clausurados por unas persianas descoloridas por la solana y la lluvia. Finiquitó el café, la tostada convertida en una constelación de migas en el plato vacío; dejó unas monedas en la mesa y agitó la mano hacia Fermina, que no lo vio marcharse, todavía ocupada tras la barra. Antes de seguir sacó un abultado reloj de bolsillo y lo observó con atención, como queriendo imprimirse la hora a fuego en la consciencia: eran las diez de la noche. No debía olvidarlo.

—Así que Julia, según me contaron, entró por una de las puertas, anduvo por la casa apuntando los trastos que había dentro, los desperfectos, esas cosas. Al acabar salió por la otra puerta, algo distraída, y al levantar la vista se encontró con un tipo Barbudo que la miraba fijamente. Iba disfrazado de árabe, con espada jineta y todo. Ella creyó que el tipo iba a una fiesta de disfraces o algo así, pero al pisar la calzada notó que se le hundía el tacón. No había asfalto, la calle era un cenagal, y vio que al otro lado había una tienda llena de inmensas tinajas de cerámica, y hombres a caballo, mujeres con velo, todos como salidos de un cuadro de la Reconquista, que la miraban con ojos desorbitados, murmuraban, formaban un cerco a su alrededor. Julia se asustó, claro. Corrió de vuelta a la casa y salió por la puerta contraria. Esta vez se encontró en la misma calle de siempre. ¿No es evidente lo que pasó? La mujer había viajado en el tiempo. A la Edad Media, concretamente.

—¿Y qué fue de la tal Julia? —preguntó la chica, que todavía no parecía muy convencida.

—Dejó el trabajo. Ahora vive en Australia, creo.

Lapso se acercó a la mesa de los chicos. Carraspeó.

—Perdonad, ¿pero qué historia es esa? ¿Te la estás inventando o la has escuchado de verdad?

El muchacho pareció ofendido. Hinchó el pecho antes de contestar.

—Claro que es de verdad. Me lo contó mi hermano. La historia le pasó a la novia de un amigo de…

—Sí, sí. Eso está muy bien. ¿Pero has entrado tú, lo has visto con tus propios ojos?

La chica sonrió, divertida. El muchacho dio un trago a su vaso de cerveza.

—Pues mire, tanto no. ¿Pero qué más da? Es una historia, cosas que se cuentan. Que sea exactamente cierto es lo de menos, ¿no?

Lapso volvió a su mesa. “Tiene razón, el chaval”, pensó. “La verdad, en cierto modo, es solo una mentira compartida”. En particular en el oficio de las leyendas, obsesionarse por la veracidad podía resultar frustrante. Lapso pintarrajeó la casa en su cuaderno, los balcones clausurados por unas persianas descoloridas por la solana y la lluvia. Finiquitó el café, la tostada convertida en una constelación de migas en el plato vacío; dejó unas monedas en la mesa y agitó la mano hacia Fermina, que no lo vio marcharse, todavía ocupada tras la barra. Antes de seguir sacó un abultado reloj de bolsillo y lo observó con atención, como queriendo imprimirse la hora a fuego en la consciencia: eran las diez de la noche. No debía olvidarlo.

Cruzó la calle y quedó en suspenso frente a la casona. Alguien había arrancado el número del portal. La casa de la derecha era el nº4, la de la izquierda el nº3, con el local de papas asadas en el bajo; y en aquel vacío matemático quedaban comprimidas las dos puertas negras. Lapso palpó la madera de una de ellas, sintió el rostro puntiagudo de un sátiro elevarse bajo su mano. En la otra puerta había un rostro de mujer; una ninfa, supuso, por analogía. Sacó de su gabardina dos largas horquillas, miró a un lado y a otro: la acera estaba vacía. Al otro lado de la calzada, en la terraza de La Tertulia, la gente estaba absorta en sus conversaciones. Lapso introdujo las horquillas en la cerradura de la puerta de la derecha, la de la ninfa; hizo presión y palanca con la soltura de un virtuoso. Quedó abierta una rendija de oscuridad.

Lapso cerró la puerta tras él. El mundo quedó anulado, olía a polvo y abandono. Metió la mano en un bolsillo de su gabardina, revolvió durante unos segundos antes de sacar un mechero de gasolina. Inmerso en una pompa de luz cálida, fue investigando los objetos a su alrededor. Encontró una menorá de siete brazos sobre una cómoda, y fue encendiendo los siete cirios. A su alrededor crecieron poco a poco livianos sillones de color indefinible, escritorios cerrados con llave, retratos umbrosos, mesitas de té sobre las que se acumulaban muñecas de porcelana vestidas con profusión de volantes, gafas, chambergos, pipas, guantes, abrigos de visón. También había anaqueles llenos de libros, encuadernados en la piel amarillenta y reseca

del barroco, apilándose unos sobre otros hasta alcanzar el ignoto techo de la habitación. Lapso escaló una pirámide de casacas dieciochescas, resbaló en una cascada de pañuelos de seda bordados, esparciendo por el aire una nube de polillas blancas como la cal. Al otro lado de las casacas había una puerta, la única en toda la habitación además de la que daba a la calle. La siguiente estancia de la casa era un patio, con una claraboya agujereada por la que entraba la luz de la luna.

Fueron sucediéndose las habitaciones interminables, llenas de fósiles, de alfombras de seda nazarí, de libros salvados del Index Librorum Prohibitorum, de tallas de santos, de espejos. Lapso las fue atravesando con creciente nerviosismo. Parecían las salas de un museo delirante, un almacén del desorden en el que se acumulaban retales de historia como en un mercadillo. Además, y esto le inquietaba todavía más, la casa se extendía de forma lineal. Las puertas de las habitaciones estaban siempre en los mismos puntos, siempre enfrentadas. No había alcanzado todavía un pasillo, no había torcido ninguna esquina, pero tarde o temprano tendría que girar para llegar a la puerta paralela de la casa. Cruzaba la décima habitación

—¿O sería quizás la doceava?— cuando, al abrir de un empujón la última puerta, apareció de nuevo en la Plaza de Fortuny. Miró atrás a tiempo de ver la jamba negra cerrarse a sus espaldas, con el rostro del sátiro haciéndole una mueca burlesca, o eso le pareció.

Lapso inspeccionó el lugar a fondo: todo estaba como antes. La gente charlaba y bebía en la terraza de La Tertulia. Pasó un coche rojo a toda velocidad, por la calle a un lado de la plaza, rozándole la gabardina con el retrovisor. Un hombre caminaba en su dirección, por la ropa no parecía ser muy antiguo. Lapso le salió al paso, preguntó a bocajarro: “¿Qué año es?”. El hombre contuvo un grito. “Pues el 2018, claro”, respondió apresuradamente, y apretó el paso. Lapso se encontraba mareado. La física imposible de la casa le había trastocado, pero debía existir algún truco arquitectónico, algo que explicara las habitaciones en línea, las puertas paralelas. Algo parecido a un trampantojo, un efecto óptico. Fue a sentarse a la terraza, a la misma mesa de antes, que seguía vacía. “En cuanto al viaje en el tiempo, bueno, de eso desde luego no hay nada de nada”, pensó. Miró hacia la barra: Fermina estaba atareada, pero al verlo le guiñó un ojo. Lapso sacaba su cuaderno para tomar nota de lo sucedido cuando Fermina le puso enfrente una media tostada con manteca y un café con leche, humeante. Lapso se sobresaltó.

—¿Otra vez? Pero Fermina, si ya he desayunado.

Ella no se giró, ya volvía al interior abarrotado. “Hoy lleva una noche malísima, desde luego”, pensó Lapso, “está con la cabeza en otra parte”. Se disponía a tomar los apuntes sobre la leyenda cuando recordó su reloj; alterado, rebuscó en sus bolsillos hasta dar con la cadena, lo sacó. Habían sido las diez de la noche cuando entró en la casa. Miró la hora: el minutero marcaba la media, pero la manecilla corta se había desprendido de su eje y yacía al fondo de la esfera de cristal, fuera del tiempo. El segundero, por su parte, se había atascado y repetía de continuo el mismo momento inacabable. Lapso suspiró, dejó el reloj inservible sobre la mesa y sacó su pluma. Empezó a escribir mientras se bebía con desgana aquel otro café, y a su lado una parejita comía patatas ali-oli y hablaba entre susurros de la casa con dos puertas.