Empezó, como todas las cosas, con una llamada de teléfono; con su mano rebuscando en la oscuridad uniforme del cuarto hasta dar con el aparato. Descolgó: «¿Diga?». Del otro lado de la línea fue brotando en un silbido ronco, como asfixiada por una laringe mínima, la voz de su interlocutor: «¿Es Lapso Martínez, el experto en folclore?». «El mismo. ¿Quién llama?», respondió.

Siguió una pausa larga, atestada de respiraciones agónicas. Por fin le llegaron las palabras del otro lado: «Mi nombre es Paul Sanders. Soy un hombre de medios casi infinitos, y quiero proponerle un negocio». Tras la conversación, Lapso salió de la cama, renqueante de sueño todavía; abrió la ventana del cuarto. Al otro lado ya era noche cerrada, corrían las serpientes de luz de las farolas, los semáforos, los coches, por las calles de Granada.

Esa Granada nocturna, estrecha, poblada de recovecos e historias que era la única que había conocido, la única que había podido ver. Se vistió con la desidia del muerto redivivo, bajó las escaleras del dormitorio al cuarto de baño de la planta baja; apenas desayunó. Cada espejo le repetía esa imagen pálida, demacrada, tapada bajo su gabardina parda y su sombrero mascota pasado de moda —pero que él adoraba desde jovencito por sus resonancias detectivescas—. Atravesó, con dificultad, el laberinto de libros, de torres de papel y ediciones raras que cubría el suelo del salón. Su enfermedad nunca le permitió el lujo de la amistad, del amor. Su enfermedad, un caso exacerbado de Síndrome de la Fase del Sueño Retrasada, le hacía vivir de noche y dormir de día, como un murciélago. Quizás por eso, desde niño, eligió refugiarse en todos aquellos libros de talante fantástico, entre todas aquellas criaturas que le recordaban a sí mismo: vampiros, licántropos, lamias, fuegos fatuos. Salió a la calle que caía en cuesta, cerró la puerta de la casa tras de sí, en el número 40 de la Cuesta del Realejo. Era hora de unirse a la vida nocturna de la ciudad para desentrañar su alma secreta. Tenía un encargo que cumplir.

Se dirigió al antiguo lavadero de la Plazuela de la Puerta del Sol. Se trataba de una estructura de columnas con un tejadillo bajo el que se guarecía la alberca y las piedras para frotar la colada, en los tiempos anteriores a las lavadoras automáticas.

Allí, apenas definido por la luz de una farola furtiva, paraba Jeremías hasta el amanecer, rebujado en una chaqueta raída, apoyado en un bastón de madera con puño plateado. Se mesaba la barba de profeta, larga y desastrada. Lapso se acercó a él, le saludó.

— Qué hay, Jeremías. ¿Has visto algo interesante esta noche?

El hombre inclinó la cabeza hacia Lapso, esbozando una sonrisa de chacal. Las gafas de cristal negro se deslizaron hacia delante, revelando dos ojos pálidos como una neblina, ciegos.

— Se aprende mucho sin ver, solo escuchando, Lapso, mi noctívago favorito. ¿Qué te trae por mis dominios?

— Me han encargado un trabajo de investigación. Un millonario americano, Paul Sanders, quiere recopilar doce leyendas de la ciudad de Granada, leyendas nuevas, actuales, del mismo modo que Washington Irving hizo en el siglo XIX en sus Cuentos de la Alhambra. Me ha pedido que recorra la ciudad y recolecte esas doce historias. El pago por las molestias es sustancioso —Los ojos de Lapso se dilataron como a la vista de un anhelo antiguo.

— Está bien, está bien. Te ayudaré, pero ya sabes que yo también exijo un pago.

Jeremías extendió una mano larga, de uñas agudas, hacia Lapso. Éste sacó de los bolsillos de su gabardina dos antiguos duros de plata y los dejó caer en la palma abierta. Jeremías los acarició con fruición.

— Sí, sí. El pago del barquero. Bien, he escuchado una historia que puede interesarte: en la tabernita El Susto, en la Placeta de la Cruz Verde, tienen una botella de Alhambra que, según se dice, absorbe a la gente que intenta beber de ella.

Lapso asintió.
—Me puede servir.

Inclinó la visera de su sombrero como despedida, y se alejó del lavadero, dejando a Jeremías solo para rumiar la noche. Lapso bajó del Realejo hasta el Ayuntamiento y el Paseo de los Tristes, para luego ascender otra vez por las callejas del Albaicín que empezaban a llenarse de pasos furtivos, de risas, de voces. Lapso conocía de memoria la geografía abrupta de Granada, y no le costó alcanzar la Placeta. Se detuvo frente a la puerta abierta de El Susto, que escupía al exterior una vaharada de luz. Era uno de esos locales mínimos, antiguos, con una barra de madera, un expositor de cristal en el que se alargaban la ensaladilla, la tortilla de patatas, las papas aliñás y las huevas, y toneles haciendo las veces de mesas.

Un camarero refregaba un vaso, distraído, tras la barra. El lugar estaba desierto, excepto por el propio Lapso y el camarero. Éste le preguntó: ¿Qué va a ser?”. Lapso esperó a acodarse en la madera antes de responder, como si pidiese una cosa cualquiera:
“Vengo a ver la botella que se traga a la gente”.

El camarero lo miró demudado, con repentinos goterones de sudor que se le deslizaban bajo el cuello de la camisa.

—No sé a qué se refiere… Aquí no tenemos de eso.

Lapso se revolvió, impaciente.

—Mire, buen hombre, tengo prisa, ¿entiende? Vengo de parte de Jeremías.

El camarero, abatido, todavía miró a Lapso con ojos suplicantes durante un segundo, antes de meter la mano bajo la barra y plantar frente a él una botella de cerveza Alhambra Reserva 1925. Lapso la observó, curioso.

—¿Y de verdad se traga a la gente?

—Sí, en principio era una botella normal, nos la trajo nuestro proveedor de siempre, pero, hace dos noches, el primer cliente que intentó beber de ella desapareció. Pensamos que se había ido sin pagar, y cuando mi compañera quiso darle un trago, se esfumó también —. Lapso sacó del interior de su gabardina un cuaderno de notas y una pluma estilográfica. Apuntó todo lo que le iba contando el camarero —. Yo estaba de espaldas, pero otro cliente me juró que se había hecho un remolino y la botella se la había tragado. Desde entonces la tengo guardada a buen recaudo, para que no haya más desgracias.

Lapso se quedó mirando la botella unos minutos, la sopesó, asomó el ojo al interior estrecho. Sacó de su bolsillo unas gafas infrarrojas, se las ajustó sobre los ojos y continuó su inspección a través del vidrio.

El camarero se inclinó sobre la barra con aire confidencial.

—¿Se le ocurre alguna explicación?

—Se me ocurren varias —comenzó Lapso —. Podría ser que la botella contuviese un micro universo cuya masa concentrada atrapase a la gente en su campo gravitatorio. Sería físicamente posible. Sin embargo, podemos considerar una posibilidad más tradicional: sencillamente, en la botella ha quedado atrapado un demonio, un diablillo menor de las jerarquías infernales con toda probabilidad, que se alimenta de los incautos que se acercan a su morada. He leído sobre casos parecidos, no es algo fuera de lo común. En Aisgill, Northumbria, en el año 1801, un granjero dijo haber capturado a un duende, que había adoptado la forma de un escarabajo, en el interior de una cajita de metal. La caja con el supuesto duende fue propiedad de la familia durante generaciones, hasta que en 1965 un descendiente descreído del granjero original decidió abrir la caja y comprobar si la historia era cierta. Allí estaba todavía el escarabajo, vivo, que salió volando. El muchacho que abrió la caja quedó ciego. La lista de djinns, genios, espíritus, atrapados en lámparas de aceite, anillos o botijos es interminable.

El camarero se rascó la cabeza, desconcertado.

—Entonces sería mejor no trastear mucho con la botella, ¿no?

Lapso levantó el dedo índice, imperativo. Prosiguió.

—Sin embargo, podríamos estar también ante un caso de puertas a otros mundos. La bibliografía es amplia también en este sentido. Hussain Al-Abyad, sheikh de la taifa de Niebla, penetró en otro mundo a través de la superficie cristalina de un cuenco lleno de agua. Otros lo han hecho a través de gotas de tinta, de cruces de caminos. Las fronteras entre los mundos posibles son permeables, y puede que nos hallemos frente a una de ellas.

El camarero parecía haber renunciado a comprender aquella retahíla de sucesos imposibles en la que se empeñaba Lapso. Hundió la cabeza entre sus manos.

—Una frontera… tengo una frontera embotellada…

—O eso… O no pasa absolutamente nada, y la botella es solo eso, una botella normal y corriente, pero poseída por una historia interesante. Por una leyenda.

Inmediatamente, Lapso se quitó las gafas de visión nocturna, que volvieron al interior ignoto de su gabardina. Miró la botella un segundo más, se la llevó a los labios y dio un trago largo. El camarero se parapetó tras la vitrina de las tapas frías, como queriendo protegerse de una explosión inminente. Nada ocurrió. Lapso volvió a dejar la botella sobre la barra, se secó los labios con la manga. Sonrió al camarero.

—Es una buena leyenda, me la quedo. Pero, como todas las demás, resulta menos convincente en la vida real que en los libros o en los labios de un narrador hábil.

Y le guiñó un ojo.

Salía de vuelta a la calle cuando, a punto de alcanzar la puerta, Lapso se detuvo. Le había parecido oír una voz angustiada, un grito que le llegaba desde una lejanía vertiginosa: “Socorro…” Se dio la vuelta. El camarero había desaparecido. Sobre la barra, incólume, se alzaba todavía la botella de Alhambra. Lapso se encogió de hombros. “Se trataba de un demonio, entonces”, murmuró, desabotonando el cuello de su camisa. Llevaba, colgando de una cadenita de plata, un pequeño vial de agua bendita. “O eso, o el camarero se ha ido a la trastienda”. Salió de El Susto. Aspiró hasta llenarse los pulmones del aire de Granada, preñado de voces, de miradas, de misterios. Apoyó la mano sobre el bolsillo de su gabardina, donde guardaba sus notas. Ya tenía una leyenda para Paul Sanders. Once más esperaban a ser descubiertas.