La conserva artesana: un mundo de sabores en cada pequeña latita

Por Laura Elena Vivas

Esperar. Aguardar con paciencia mientras llega el resultado. El avance del tiempo que modificará el elemento hasta llevarlo a un lugar seguro de estado y consistencia. Observar. Testimoniar el cambio de aspecto. Lo que llevará al producto, al final de una creación sin prisa, aquello para lo que hay que conservar la paciencia, la paciencia de la conserva.

Hablamos de tomar alimentos que han sido modificados durante un espacio de tiempo gracias al fuego, al agua, a las manos de quien realiza el proceso. Desde que existimos buscamos la manera de conservar lo que obtenemos para llevarnos a la boca, primero como una forma de ahorrar trabajo y aprovechar el tiempo invertido en recolectar, cazar y pescar; paulatinamente, para transformar y disfrutar, vivir nuevas experiencias gustativas. Una conserva artesana es evolución, la evolución del hombre en su afán de preservación llevada a un estadio netamente sensorial, el del placer por una tendencia gourmet que se renueva y conquista.

La creación sin prisas de una conserva artesana

Sardinas en conserva con canapé

En cada frasco o latita de conserva hay pequeños universos. Uno enteramente físico, con los alimentos alterándose en su composición y manteniendo vitaminas, proteínas y nutrientes hasta llegar a la boca de quien lo consume. Otro que bordado a base de historias, las que pueden suceder mientras se aguarda a que lo que se hace esté listo; cortar, llenar, vaciar, limpiar. El último es organoléptico, el universo captado por los sentidos al tocar, oler y saborear el resultado de un tiempo que vale la pena detener entre tanta rapidez.

Y es un momento que se prolonga porque cada conserva puede durar hasta un año. En la intimidad de nuestro hogar podemos aprovechar ingredientes que de otra forma se perderían, emplear envases de cristal que en otro caso no se reciclarían, usar formas de alimentación que, de no ser artesanas, estarían acompañadas de conservantes, altos niveles de azúcar o sal.  Y se regala felicidad, porque una conserva envuelta con una cinta es un obsequio de tiempo y dedicación.

Lo importante es respetar los plazos y la técnica de las conservas, esterilizar los envases, procurar tapas nuevas. No llenar el tarro para dejar que el alimento ocupe su propio espacio y cerrarlo con cuidado antes de ponerlos al baño María, esa técnica milenaria de cocción atribuida a la primera mujer alquimista de la historia. Después, comprobar que todo esté bien, porque si un tarro ha quedado abierto ya no será aprovechable. Y guardar.

El disfrute del tiempo con una conserva maridada

Conserva de tomate seco

No es un secreto. Para saborear todo lo que un alimento ofrece es necesario esconder un rato el reloj. Poner la pantalla del teléfono boca abajo, quitar el que esté colgado en la pared. Y acompañarlo con una bebida que saque lo mejor de él.

Para cada cerveza Alhambra existe una conserva ideal. Las opciones pueden ser, y son, diversas, pero existe un principio que dice que es más fácil escoger cuando las alternativas son menos. Es la razón de estas propuestas. Marida tu Alhambra Especial con unas alcachofas en conserva; su carácter ligero irá de la mano del sabor amargo y dulce de la verdura.

La Alhambra Reserva 1925, la de sabor más profundo, le dará sensaciones intensas a tu paladar con una tostada cuya superficie ha sido cubierta con una confitura de tomate y trozos de queso conservado en aceite y especias. La Alhambra Reserva Roja no necesita más que unas anchoas de carne tierna para disfrutar esa gama de matices que bebida y comida te ofrecerán.

El gran secreto de las conservas artesanas es preservar un mundo de sabores en cada envase, representar la historia del hombre por sobreponerse a las dificultades de la conservación. El gran secreto de las cervezas Alhambra es su elaboración sin prisas —como las conservas— hasta obtener todos los gustos en una botella. Los dos son perfectos para olvidarte del tiempo y disfrutar con tiempo.

Fotos | iStock – Shailith, KateSmirnova

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